Ubud . Colgados del Paraíso. Bali

La primera sensación al salir del aeropuerto de Denpasar es la de un golpe de humedad cargado de aromas agridulces que envuelven la atmósfera. La mezcla de sonidos, especialmente de bocinas, espabilan el oído, mientras nuestra mirada deambula entre las orquídeas, la vegetación tropical, las eternas sonrisas de los balineses y se detiene en los altares hindúes que aparecen por doquier.

Dejando atras  Denpasar camino de Ubud, la selva hace acto de presencia. Los niños de nuestro grupo –viajamos nueve personas al maravilloso hotel que Orient Express tiene en el corazón de Bali– hablan de Indiana Jones, de la Selva Esmeralda y de tantas películas que vieron en el sofá mientras comían palomitas y que ahora se vuelven una realidad, más aún viendo a su padre vestido de explorador y tan emocionado como ellos por el entorno. Budas y vasijas de piedra volcánica bordean las carreteras.

 

Los propietarios de las tiendas las exhiben sabedores de que constituyen un imán para los muchos extranjeros que pasan por aquí, deseosos de llevarse un bello recuerdo a casa. En la carretera que conduce a Ubud se observan casas de influencia occidental, con el matiz europeo que dejaron los holandeses cuando Cornelis Houtman desembarcó en las islas en 1597 y  la Compañía Holandesa de las Indias Orientales estableció su sede en Bali. Pero en ninguna falta el altar con su ofrenda particular, rompiendo así con el aire europeo de la arquitectura.

 

La frondosa vegetación tropical a base de cocoteros y bambúes se corta con la vasta extensión de los campos de arroz, que se vuelven terrazas ya cerca de Ubud. Allí, sumergidos entre el verdor refulgente del arroz, los campesinos pasan el día cubiertos con sus típicos sombreros cónicos y armados del “bolo” para cortar las hierbas y el cuello de alguna que otra serpiente. Agachados sobre el arrozal parecen par te integrante de una postal, de la foto que dará la vuelta al mundo para terminar en un tierno álbum familiar.

 

Un hotel de película

 

Por fin, embozadas en la jungla se adivinan las villas de Ubud Hanging Gardens, situadas en el centro de la ciudad cultural de Ubud y con un carismático templo en el acantilado de enfrente. La entrada al hotel es tan espectacular que hasta los niños interrumpen sus juegos y se hace el silencio en el minibús. Un silencio que ayuda a disfrutar de la paz que emana del lugar, apenas interrumpida por un cortejo de bienvenida que nos recibe con cálidas sonrisas y deliciosos refrescos naturales.

 

Henry y Sofía, fascinados al ver un mono que llega a jugar con ellos, le siguen y se pierden en su paraíso particular. El resto del convoy acompañamos al director del Hotel, que nos enseña las instalaciones mientras explica las innumerables actividades que podremos realizar durante nuestra estancia. “¡No nos va a dar tiempo a todo!”, dice Carrie haciendo anotaciones en su cuaderno, mientras que Eva elogia las fl ores –orquídeas, aves del paraíso, flores de loto…– que brotan por todas partes sin dejar un ápice de suelo sin su floral ornamento.

 

Una vez visitados los tres restaurantes del hotel, el Spa Ayung, la piscina de borde infinito y los preciosos jardines, cada cual se dirige a su villa particular para instalarse.

 

Desde las Villas Panorámicas con Piscina se observa una vista excepcional de las terrazas de arroz y deltemplo –si no está cubierto por la niebla–. Nada más traspasar el umbral de las terrazas una se siente llena de energía, saludable y fresca por la hidratación natural del ambiente. En el interior de la villa nos sorprende un amplio dormitorio, un baño espléndido y una deliciosa piscina particular de borde infinito que se integra con su forma y su color entre el verdor de terrazas y de la jungla, creando una visión onírica del conjunto.

 

Como música de fondo se escuchan el fluir del río Ayung y los sonidos de la selva. Una vez instalados, la tentación de la piscina privada es demasiado grande, y además no conviene resistirse. Sólo la sensación de nadar en mitad de la jungla compensa con creces el largo viaje.

Y nuestra aventura no ha hecho más que empezar…

 

Arrullados por el canto del toko

 

La noche llega temprano –condición que imponen los trópicos–, sobre las seis de la tarde, y todos acudimos al bar Bukit Becik para saborear sus deliciosos cócteles de frutas tropicales observando el centelleo de las luciérnagas y el despertar de los murciélagos. Sólo falta Carrie que, impaciente por probar el Spa Ayung, ha elegido un tratamiento facial rejuvenecedor cuyo masaje a base de extracto de aloe vera regenera las células e hidrata la piel volviéndola más elástica. Cuando por fin se une al grupo en el bar, tiene tan buena cara que hasta Sofía le pregunta por su secreto. Nos acompaña al restaurante Beduur una camarera vestida con la falda del batik genuino de Indonesia y engalanada con una aromática flor de kalachuchi en el cabello.

 

A la mesa no le falta un detalle; las flores, las velas y el paisaje que se adivina desde la balconada es un cuadro perfecto. Los niños piden pasta, y para los mayores el Chef Basami ha confeccionado unos platos en los que se unen una presentación exquisita y los más delicados sabores. A los langostinos sobre bolas de helado de hortalizas les siguen carnes deliciosas y pescados recién traídos de la Bahía de Jimbaran. En el momento de los postres Peter, que se revela como un goloso irredento, sucumbe ante la copa de la casa, llena de coloridos helados, gelatinas y dulces.

 

Tras la opípara cena Carrie nos anima a sentarnos en el balcón y hablar sobre las actividades que podemos realizar el día siguiente. Eva y Pedro quieren hacer rafting. Asturianos de origen, han bajado varias veces el Sella y están deseando probar las aguas del río Ayung. Peter duda si acompañarlos o apuntarse a la caminata por el volcán Batur que desciende hasta su mismísimo cráter, mientras que su mujer Conchitina, como buena filipina, prefiere disfrutar del shopping en el mercadillo de Ubud, donde espera comprar tela de batik, artesanía y arte.

 

Carrie se apunta a este plan y los niños irán con su padre Frank al campo de golf, a condición de que al día siguiente hagan la excursión a Waka en Jeep por las terrazas de arroz y los bosques nublados, para sentirse plenamente aventureros. Tras las agradables expectativas cada uno se retira a su villa.

 

Es la hora bruja en que el silencio se cierne sobre la selva y sólo se escucha el canto de sus habitantes nocturnos. Sentada en la terraza de mi villa, me abandono a la magia del entorno soñando ya con el masaje balinés que he reservado para mañana; el más tradicional de los masajes, cuya técnica pasa de generación en generación y que, según dicen, es un milagro para las tensiones.

 

A mi alrededor suenan los “sapos cancioneros” y se escucha crecer el bambú a una velocidad vertiginosa. Y entre todos los cantos predomina el del toko, esa salamandra cantarina de la selva que predice el tiempo, augura las cosechas, y hasta hace de celestina entre los amantes que confían en su voz metálica para pronosticar su amor. Es entonces cuando la perfecta fusión entre este hotel y su entorno se manifiesta con claridad y una tiene la certeza de no haber equivocado el rumbo.

El paraíso nos rodea y nos arrulla con sus músicas… y tenemos toda una semana para disfrutarlo.

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