Tras los pasos de Robert Louis Stevenson

   Robert-louis-4Acostumbrados a viajar en tren o en avión con todas las comodidades y servicios imaginables, la perspectiva de una aventura “a la antigua” promete emociones fuertes. La excusa, el 130 aniversario del viaje que inspiró una de las primeras obras del autor de La isla del tesoro. El marco ideal, el Parque Nacional de les Cévennes, en las estribaciones meridionales del Macizo Central francés. La compañía, un burrito llamado Arsouille. Y el panorama más inmediato, un viaje repleto de romanticismo que será difícil olvidar.

Haber nacido cuando el siglo XX iba ya camino de cumplir los ochenta tiene, como hacerlo en cualquier otra época, sus ventajas e inconvenientes. Y la televisión puede ser, según se mire, ambas cosas. Gracias a ella hemos podido visitar lugares maravillosos sin movernos del salón, pero también nos ha robado la necesidad imperiosa de asomarnos a esos libros que, antes de que todo quisque tuviese una tele en casa, constituían la única ventana hacia los misterios de África, la única llave que abría la puerta del despacho de Sherlock Holmes, o el único billete válido para subirse al Orient Express. Y la tele fue, al menos en parte, culpable de que yo llegase tarde a mi cita con Robert Louis Stevenson. Me encontré de bruces con él en el VIPS de la madrileña calle Fuencarral, uno de esos días en que la lluvia te obliga a aferrarte al vagón de cola de tu destino.

 

La tele –o el cine, no recuerdo bien– me había llevado mucho antes a la isla del tesoro, pero el dibujo de Long John Silver en aquella portada me invitaba a emprender un viaje muy diferente hacia el mismo lugar. Después llegaron el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, La Flecha Negra y los Cuentos de los mares del Sur. Citas que se han vuelto comunes cada cierto tiempo, como si de dos viejos amigos se tratase, entre el viajero escocés y yo. Eso, unido a una concepción algo romántica del viaje en general y a cierta envidia hacia losviajeros’>viajeros de antaño –un sentimiento compartido con Stevenson–, hizo que, tan pronto como intuimos en nuestro horizonte la aventura de emprender un viaje siguiendo los pasos del escritor, nos pusiéramos manos a la obra.

 

UNA HUIDA HACIA ADELANTE

 

En 1878 Stevenson estaba enamorado hasta la médula de Fanny Vandergrift Osborne, una americana divorciada, casi arruinada y once años mayor que él. Se habían conocido en Barbizon, refugio francés de artistas y bohemios –él ya escribía y ella venía huyendo de su marido desde Colorado como una aceptable pintora–, y poco después se vieron clandestinamente en París, donde se hicieron amantes. Pero apenas un año después, Fanny regresó a Estados Unidos y Stevenson dudaba aún si seguirla –para lo cual tendría que reconocer ante su familia una relación hasta entonces secreta, y difícil de aceptar en la época– o no. Con la cabeza y el corazón enredados, decidió que lo mejor para aclarar las ideas era emprender un viaje. Una ruta que le llevaría, con la única compañía de la burra Modestine, a través de los actuales departamentos franceses de Haute-Loire, Lozère, Ardèche y Gard.

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La elección de Francia y de esta porción de su territorio en particular para la escapada respondía a tres cuestiones fundamentales: al hecho de que Stevenson se encontrase viviendo en el país galo en aquellos momentos, al buen conocimiento que tenía del idioma y las costumbres francesas, y a la necesidad de resarcirse de una de sus frustraciones como escritor. Siempre le apasionaron las historias que su niñera contaba sobre los covenanters escoceses, pero Walter Scott ya había escrito un libro sobre el tema. Así que, cuando Stevenson encontró en los camisards de las Cévennes un conflicto similar en origen, escenario y motivaciones al de sus compatriotas, se decidió a iniciar –el 22 de septiembre de 1878– un viaje que realizaría con la única compañía de la burra Modestine y del que saldría, algunos meses más tarde –en 1879–, Voyage avec un âne dans les Cévennes.

 

HUELLAS DE PAPEL

 

Viajando desde Montpellier en coche, a medida que nos acercamos al Mont Lozère para seguir los pasos de Stevenson el camino se complica. La carretera se retuerce como una serpentina entre bosques cerrados y barrancos que se vierten a un vacío inquietante. Nuestro joven escocés, enfermizo y con su silueta casi esquemática de escritor romántico –un look muy a lo Doc Holliday–, no emprendió un viaje fácil. Aún ahora, mucho mejor equipados y con infinidad de recursos más, las alturas de las Cévennes constituyen un reto.

 

Por fin llegamos a la estación de montaña de Mont Lozère, donde nos esperan tres simpáticas guías y Jean Pierre con nuestra “Modestine” particular. En este caso es un burro en lugar de burrita, se llama Arsouille y nos conquista antes incluso de las presentaciones oficiales. Iniciamos la marcha y resulta sorprendente comprobar que viajar con Arsouille nos ofrece los mismos “contratiempos” que Stevenson sufrió con su Modestine. Se detiene cada poco a comer las plantas que tapizan el monte y nos exige un cálculo exacto a la hora de repartir el peso en sus alforjas. A pesar de todo, es una gozada recorrer la montaña que separa el Languedoc de Auvergne, aún nevada, en compañía de nuestro burro. Tenemos la sensación de haber regresado a algún punto perdido de nuestros orígenes, y cada paso, cada minuto, es una recompensa maravillosa. La caminata no es demasiado dura y, tras hacer cumbre en el Pic de Finiels y descansar para disfrutar de un estupendo picnic –ensalada, embutido, quesos de la tierra y vino de Languedoc–, afrontamos el descenso hacia Pont de Montvert.

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El paisaje cambia por completo. Atravesamos tupidos bosques de pinos sorteando mil arroyuelos de aguas rápidas y cristalinas que aún viven del deshielo. Aquí mismo, obnubilado por la belleza del entorno, Stevenson se acordó de su Fanny: “incluso cuando estaba gozando de mi soledad fui consciente de una extraña carencia. Deseaba tener una compañera que yaciera cerca de mí a la luz de las estrellas, silenciosa e inmóvil, pero siempre al alcance de la mano. Pues existe una compañía más silenciosa todavía que la soledad, y que, bien entendida, es la soledad perfeccionada. Y vivir al aire libre con la mujer amada es la más completa y la más libre de todas las vidas”.

 

Recordando las frases de Robert desembocamos en un escenario dominado por campos de labranza, granjas y casitas de piedra. Tierras protestantes, de gentes amables y hogareñas cuyos antepasados lucharon en la Guerra de Religión de los camisards contra Luis XIV. Aquí nos despedimos de Arsouille, que se queda pastando tranquilo al fresco mientras espera la llegada de nuevos caminantes a los que acompañar.

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UN CAMINO REPLETO DE JOYAS

 

Desde Pont de Montvert, recorrido por las fuentes del majestuoso Tarn, salimos ya casi de noche hacia Cocurès en busca de un deseado oasis, La Lozerette. Un hotelito encantador en el que nos esperaba la reparadora ducha y una experiencia gastronómica inolvidable. Vinos de Languedoc, quesos, magret de pato y foie, entre otras delicias, que nos cargaron las baterías en apenas dos horas. Stevenson no tuvo tanta suerte –eran otros tiempos–, aunque seguro que las sopas que encontró en aquellas antiguas posadas le supieron a gloria después de varias jornadas deambulando por estas tierras montañosas.

 

El día siguiente amaneció brillante, dándonos el puntito justo para disfrutar a pleno pulmón de la espectacular cascada de Runes, y desde allí pusimos rumbo a Florac. Las expectativas estaban por todo lo alto, pues Stevenson lo describe como una de las etapas más bellas de su ruta –y hogar, además, de hermosas mujeres–. Una vez allí resulta difícil no compartir sus opiniones. Este pueblecito de poco más de dos mil habitantes es una encrucijada mágica.

 

Aquí confluyen cuatro ríos y tres zonas geológicas diferentes: las mesetas calcáreas y gargantas del Tarn, el mundo granítico del Mont Lozère y las lajas de pizarra propias de las Cévennes. Todo ello regala un paisaje majestuoso, que alberga sorpresas como la Fuente del Pescador, una preciosa caída de agua que llega desde las cumbres de piedra caliza y se desparrama hasta el río entre castaños en un decorado propio de un cuento de hadas.

 

Desde allí sólo nos quedaba emprender el camino hasta Saint Jean du Gard –donde terminaba nuestra ruta al igual que la de Stevenson– entre terrazas de labor y rediles de ovejas. Robert Luis Stevenson puso luego rumbo a América del Norte para acabar sus días en el Pacífico Sur. Hacia allí dirigimos ahora nuestras miradas esperando poder acompañarle de nuevo. Las páginas que dejó escritas serán, una vez más, nuestro mejor mapa del tesoro.

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