Liverpool. A Hard Day’s Night. Reino Unido

Paseos con encanto vigilados por aves mitológicas, dioses del pop que se disputan la fama con campeones de Europa, grandes catedrales que compiten con otros templos disfrazados de cavernas musicales… una perfecta mixtura bañada por las aguas del río Mersey. Esta ciudad no deja indiferente a nadie, colmando de pasiones los espíritus viajeros más inquietos. “Livercool” enseña sus secretos. Que empiece el concierto.

Con el corazón partido y una pinta en la mano. Así vive, llora y goza esta ciudad inglesa bañada por las aguas del río Mersey. Mucho ha llovido, eso seguro, desde que la patente de Juan sin Tierra dio a la ciudad su condición de puerto. Un puerto que cambiaría la faz de Inglaterra y del mundo. Pero no son las leyendas de metal las más importantes aquí. John, Paul, George y Ringo. Ni siquiera hace falta escribir el resultado perfecto de esta suma musical. Los hijos predilectos de la ciudad están presentes más que nunca, rodeados por un cuidado merchandasing. En “The Pool” hay también otros cánticos que cuelgan el corazón en la garganta sobre la hierba de Anfield al ritmo que marca el balón. Pero la Capital Europea de la Cultura del año 2008 es mucho más que fútbol y música. Liverpool vibra y se descubre como un destino al que uno debe acercarse, como diría Serrat, “con alma de marinero”.

 

El Albert Dock susurra historias, algunas oscuras. De aquí partían los barcos negreros hacia las colonias africanas, donde recogían a los esclavos que luego se venderían en el Caribe o las Américas antes de regresar a Inglaterra con sus macabras bodegas cargadas de oro y diversos materiales. Un triángulo de oro y muerte que generaría hasta principios del siglo XIX una gran riqueza. Historia que se repite con matemática frecuencia en el devenir de la Humanidad. Pensando en eso sin duda, en que olvidar es el primer escalón para repetir, se inauguró en el año 2007 el Museo Internacional de la Esclavitud. Una visita que seca las palabras. Pero el Albert Dock ha cambiado mucho, aunque sus viejos almacenes de ladrillo rojo parezcan impasibles. En su interior se esconden hoy restaurantes y apartamentos de diseño. Es un placer caminar por este puerto, único en el mundo y Patrimonio de la Humanidad, donde los museos son ahora los bienes más preciados. El edificio de la Tate Liverpool rezuma arte en todas sus blancas paredes. Picasso baila con Warhol en este refugio del arte contemporáneo. La Tate parece inclinarse más hacia una idea lúdica del arte, al contrario que otros museos que casi ahogan con un cierto olor a rancio.

 

 

 

Se acumulan las tareas para los pies y la mente en este puerto. El Merseyside Maritime Museum nos invita de forma gratuita a investigar el puerto, sus barcos y la gente que los uso, vivió y murió en ellos. Descubrimos así una parte vital de esta ciudad, casi sus mismas entrañas, donde las historias se forjan con acero templado y sudor. Desde la batalla del Atlántico, pasando por historias de contrabando y espionaje, hasta barcos que no podían hundirse, camarotes de lujo y billetes de tercera. Sin dejar el Albert Dock me encamino hacia la zona de Britannia Vaults, donde la otra gran pasión de Liverpool se ha materializado en museo. Frente a mí un submarino amarillo consigue que mi mente tararee de forma inconsciente unos acordes mágicos. Estoy en The Beatles Story. Dentro adquiero la audioguía correspondiente y me embarco en un viaje en el tiempo apuntalado con mil objetos, instrumentos musicales, fotografías, letras de canciones… un caleidoscopio sentimental y musical que trasciende el fenómeno fan para tomar ropajes de historia con mayúsculas de un grupo que cambió la música para siempre y dejó una huella que, en su ciudad natal, parece estar presente en todos los lugares. Desde sus inicios como “The Silver Beatles”, The Cavern, el éxito, la psicodelia y la ruptura. Las carreras en solitario de John y Paul tienen un espacio aquí. El piano blanco Imagine y las gafas de Lennon cuidadosamente apoyadas en él logran que se forme una pequeña pelota en la garganta.

 

De nuevo a la luz de sol, si hay suerte –no lo olvidemos, this is England–, nos alejamos del Dock para ir en busca de Las Tres Gracias, que no debemos confundir con aquellas señoritas nacidas de la mano de cierto pintor flamenco. Estos edificios, el Royal Liver Building, el Cunard Building y el Port of Liverpool Building, componen una trinidad arquitectónica, un skyline peculiar y precioso. El Cunard es todo un símbolo de la navegación por el Atlántico, ya que sirvió como sede de la compañía propietaria de los transatlánticos Queen Elisabeth y Queen Mary. El Port of Liverpool destaca con su magnífica cúpula y una imagen no demasiado propia de un edificio civil, pues más que una oficina parece una iglesia o una catedral –se cuenta que se construyó siguiendo uno de los proyectos no admitidos para la Catedral Anglicana de la ciudad-. Y el Liver Building, sin duda el más emblemático. Inaugurado en 1911, tiene dos torres gemelas coronadas por pájaros mitológicos, los liverbirds. Si echasen a volar Liverpool dejaría de existir.

 

 

Pero no sólo de piedra y arte vive el hombre. Nuestros oídos y pies vuelan ligeros, Apolo terrestre ymusical, hacia Mathew Street. Aquí las pintas y en rock son ley. Los nombres de algunos pubs y clubs lo dejan claro: “Lucy in the sky with Diamonds” o “John Lennon’s bar”. Mientras Queen o los Rolling Stonesensanchan nuestras mentes, los ojos nos descubren “The Cavern”, gran teatro del rock donde un 9 de noviembre de 1961 Brian Epstein conocería a los cuatro chicos que cambiarían el negocio del rock para siempre. Ahora las bandas amateurs actúan y sudan aquí mientras tocan “Get back”, soñando con ese gran sofá de terciopelo rojo llamado éxito.

 

De vuelta al muelle, la calle Nelson nos trae a la mente el título de quizá la mejor película de Polanski. Bienvenidos a Chinatown. Y no es broma, puesto que la comunidad china de Liverpool data de 1934 y es el segundo asentamiento chino más importante de Gran Bretaña después del londinense. En la babilonia del sigloXXI, el arco de los doscientos dragones nos conduce como un portal de teletransportación a lo que podría ser perfectamente un barrio cualquiera de Pekín. Los pubs y comercios ingleses se convierten en restaurantes chinos con patos colgados en los escaparates, supermercados chinos, agencias de viaje chinas… los carteles, las farolas y la gente que deambula por la calle son chinos. Aquí los turistas y foráneos acuden por el gran ambiente, y por supuesto, por sus restaurantes.

 

 

Con el estómago lleno hacemos una última aunque merecida parada para el espíritu. La Catedral deLiverpool, el templo anglicano más grande de los existentes en el país, y quinto del mundo si lo equiparamos al resto de las cristianas. Un cementerio nos da la bienvenida y oculta símbolos masones en las tumbas que emergen de la hierba cubiertas de musgo. Ilustres ciudadanos de Liverpool yacen bajo las bellas y oscuras sepulturas. No se dejen engañar por su estilo neogótico; esta catedral se terminó a finales de los setenta y su torre, de más de cien metros de altura, es visible desde casi cualquier punto de la ciudad. La magnitud del edificio, con una longitud de doscientos metros, podría rivalizar al menos en tamaño con los grandes templos de Europa.

 

Y hablando de templos, si ustedes preguntan por aquí cuál es el templo más importante de la ciudad todos le contestarán, con permiso del Everton, amigos, “This is Anfield”, y es que el fútbol y la música dividen el corazón del puerto. La mitad con forma de balón tiene el color rojo y un cierto poso español tras unos años del desembarco latino. Hileras de adosados cuidados y una tranquilidad sólo rota los días de partido son el preludio del refugio de los “reds”, 45.000 almas dispuestas a dejarse la garganta para estremecer la piel y el corazón de los rivales cuando entonan el “you’ll never walk alone”. Conseguir una entrada en Anfield puede ser una labor complicada, pero si nuestra pasión por la “arena” no puede ser satisfecha disfrutando de los gladiadores modernos, la visita guiada por el estadio, que incluye museo, vestuarios, césped y tocar la mítica placa “This is Anfield”, puede servirnos para calmar la sed de fútbol e historia. La camiseta de “The kid” con el nueve a la espalda nos mira de reojo. Se apuntan vientos de cambio, que han arrastrado ya a parte ya de la “armada española” que desembarcó en este puerto con sabor a cerveza y a música, pero la gente sigue hablando de él con ilusión, como si fuera a seguir allí para siempre. Ese es sin duda el gran secreto de Liverpool. El carácter y la ilusión de una ciudad que arroja la sombra de Londres lejos de sus dominios. Que no quiere adoptar el papel de hermano pequeño, sino de pariente “cool” de la ciudad más visitada de Gran Bretaña.