Del Océano Pacífico al lago Titicaca. Parte 2

El lugar sagrado de los Incas

 

El camino hacia el Valle Sagrado está marcado por los tonos oscuros de los tostados Andes, dorados del cultivo del cereal, de tierra roja y de casas de adobe. Casas coronadas por un curioso ornamento que consiste en una cruz, dos toritos que simbolizan la fuerza, una escalera para llegar al cielo y una botella de chicha como señal de hospitalidad. Al llegar a Urubamba, se sigue la vía del tren y se llega a una valla cualquiera. Imposible imaginar que tras el muro se esconde el paradisiaco Hotel Río Sagrado. La sorpresa aumenta sus atractivos que no son pocos. Casitas edificadas al estilo andino –en las que no faltan su torito y su cruz en los tejados– miran al río Urubamba o Wilcamayu (río Sagrado) y a los Andes. Una amalgama de flores, tropicales y continentales, cubren terrazas, laderas y jarrones del Hotel, potenciando aún más el colorido del entorno. Las habitaciones tienen una decoración sencilla en la que priman los vivos colores de los tejidos andinos: fucsias, naranjas, añiles y todos los lujos de un hotel de cinco estrellas, entre los que se incluyen una ducha acristalada con vistas al río Sagrado y terrazas abiertas al horizonte andino en las que es un privilegio sentarse a buscar la cruz del sur en las noches del hemisferio austral.

El Valle Sagrado, a 2.800 m de altura, encierra la franja de tierra que va desde Pisac hasta Ollantaytambo. Las ventajas de su estratégica situación vienen de antaño, del periodo inca que incluso lo ascendió al rango de “sagrado” por sus muchos atractivos. El Inca Garcilaso de la Vega, de quien Mario Vargas Llosa escribe con admiración considerándolo un “hito clave” en la historia del Perú: “fue el primer mestizo en reivindicar su condición de indio y español” comenta Vargas Llosa sobre éste gran historiador nacido en 1539 de un conquistador español y una princesa inca, que escribió sobre el Valle de Yucay situado en el Valle Sagrado: “El Valle de Yucay aventaja en excelencia a todos los que hay en el Perú por lo cual los reyes Incas lo tuvieron por jardín, lugar de deleites y recreación”. Un buen plan para aprovechar la belleza del Valle es levantarse por la mañana y tras tomar el desayuno, donde se degustan frutas, cereales, huevos frescos y quesos andinos observando el río, coger un mototaxi de los que esperan afuera del hotel para llegar enseguida al rancho El Chalan, que coordina con el hotel excursiones en los caballos de paso peruanos, raza autóctona del país descendiente de los caballos que llegaron en la época de la Conquista y que, al estar aislados durante cuatrocientos años, se convirtieron en una etnia caracterizada por sus proporciones corporales y el paso llano de su andar.

Desde 1992 este caballo está considerado Patrimonio Cultural de la Nación.

Partiendo del rancho a caballo recorremos las impresionantes salineras de Maras, que datan de la era prehispánica, y el poblado colonial homónimo donde los quechuas, ataviados con su elaborada y vistosa vestimenta invitan a probar la chicha morada de maíz rojo sin alcohol o la fermentada con bastantes grados. No se puede obviar Moray con sus terrazas circulares construidas por los Incas para sus cultivos, aunque se duda si también tuvo sus fines como anfiteatro o lugar de conferencias.

 

Llegando a la “Ceja de la Selva”

 

El día siguiente será muy especial, pues Machu Picchu aguarda con su majestuosidad y su leyenda. De Ollantaytambo, resto arqueológico inca, sale el ferrocarril Hiram Bingham bautizado en recuerdo del explorador americano que redescubrió Machu Picchu en 1911. Colores suaves en las tapicerías, maderas nobles, decoración tipo años 60, y un balcón desde donde observar la magnificencia del paisaje, acomodarán al pasajero en su trayecto hasta el pueblo de Aguas Calientes, desde donde se subirá en autobús al santuario. El viaje estará aderezado por una excelente comida acompañada de vino y un grupo musical que canta los boleros de siempre, mientras el tren traga kilómetros, entrando en el Cañón del Río Urubamba hasta llegar a la llamada “Ceja de la Selva”, donde el paisaje andino cambia y de la sequedad y los tonos ocres del Valle Sagrado se pasa a la húmeda selva que cubre las montañas de Machu Picchu y sus aledaños. El Hotel Machu Picchu Sanctuary Lodge goza de una situación privilegiada a los pies del lugar sagrado, que lleva a sus huéspedes a integrarse en el Machu Picchu (montaña vieja) observándolo desde la ventana de la habitación o desde el jacuzzi. El canto del colibrí y la imagen del Huayna Picchu (montaña nueva) envuelto en la niebla son un bello anticipo antes de entrar en el santuario, sentir el peso de la historia, cerrar los ojos e imaginar la vida cotidiana de los adoradores del Sol, mientras el guía Hermann explica con sabiduría los pormenores del Imperio Inca.

 

El Perú a golpe de raíl

 

¡Es una forma tan agradable, descansada, y concienzuda de conocer el país que le ha llevado a ser considerado uno de los siete viajes más bellos del mundo! Una vez experimentada la ruta que cubre el Hiram Bigham (Cuzco-Ollantaytambo-Machu Picchu), no queda otro remedio que probar el otro itinerario de Perú Raíl, subiendo al Andean Explorer que saliendo de Cuzco viajará hasta Juliaca y terminará su trayecto en Puno, a orillas del lago Titicaca. El interior del tren es de “coche-palacio de Pullman”, como fue publicitado en su nacimiento, allá por finales del siglo XIX. Los tonos ocres siguen protagonizando el paisaje, matizados por los picos nevados de los Andes y la corriente del río Huatanay. Desde la plataforma de observación pasan pueblos del color de su tierra, campesinos en los campos de maíz o de patata y mujeres quechuas acompañadas por su simpática llama. Y entre tanto, una botellita de vino peruano, una comida andina sabrosamente cocinada y, para que el entretenimiento no falte, un grupo de música acústica y una graciosa bailarina oriundos de Puno –ciudad famosa por sus músicos y la variedad de sus danzas– hacen una demostración de las serenatas andinas mientras el personal del tren desvela al pasaje el secreto del pisco sour, cómo hay que batir la clara de huevo en su punto, añadir el jugo de limón y echar un buen chorro de pisco.

El desfile de tejidos de alpaca y vicuña tiene como modelos a las azafatas del tren que, con gracia y desparpajo, muestran las bufandas, fulares, gorros y demás prendas confeccionadas con la cotizada vicuña, la alpaca, e incluso la llama.

La parada imprescindible en “La Raya”, el punto más alto del viaje a 4.200 m de altura, tiene un llamativo mercadillo donde las nativas venden tejidos de alpaca y de llama. El recorrido rico en horizontes y experiencias pasa por Juliaca, llamada “Ciudad de los

Vientos” pues nada la protege en medio de la inmensidad, para finalizar su recorrido en la ciudad de Puno desde donde continuaremos nuestro viaje por carretera hacia Arequipa.

 

En la cima de la Patapampa

 

Viajar en coche de Arequipa al Cañón del Colca es conocer los secretos de la Patapampa, el punto más alto del circuito del Colca, a 4.800 m de altura. Desentrañar el por qué de su vegetación y de esa vida aislada de los lugareños, que cuidan a las alpacas y las llamas, crían la cochinilla para confeccionar tintes y caminan durante meses hasta llegar a algún lugar donde cambiar la mercancía por productos necesarios para su supervivencia. Juan Marcelo guía la excursión. Es un erudito que desgrana hasta la más pequeña particularidad de la zona. Explica cómo de los cuatro camélidos de Perú, el guanaco y la vicuña son agrestes mientras que la llama y la alpaca son animales domésticos, y todos se alimentan del ichu, la hierbaamarillenta que puebla las alturas de la Patapampa habitada por estos camélidos que pacen en manadas y buscan los recodos de agua pantanosa donde beber.

Habla sobre esa llareta verde y musgosa característica del altiplano que fermentada en alcohol hace milagros con los dolores musculares, mientras una circunferencia grisácea rodea al Sol y lo envuelve en un arco iris dando una imagen fantasmagórica a los volcanes Misti –el gran señor de Arequipa– y Chachani, que se elevan sobre el altiplano. En el punto más alto de la excursión mujeres ataviadas con trajes multicolores y cubiertas por sombreros de lino bordado, venden su artesanía. A su lado unos curiosos montículos pétreos, las apachetas, antiguas ofrendas a los dioses, hoy testifi can el paso de los muchos transeúntes que prometieron volver a éstas tierras de inhóspito esplendor y construyeron su torre de piedras para asegurarse el regreso. Es el momento oportuno de masticar la hoja de coca con un catalizador de ceniza, pues los efectos de la altura se empiezan a notar: los brazos pesan y el aire se hace más denso.

 

Entrada al Valle de las Maravillas

En Chivay, la puerta del periplo del Colca, a 50 Km de Arequipa, la visita al mercado es obligatoria. Una variedad enorme de patatas –hay trescientas comestibles– llena los puestos y a su lado todo tipo de ajíes terminan haciendo las delicias del rocoto relleno, que se ofrece en el bullicioso comedor del mercado, mientras el carnicero despieza una alpaca.

Este es el “Valle de las Maravillas” dijo un emocionado Vargas Llosa cuando recorrió los pueblos ubicados en ambas márgenes del río Colca, desde Chivay hasta Cabanaconde pasando por Yanke, Achoma y Maca, observando el tranquilo vivir de sus gentes, las hermosas plazas coloniales donde se celebran las más famosas tradiciones de la Semana Santa de Perú, y los templos blancos de piedra sillar y estilo barroco indígena. Y llegar al punto álgido del trayecto para contemplar el majestuoso vuelo del cóndor en el mirador “Cruz del Cóndor”, donde águilas, cóndores y todo tipo de rapaces encuentra la atmósfera y el entorno perfecto para sobrevolar a sus anchas el espectacular cañón del Colca, uno de los precipicios más profundos del planeta.

Las Casitas del Colca están consideradas como uno de los destinos más completos de Suramérica, donde podremos disfrutar de la tranquilidad de los Andes. En una finca de 24 hectáreas, entre terrazas de cultivo, cactus centenarios a modo de esculturas y un sinfín de flores entre las que destaca la flor sagrada de los incas, la cantuta –de color rojo y forma de campanilla cerrada–, se sitúan las 19 Casitas del hotel. Entre ellas se pasean las llamas y las alpacas y hacen migas con los caballos destinados a recorrer con los huéspedes el Valle del Colca. Cada casita cuenta con su jacuzzi particular en la terraza de la habitación con vistas al valle, bajo el sonido cadencioso de las hojas de los eucaliptos balanceándose por el viento. En elrestaurante Curiña los ingredientes son los de la huerta de las Casitas y del Valle del Colca, como la quinoa, la alpaca o la trucha arco iris. El Spa Samaym ofrece una mascarilla a base de algas hecha con café andino y pisco, y masajes con aceite de muña y sal rosada de los Andes como exfoliante. Las Casitas del Colca, en el Valle de las Maravillas, bautizado con este nombre por Mario Vargas Llosa, son el broche de oro para un viaje sin precedentes por el embrujo y la belleza de las tierras andinas.

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