Riviera Portuguesa. La escapada perfecta.

Mientras el mundo se debatía en la contienda más sangrienta de la historia, Cascais y Estoril se convertían en el destino perfecto para aristócratas exiliados, famosos espías y burgueses adinerados. Aquello las dotó de fama y de glamur, pero hoy, casi setenta años más tarde y bajo el nombre turístico de Riviera Portuguesa, son reductos ideales para una escapada en la que no falta ni sobra nada

Necesitaba tanto esta escapada que la hora y media escasa que duró el vuelo entre Madrid y Lisboa –más la media hora que tardamos en llegar hasta Estoril en coche– se me hicieron latosamente eternas. Algo curioso.

Precisamente elegí este destino por su cercanía con España, aunque también por reunir tanta sustancia en tan pocos kilómetros, sin que hubiera necesidad alguna de hacer largos recorridos una vez allí para disfrutar de sus fecundas cualidades. Supongo que quería llegar cuanto antes. Cambiar el chip, conocer el hotel, ponerme el traje de faena –el vacacional– y volver a sentir que cuando las  cosas se hacen con gusto se olvida el cansancio acumulado durante toda la semana. Lo cierto es que el recorrido en coche tampoco se prestaba a gran cosa, excepto por una corta parte en que la carretera bordeaba la costa. Pero la llegada a Estoril, nuestra base de operaciones, compensó cualquier monotonía.

Nos alojábamos en el hotel Palácio Estoril, una lujosa y mítica reliquia que apenas ha perdido su majestuosidad a pesar de haber hospedado en otros tiempos a reyes destronados o exiliados, dictadores depuestos, refugiados judíos y reunir a lo más granado del espionaje europeo durante la Segunda Guerra Mundial. Como el agente doble Juan Pujol García, el español que hizo creer a los alemanes que el “Día  D” se produciría en Calais y no en Normandía a través de su “Plan Fortitude”; o el británico Kim Philby –considerado el espía del siglo–, que engañó a sus compatriotas durante cuatro décadas acabando sus días en Moscú como jubilado de la KGB. Incluso Dusan “Dusko” Popov, el personaje real que inspiró a Ian Fleming –también agente del Servicio de Inteligencia Naval británico– para dar vida a James Bond. El yugoslavo fue enviado al neutral Portugal como agente de los servicios secretos británicos bajo el código de “Triciclo” con la misión de infiltrarse en la eficiente “Abwehr”, el contraespionaje alemán a cargo del almirante Wilhelm Walther Canaris. Popov se destacaba de sus colegas por vivir a todo tren, conduciendo deportivos, conquistando bellas mujeres y desbancando alemanes en el famosísimo Casino de Estoril.

Durante 1941, ocupó la habitación contigua a la de Fleming y ambos llegaron a trabajar mano a mano. Hoy, el hotel con más solera de Estoril sigue recibiendo celebrities, aunque ahora son cantantes de fama mundial, actores de Hollywood o deportistas de élite. A pesar de todo, uno siente una suerte de sensación evocadora cuando recorre sus pasillos, efecto que se acentúa dentro de las paredes de madera de su legendario bar donde, entre humo y licores, se desmarañaban los oscuros propósitos de los países europeos dominantes.

El descubrimiento no podía haber sido más grato. Nuestro hotel se había convertido para nosotros, sin saberlo de antemano, en una especie de atracción turística que hacía que nos fijáramos en el más mínimo detalle: las valiosas piezas de porcelana de sus pasillos, las solemnes lámparas de araña de sus salones o los vestidores empotrados de sus habitaciones, cuya exquisita madera debió guardar piezas de incalculable valor. ¡A saber quiénes habrían habitado mi habitación! Más allá de las reminiscencias del pasado, el hotelnos deparaba una nueva sorpresa, esta vez engarzada en la actualidad. La reciente inauguración de las recuperadas Termas de Estoril y la apertura del primer Spa Banyan Tree europeo en un edificio adyacente al hotel. Para allá fuimos.

Viví una de las experiencias sensoriales más agradables que recuerdo. La cadena asiática líder en el binomio bienestar- lujo no escatima en nada a la hora de agasajar a sus clientes.

Desde el suave hilo musical a la tenue iluminación, pasando por el relajante baño podal con agua de té o la elección del tipo de incienso antes del tratamiento, y acabando en la profesionalidad, delicadeza y elegancia de sus terapistas, exquisitamente formadas en la academia propia con la que cuenta la firma. Nuestra estancia en el hotel se prolongaba en detrimento del destino, pero a cambio afrontábamos unas jornadas de turismo completamente relajados –diría que también inspirados– y luciendo la mejor de las sonrisas.

Pero antes de echarnos a la carretera y empezar a descubrir los encantos de la Riviera Portuguesa al día siguiente, decidimos aprovechar otra de las oportunidades únicas que brinda Estoril: conocer su casino, el mayor de Europa.

El concierto en directo que se daba en la plaza ubicada en su centro alternaba sus melodías con los mil y un sonidos que emitían las incansables tragaperras, cientos de ellas, en las que se podía empezar a jugar con un solo céntimo. Poco más allá, los crupieres servían mesas de póker y ruletas. Allí descubrí el juego donde probaría suerte, un invento luso llamado curiosamente banca francesa. Conocido también como dados portugueses, en cada partida se lanzan tres cubos numéricos que permiten hacer, por separado o simultáneamente, tres apuestas distintas. Nunca antes había conseguido multiplicar veinte euros con tanta facilidad y, aunque terminé perdiéndolos, he de confesar que estuve absolutamente entretenida durante algo más de una hora.

No sólo por el juego en sí, sino porque el caprichoso azar desplegaba un desconcertante espectáculo ante mis ojos.

Varios miles de euros entraban y salían de la caja cada pocos minutos confirmando la enorme frivolidad que muchas veces gira en torno al dinero. Disfruté, si. Pero tampoco me fui sin haber practicado cierta reflexión.

Las playas de Estoril nos recibieron entre brumas a la mañana siguiente, habíamos salido al alba. Faltaron varios cuartos de hora para que brillaran bajo un suave sol de primavera. De Parede a Carcavelos, dejando también atrás Avencas y São Pedro hasta la fortaleza de São Julião da

Barra, las playas de arena dorada, las pequeñas calas y los acantilados se sucedían dejando entrever a decenas de surfistas que daban fe de que este deporte, en casi todas sus modalidades, es uno de los más practicados en la zona. También lo es el golf, y fueron muchas las ocasiones en que pasamos delante de templos de césped que por estos lares combinan a la perfección naturaleza salvaje y costa. Como el parque natural de Sintra-Cascais, al que nos dirigimos después, haciendo escala en la villa de Oeiras y en la freguesía de Queluz, famosa por ser sede del Palacio

Real conocido como “el Versalles portugués”, residencia principal de los miembros de la Casa de Braganza. Luego pararíamos en Sintra, un destino mágico que se despliega majestuoso en uno de los parajes más maravillosos de Portugal. Aunque no lo arribamos por la ruta directa, las espectaculares piezas arquitectónicas que esconden sus frondosas colinas se encuentran a tan solo quince kilómetros de Estoril. Hay muchísimo que ver. El precioso Palacio da Pena que emerge cubierto de colores en la cima del Monte da Lua; las sólidas murallas y torreones del Castelo dos Mouros que descansa más abajo; la mística Quinta da Regaleira rodeada de hermosos jardines y repleta de secretos, o el humilde y conmovedor convento franciscano dos Capuchos. Construcciones enigmáticas que esconden historias y leyendas que escuchamos embelesados en boca de guías y oriundos. Sintra me caló. Pasó también a engrosar mi lista de lugares a los que quiero volver algún día. Como el Cabo da Roca, el punto y fi nal, la guinda perfecta de una jornada sobrecogedora que había conseguido removerme el interior. ¿Era el destino? ¿Era yo? ¿Una conjunción de ambos factores? En el punto más occidental del continente europeo, frente a un atardecer único que se abría señorialmente en el horizonte, se detuvo el tiempo. Mis vistas comenzaban en un abrupto acantilado, se debatían entre los tonos celestes y anaranjados del cielo y se detenían en una enorme explanada atlántica que parecía no tener fin.

Los siguientes días no hicieron sino consolidar el irremediable idilio que mantengo desde entonces con esta selecta Riviera  a la que dotó de glamur la antigua élite europea.

Cascais, plagada de casas señoriales y botón de muestra de la pasión por la navegación lusa. Los acantilados de Boca do Inferno, la sencillez y belleza de Guincho, los largos paseos por las exuberantes rutas de senderismo, el arco natural de roca por el que se cuelan los rayos de sol en la playa de Adraga o las coquetas casas encaramadas en las rocas de Azenhas de Mar son solo algunas de las perlas de undestino compacto que, cual zumo concentrado, ofrece mucho en poco espacio. Y no nos olvidemos de la gastronomía… aquí se alimenta uno a cuerpo de rey. Y no precisamente por los tintes aristocráticos o burgueses de su pasado. El buen comer es una delicia en todo Portugal.

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