Tanzania. Viaje al corazón africano

Tanzania alberga los sueños de muchos viajeros. El Serengeti, el Ngorongoro… son parajes ya míticos a los que uno llega en busca de leones, cebras y elefantes, de las inmensas sabanas y de tribus misteriosas como la masai. Lugares que atrapan al que los visita y donde los safaris fotográficos, un experiencia viajera que todo trotamundos que se precie debería probar al menos una vez en la vida, encuentran el marco ideal para desarrollarse.

Para llegar a esta parte de África desde España hay que afrontar un viaje que incluye a menudo varias escalas. En nuestro caso volamos a Arusha vía Frankfurt y Nairobi. Una vez en nuestro aeropuerto de destino, y después de los tramites aduaneros –bastante más cortos de lo esperado–, nos encontramos con nuestros conductores-guía, quienes nos acompañarían durante todo el viaje demostrando ser verdaderos entendidos en animales.

Lo organizamos todo con Yarae Safari, una de las pocas empresas especializadas en safaris a medida para el público español. Para desplazarnos durante el safari pusieron a nuestra disposición dos Toyota Land Cruiser especialmente preparados para este tipo de viajes, con siete plazas para los clientes, techo elevable –que permite ponerse de pie dentro del coche para observar mejor los animales y paisajes–, cabestrante, doble rueda de repuesto, emisora de radio para estar en continuo contacto con la central de la compañía, snorkel para los vadeos, etc.

Del aeropuerto de Arusha hasta el nuestro lodge había unos veinte kilómetros de carretera. Durante la ruta observamos multitud de personas caminando por las cunetas, vestidas con ropas de colores chillones y con esas mantas típicas de los masai que tanto hemos visto en las películas rodadas en África. Tanzania está compuesto por el antiguo territorio de Tanganica y las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia.

En la parte continental los paisajes son muy diversos. En la costa, frente al océano Índico, se abre una amplia planicie con un clima tropical lluvioso donde se concentra buena parte de la población y se ubican grandes plantaciones de sisal y caña de azúcar. Hacia el oeste se extiende la árida meseta central. En el norte encontramos una región montañosa con laderas aptas para la agricultura –donde predominan los grandes cafetales y las plantaciones de plátanos– y donde se encuentra, colindando con la frontera conKenya, el monte Kilimanjaro, el pico más alto de África (5.895 m). Nuestro periplo africano recorrería los parques nacionales del norte del país partiendo desde la ciudad de Arusha, ubicada en las faldas del monte Meru y auténtica capital de los safaris en Tanzania –desde aquí salen casi todos los safaris que se organizan en esta parte de África–.

Siempre se ha comentado que África es un continente de sensaciones nuevas. Y para nosotros, viajar cruzando las primeras planicies africanas viendo a lo lejos la silueta del Kilimanjaro ya prometía ser una primera sensación inmejorable. Después de un agradecido descanso en el Songota Lodge, formado por pequeños bandas –bungalós equipados con dormitorio, baño y ducha–, disfrutamos de nuestra primera cena africana y avanzamos los preparativos para la partida al día siguiente.

Nuestro primer destino era el Parque Nacional de Tarangire, y después de haber recorrido unos cien kilómetros de carretera asfaltada pasamos a otra de tierra. Ya estábamos en la África más genuina, y comenzábamos a ver las primeras acacias. El Parque Nacional de Tarangire es uno de los más desconocidos de Tanzania, y por ende de los menos visitados.

Es un parque relativamente pequeño si lo comparamos con los del Serengeti y el Ngorongoro, pero conserva intacta su belleza y su autenticidad.

Con una extensión aproximada de 2.600 km2, aquí vivieron los masai hasta mediados de los 70, cuando se fundó el parque.

El río Tarangire cruza el parque y es el punto de encuentro para la fauna de la zona. Aquí destacan las grandes manadas de elefantes, siendo considerado uno de los santuarios de estos grandes animales –llegamos a ver manadas con más de cien individuos–.

Entrar en Tarangire es como entrar en un bosque de baobabs. Es un árbol realmente curioso. Con su tronco grueso y su copa formada por un apelmazamiento de ramas, parece que está plantado al revés y que las raíces están arriba. Es habitual ver en estos árboles grandes cortes y rasguños realizados por los elefantes mientras se alimentan de su corteza. En Tarangire fotografiamos las grandes manadas de elefantes, varios grupos de cebras y algunos ñúes.

 

 

Hacia la gran falla del Rift

 

Nuestra siguiente etapa nos llevó hasta el lago Eyasi, a las faldas del cráter del Ngorongoro, tras toda una jornada recorriendo caminos de tierra que en épocas de lluvia se vuelven intransitables incluso para los todoterreno. Ya estábamos en la zona de la falla del Rift, una auténtica prueba para la amortiguación del vehículo pues cruzamos los lechos secos de algunos ríos.

Paramos a comer en medio de un cafetal ante la curiosidad de los lugareños, hasta llegar por fin a las orillas del lago Eyasi.

En esta zona se encuentran algunas de las tribus más interesantes de África, así que nos quedamos un par de días acampados en el Datoga Camping, ubicado en un paraje increíble al borde de un riachuelo, rodeado de acacias y con grandes explanadas de hierba.

Este campamento estaba gobernado por un individuo realmente curioso, Mamoya, todo un fanático de Bob Marley y la música reggae con rastas incluidas.

Mamoya hizo las veces de intérprete durante nuestra estancia en la zona, durante la cual visitamos la tribu de bosquímanos hadzabe. Es el único asentamiento bosquímano de esta parte del mundo, y en la actualidad apenas alberga a unas doscientas personas, divididas en pequeños grupos familiares de entre quince y veinte individuos repartidos por la comarca.

Conservan su forma de vida desde tiempos inmemoriales, alimentándose de la caza y de las raíces de plantas que las mujeres recogen.

Fue una experiencia interesante salir con ellos de caza al amanecer, aprender a tirar con sus arcos y escuchar su curioso lenguaje “clic”. Otro día lo dedicamos a visitar a la tribu datoga, grupo con costumbres muy similares a los masai, antaño conocido por su fiereza y temido por su implacable forma de luchar, aunque en la actualidad son menos beligerantes y se dedican exclusivamente al pastoreo.

Terminada nuestra estancia en el lago, dirigimos nuestros pasos hacia el Serengeti pasando por el borde del cráter del Ngorongoro y cruzando las míticas llanuras del parque.

Hicimos una breve parada en la entrada del parque para registrarnos–trámite obligatorio para acceder al mismo– y llegamos al anochecer a la zona de acampada. Para cubrir los 325 km que separaban el Lago Eyasi de nuestro campamento en el Serengeti tuvimos que emplear toda la jornada, lidiando con baches, saltos y sobresaltos, pistas de arena y polvo, mucho polvo.

Las zonas de acampada del Serengeti no están acotadas. Son lugares acondicionados en el centro del parque –en la zona conocida como Seronera– y equipados con una pequeña edificación compuesta por un techo y poco más donde los cocineros preparan las comidas y cenas, un pequeño edificio con cinco letrinas donde hacer las necesidades pertinentes –muy limpio, por cierto–, otra pequeña edificación para las duchas –sólo con agua fría– y un depósito de 50.000 litros de agua.

 

La grandeza del Serengeti

 

Sólo la visita y la estancia en este parque ya hace que todo el viaje merezca la pena. Después de montar las tiendas y tras la exquisita cena que preparó nuestro cocinero Banana, nos dispusimos a disfrutar de nuestra primera noche en el Serengeti.

Según va cayendo la luz comienzan a oírse los primeros rumores de la sabana: unos grillos primero, aves, alguna cebra, ñúes y, poco a poco, el concierto animal toma intensidad hasta que llegan los verdaderos solistas: los leones. La primera vez que se escucha el rugido de un león en libertad es algo inolvidable, una sensación indescriptible.

El rugido de un león puede escucharse hasta a ocho kilómetros de distancia, pero desde dentro de la tienda de campaña es muy difícil saber si está a ocho kilómetros o sólo a unas decenas de metros…

Hay una norma cuando se acampa en el Serengeti, y es la de no salir de la tienda de noche. Los animalessuelen visitar los campamentos para beber junto a los depósitos de agua y es mejor evitar encuentros indeseables, aunque es importante decir que nunca ha habido ataques a los turistas por parte de estosanimales.

Durante los días que estuvimos acampados pudimos disfrutar de la vista de un par de hienas y escuchamos todas las noches a los leones, algo realmente espectacular. Con las primeras luces del amanecer, nos pusimos en marcha.

Teníamos todo el Serengeti para nosotros y pocos días para recorrerlo. El Parque Nacional de Serengeti, cuyo nombre significa “las planicies sin fin” en lenguaje masai, mide 14.763 km2 –es mayor que La Rioja o que la provincia de Teruel–.

Es un auténtico santuario de animales y está considerado uno de los últimos paraísos de la vida salvaje. Aquí campan a sus anchas leones, elefantes, cebras y más de un millón de ñúes, que migran de sur a norte todos los años en una inmensa peregrinación sin fin. Los animales viven, crecen, se mueven, reproducen y mueren con plena libertad, igual que hace miles de años. Nos encontramos en el corazón de la sabana africana. Muchos han definido las planicies del parque como el “gran mar de hierba”, y realmente es así, salpicado por grandes islotes de piedra y roca llamados kopjes, formaciones graníticas de origen volcánico cuyos orígenes se remontan a la época de formación del planeta.

 

Cuando comienzas a conocer el Serengeti te das cuenta de su grandeza, algo que resulta evidente durante las escenas de caza. La fiereza de los leones cazando una cebra, la elegancia de los guepardos persiguiendo a una gacela o la paciencia de los cocodrilos acosando a los ñúes son momentos inolvidables.

Tanto como admirar a los hipopótamos descansando durante el día y peleando al atardecer, a las elegantes jirafas observándonos desde el final de su largo cuello mientras comen las hojas más altas de las acacias o a los marabúes compartiendo los restos de una cebra con los buitres, sin olvidar los enormes rebaños de impalas y gacelas pastando nerviosamente, siempre atentas a cualquier movimiento, a cualquier ruido.

Ni qué decir tiene que cuando nos abandonamos el parque una auténtica sensación de tristeza nos acompañaba, pero nos esperaba el magnífico Cráter del Ngorongoro.

 

El volcán de la vida

 

Considerada por muchos la octava maravilla del mundo, este cráter volcánico es un espectáculo de naturaleza salvaje.

Con una extensión de 265 km2, sus bordes escarpados y recubiertos de una densa vegetación enmarcan una interminable sabana salpicada por un par de grandes lagos, donde podemos observar algunas de las colonias de flamencos rosa más grandes del mundo.

En el cráter habita una variadísima fauna –especialmente cebras, búfalos y ñúes–, y con algo de suerte es posible descubrir al magnífico rinoceronte negro, uno de los animales más perseguidos por los cazadores furtivos a causa de su cuerno.

También fuimos testigos de cómo los animales se adaptan a los tiempos modernos cuando un grupo de leonas utilizaron los coches del grupo para agazaparse y acechar a sus presas.

Fue apasionante observar cómo una leona, pasando al lado mismo de mi ventanilla, iba de coche a coche hasta situarse al lado de un grupo de cebras para abalanzarse sobre ellas, aunque esta vez sin suerte. Estuvimos en el parque todo un día, acampando junto a su borde en un campamento desde donde se observaba el amanecer al otro lado del cráter. Todo un lujo.

Una vez visitado el Ngorongoro nuestra visita llegaba a su final. Desde aquí regresamos de nuevo a Arusha, donde llegamos ya tarde y nos alojamos también en el Songota. Una cama de verdad y una ducha de las de siempre parecían lujos desconocidos tras nuestra aventura. Esa noche cenamos con nuestros nuevos amigos, Ely y Norton –los conductores– y Banana y James –los cocineros–, una exquisita barbacoa a base de facóquero, carne de pollo y viandas varias, para al día siguiente volver a nuestro “mundo civilizado”.

Y es curioso: mientras estábamos de safari no lo echamos de menos en ningún momento, y ahora que estamos en la civilización, solo pensamos en volver a África… ¿Será la famosa fiebre de África?

 

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