Dubrovnik. La libertad no es para soñarla

 Dubrovnik-2  Lord Byron la bautizaría como la “Perla del Adriático”, su sobrenombre más popular. George Bernard Shaw sentenció con aquello de “quienes busquen el paraíso en la Tierra, deben venir a Dubrovnik” y Cousteau dijo de sus aguas que eran “las más límpidas del Mediterráneo”. Hoy, habría que preguntarle a Carolina de Mónaco o a Jack Nicholson qué es lo que les lleva a recalar en este “Saint-Tropez croata”.

Libertad o libertas. Así reza el lema que ha abanderado a la ciudad de Dubrovnik a lo largo de su ajetreada crónica. Desde el siglo XIV la frase más sonada entre sus murallas es la que asevera que “la libertad no se vende ni por todo

el oro del mundo”.

Y no es fruto de la casualidad. Tras el dominio de Bizancio, Venecia –algunos la llaman “la Venecia del Adriático”–, y Hungría, llegó la tan preciada independencia que se convertiría en culto universal de libertad. Ragusa pasaba a ser República e iniciaba una época de esplendor que quedó enmarcada en cada una de las  esquinas de su centro histórico y que hoy es una de las postales más populares de la vieja Europa.

Lo que resulta incluso más curioso es que en el Dubrovnik de hoy, todavía algunos vayan en busca de esa libertad y que a su manera la encuentren. Ya lo hicieron la nobleza del Gotha, la refinada aristocracia europea, apellidos como Onassis, Agnelli o Astor, y eminencias como Winston Churchill o Truman Capote.

Nuestras infantas y Urdangarín dieron en la diana este pasado verano… paseándose por sus calles como tres anónimos más, apenas acompañados por una guía turística y sólo reconocidos por el diario local 24 Sata y por algunos turistas españoles que no quisieron perder la oportunidad de saludarles.

Carolina de Mónaco es asidua de este escondite adriático, un recodo cercano a su Mónaco donde puede desatar su espontaneidad sabiendo que la población local “se hace la loca” cuando se tropieza con ella. Dicen que es fácil encontrarla en el Troubadour, su local preferido, disfrutando entre amigos de las mejores jam sessions de jazz de la ciudad, y uno de sus retoños, Andrea Casiraghi, ha tomado buen ejemplo de mami y se deja ver de cuando en cuando por allí.Dubrovnik-1

Jack Nicholson, Nick Nolte o Jeremy Irons también son asiduos, por nombrar sólo algunos, pues la lista de celebrities que se pierden por aquí es prácticamente interminable.

Pero, ¿qué tiene Dubrovnik? ¿Ejerce esa misma atracción en el resto de los mortales? Por supuesto que sí, no hay más que darse una vuelta por su centro histórico para comprobarlo.

Por la calle Stradun –también llamada Placa– deben pisar cada día más de veinte nacionalidades.

La ciudad está de moda, y se lo ha ganado a pulso. Las aguas del Adriático la bañan con colores irrepetibles que bailan entre el verde y el azul.Dubrovnik-4

Los yates campan a sus anchas entre pequeñas islas resplandecientes de verde buscando una cala perdida donde echar el ancla.

Las cimas que rodean la ciudad cobijan residencias que fascinan y apetecen tan sólo con ver sus fachadas.

Y el centro amurallado, en pie desde el medievo, esconde un laberinto de calles llenas de sustancia donde cada uno descubre, pisada tras pisada, su Dubrovnik particular.

Sólo hay que pasear y abrir los ojos para sacarle todo su jugo… y con un poco de suerte, no le hará falta ni llevar una Lonely Planet para toparse con el informal Kamenice –ostras, frituras de pescado y calamares a precios de risa–; con cafés o terrazas de ensueño como el Buza –dispuesto sobre un acantilado al que se accede a través de un pasadizo que atraviesa la muralla–; con acogedores patios de estilo renacentista donde la histórica piedra y los detalles arquitectónicos se dejan entrever entre la colada tendida y los maceteros de geranios; con originales campos de fútbol improvisados por los más pequeños o puentes “caseros” que unen los balcones de dos viviendas desafiando a la gravedad.

En el camino, hay escalas mucho más obvias pero no por ello menos gratificantes.

En la parte baja del centro, la calle Od Puca esconde los mejores establecimientos para comprar plata, intercalados entre los puestos de otros artesanos que mantienen el saber hacer del pasado.

La barbería, con enormes sillones de cuero y donde las navajas siguen dominando frente a las cuchillas, o la sastrería, donde la máquina de coser aún funciona a base de pedaleos.

Si consigue no quedarse embrujado con el encanto del ayer, quizá le queden tiempo y ganas para emprender la subida por empinados tramos de escaleras cuyo final tiene premio: la hechizante vista de los preciosos tejados que quedan entre las murallas de piedra.

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Un último consejo. No cometa el error de embarcarse en un crucero y dejar que su visita por la ciudad dure tan sólo las horas que permita la escala: una vuelta rápida por el casco histórico Monasterio Franciscano, palacio Sponza, fuente de Onofrio, palacio del Rector…– y alguna que otra compra. Aquí es obligado perderse entre la maraña de calles empedradas durante más de un día y dejar que la magia de sus mil y un detalles le cale hondo.

Aunque como bien dicen allí, seguro que tendrá una segunda oportunidad, pues “no importa cómo haya llegado a Dubrovnik… siempre volverá”.