La Digue. Intimidad turquesa. Seychelles

Las islas más deseadas del planeta esconden también sus propias sorpresas. Pequeños paraísos de piel inmaculada vestidos de verde intenso, a los que el estrés no puede llegar ni siquiera en barca y donde la vida gira en torno a una apacible gama de azules protagonizada por el color turquesa. Colocamos la marca del tesoro sobre uno de los secretos mejor guardados de Seychelles

El sueño de Amelia siempre fue escapar, aunque su huida no fuera definitiva. No es que Amelia no fuese feliz, pero desde siempre había sentido aquella extraña inquietud, como de un niño en la consulta del médico, de sentirse fuera de lugar, de no querer pertenecer a veces a la realidad y al momento en que vivía. A menudo elegía como herramienta de escape un libro, una película o un viaje, aunque la desconexión nunca fue completa. Su obsesión le hacía pasar noches en blanco frente a su viejo atlas geográfico Everest, intentando desentrañar los secretos que escondían los mil y un pliegues del mundo.

El principal problema de querer escaparse era saber a dónde, claro, y las opciones eran casi interminables. Juan le suministraba todas las semanas folletos recogidos en las agencias de viajes que quedaban de camino a casa y ella los estudiaba siempre después de cenar, esparcidos sobre la mesa junto a su inseparable libro de consulta. Fue así como descubrió una islita eclipsada por el archiconocido topónimo del archipiélago que la albergaba: Seychelles. Amelia nunca había pensado en aquellas islas como destino para su idealizada fuga, pues los folletos que Juan le traía mostraban paraísos que se le antojaban demasiado artificiales, construidos a golpe de resort despampanante y encantos enlatados. Pero algo le llamó la atención de aquel pedazo de tierra firme perdido en medio del Índico. Así que puso una nuevamarca en su atlas y se lanzó en busca de más información sobre aquella isla, La Digue.

 

Y fue precisamente la falta de datos lo que le animó a plantearle a Juan el viaje. Apenas tres meses después, ambos miraban boquiabiertos desde el helicóptero los contornos brillantes de lo que parecía un brillante trocito de coral con corazón verde esmeralda. Juan y Amelia se alojaron en un hotelito discreto alejado de la playa, al pie del monte más grande de la isla –el Nido del Águila– y rodeado por un vergel plagado de pájaros tropicales que invadían las mesas del restaurante durante el desayuno. Lo primero que descubrieron allí fue el placer de vivir sin zapatos y lo gratificante de no tener otro medio de transporte que sus propios pies, un par de bicicletas y algunos carros de bueyes que se ofrecían a los turistas en el pueblo.

 

La sensación de libertad era absoluta cada día, y tras experimentar en sus carnes los placeres que deparaban playas como Anse Source d’Argent y Grand Anse, establecieron sus propios refugios en otros enclaves más íntimos, que disfrutaron a menudo solos como si fueran los únicos pobladores de aquel mundomaravilloso. Así hicieron suyos para siempre los atardeceres en Anse Cocos, los paseos a pie por la reserva natural de Veuve rodeados de aves tropicales y las travesías en la barca de Ogube, el pescador que conocieron el segundo día de su viaje en el puerto de La Passe y que hizo las veces de experimentadísimo guía en aquel Índico sorprendente.

 

La magia de la isla les envolvió por completo durante poco más de una semana, y Amelia no sólo logró su tan ansiada huida, sino que pudo sentirse parte de pleno derecho en todos y cada uno de los momentos que compartió con Juan –y con alguna versión de ella misma que nunca se había manifestado antes– en La Digue. Imbuidos por un torrente de sensaciones perdidas se entregaron cada noche a una pasión que creían olvidada, e inmersos en aquella vorágine de libertad consiguieron incluso cerrar su añorado pacto con la cigüeña. Un acuerdo que traería a sus vidas meses más tarde, como cláusula ineludible del contrato, una preciosidad de ojos verdes que bautizaron en recuerdo de aquellos días y noches de ensueño como Luna.

 

Después de aquel viaje Amelia ya no pasa las noches en blanco frente al mapamundi, en parte porque es Luna quien se encarga de robarle tiempo y horas de sueño, pero también porque su búsqueda llegó a buen puerto. Juan tampoco recorre ya las agencias de viajes recopilando folletos. Sin embargo, ambos siguen compartiendo una práctica que realizan en la intimidad que aportan las horas de soledad. De vez en cuando, el viejo atlas geográfico Everest de Amelia amanece sobre la mesa del salón, con la antigua marca que ella hizo sobre una diminuta isla de las Seychelles y las páginas rellenas de fotografías de aquella huida que fue, al final, un viaje para encontrarse de nuevo.

 

Amelia cuenta que La Digue sólo aportó el marco para que todo aquello fuese posible, pero no logra ocultar –a veces lo manifiesta sin tapujos– su deseo de volver. Sin duda para hacer suyo de nuevo el mundo por unos días, y recuperar los inolvidables atardeceres en el Índico junto a Juan desde la barca de Ogube.

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