Port Luis. “La Cenicienta del Índico”. Mauricio

La capital de Mauricio tiene que luchar contra los elementos para enamorar al viajero. Playas como Blue Bay, Belle Mare, Tamarin o Trou-aux-Biches se lo ponen difícil, pero la ciudad no ceja en su empeño. Y, consciente de esa realidad, no duda en recompensar a todo aquel que sabe ver más allá del tráfico y el cemento con un colorido menú viajero, aderezado con el pulso vital más auténtico de la isla

Mark Twain afirmó, tras su visita a la isla en 1896, que “Dios hizo primero Mauricio y a partir de ella creó el Paraíso”. Y en verdad algo especial alberga este pedacito de tierra firme que navega imperceptiblemente sobre el Índico, cuando cada año recibe cientos de miles de viajeros en busca de sus vacaciones perfectas. A los que hay que sumar, en justo cómputo, otros tantos millones que se escapan hasta aquí en sueños esperando tiempos mejores –y cuentas corrientes más bollantes– para hacer realidad sus fantasías.

Todo mortal que pisa Mauricio tiene meridianas expectativas sobre lo que busca y va a encontrar aquí:playas interminables de arena blanca –aunque éstas, en realidad, no abundan demasiado en la isla–, aguas cristalinas y hoteles pensados para que el “síndrome post-vacacional” –una de tantas estupideces de nuestro actual estilo de vida– sea una barrera insalvable. Todo esto, que es en esencia cierto aunque se nos implante como deseo estándar a golpe de campaña publicitaria, impide a muchos viajeros detenerse durante un par de jornadas en la capital, Port Louis, impacientes como llegan al aeropuerto de Plaisance por embutirse el bañador, quitarse los zapatos y lanzarse de cabeza al Índico turquesa de sus anhelos. Lógico y, después de haber visitado la isla, comprensible. He de reconocer que esa actividad, por dominguera que se antoje, es aquí una gozada. Otros podrán pensar que, además, la frase de Mark Twain se refería precisamente a eso, a las palmeras, playas y aguas rebosantes de colores, y no a una capital bulliciosa, sin lagunas tropicales ni hoteles con piscina de borde infinito. Pero Port Louis también tiene sus encantos. Y no le faltan paladines de renombre, como Joseph Conrad, a quien no resultaba raro ver en la terraza de La Flore Mauricienne, restaurante con solera de la capital –presume de ser el más antiguo del Índico– en el que aún se puede degustar lo mejor de la cocina criolla.

 

Ese es uno de los atractivos que ofrece la capital, una gastronomía conformada a partir de influencias mediterráneas y francesas, con fuertes rasgos de la cocina hindú y que mantiene vivas sus raíces criollas. Pero la mixtura de la isla no sólo se aprecia en lo gastronómico. Los amantes de la arquitectura tienen en Port Louis una oportunidad de oro para pasear y descubrir coquetos edificios coloniales que sobreviven de la época de dominio francés, casas victorianas, dos imponentes catedrales –una católica, la de San Luis, y otra anglicana, la de Saint-James–, pagodas chinas y templos hindúes que salpican aquí y allá la ciudad. Para tomar el pulso a la capital basta con darse una vuelta por el Mercado Central –también conocido como Central Bazaar–, compuesto por una serie de calles exteriores en torno a un gran edificio. En el interior el gentío bulle entre puestos de verduras, frutas, carne y pescado, mientras que en el exterior se alineantiendas de ropa, especias, recuerdos y complementos, con vendedores que asaltan sin piedad a los turistas ofreciéndoles “special prices”. Imprescindible resulta, aquí más que en ninguna otra parte, regatear y contrastar precios en diferentes puestos. Los comerciantes, habituados al turismo, calculan bien su margen de beneficio, y hay que estar muy vivo para obtener gangas. Aunque si no gustan de este ambiente para disfrutar del shopping –el mercado bien merece una visita, incluso si no piensan comprar nada–, a un pasito les espera Le Caudan Waterfront, centro neurálgico de la ciudad y zona de ocio –recuerda al de Ciudad del Cabo– que aglutina los mejores hoteles de Port Louis, excelentes restaurantes y tiendas de ropa con los últimos diseños de importantes firmas.

 

Para los más curiosos queda, en la misma zona, zambullirse entre las callejuelas de Chinatown (el Barrio Chino), como se conoce a la parte más antigua de Port Louis. Los viejos almacenes portuarios albergan hoy centenares de comercios chinos –restaurantes, tiendas de ropa, comida o artesanía, farmacias tradicionales…–, que unidos al fuerte olor a especias que inunda las calles y a cierto grado de desorden y suciedad, hacen que la zona tenga un toque de realismo –sin llegar al punto de lo desagradable– muy interesante para el viajero. Después se agradece algo de aire puro, eso sí, y el Fuerte Adelaida (la Citadelle) lo proporciona sin límites, aderezado con las mejores vistas de la ciudad. Pero por supuesto, Port Louis es también un trampolín ideal para descubrir otros encantos de la isla en Pamplemousses, Moka y la costa oeste, donde jardines, playas y un paisaje idílico se encargarán de hacernos compartir, sin duda, los pensamientos de Mark Twain.

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