Islas Eolias. Las hijas del fuego y el mar. Italia

  

Situado frente a la costa nordeste de Sicilia, en el mar Tirreno, este archipiélago fue morada de dioses y protagonizó los sueños de Ulises. Ahora constituye un paraíso salvaje, amable e irascible a la vez, que colma de sensaciones a los viajeros con sed de aventura y a las celebrities que buscan aquí su refugio ideal.Eolia-3

Hace miles de años surgió desde los abismos del Mediterráneo un grupo de islas de origen volcánico. Hijas del viento, del mar, de la tierra, del sol y del fuego, las Eolias custodian magníficas sorpresas. Unas forjadas por la propia Naturaleza y otras, por la naturaleza propia de sus habitantes.

 

Sabido es que la mejor manera de llegar a una isla es por mar, y para llegar a las Eolias no hay otra opción, a pesar de que la municipalidad de Lípari –la isla más grande, más poblada y más desarrollada del archipiélago– lleva años con el sueño de construir un aeropuerto para facilitar la llegada de los turistas. Aunque mejor así, porque el mar no solo huele a mar, sino también a viaje, a misterio y aventura.

 

La pequeña localidad de Milazzo, en el norte siciliano, es el puerto de embarque más cercano y con más enlaces diarios hacia Lípari, que a su vez es la isla mejor conectada con sus hermanas menores. Tras dos horas de travesía se divisa el paisaje de Lípari, presidido por una gran montaña y esculpido por el paso del tiempo y las sucesivas erupciones de sus doce volcanes, ahora extintos. Por sus laderas se encaraman, ya sin temor, desperdigadas viviendas de techo plano en las que predominan el encalado blanco y los colores naranja y amarillo yema de huevo de sus fachadas, entrecruzadas con las improntas de impactantes coladas de lava. Ríos vidriosos, formados de silicio, con dos tonalidades y con dos pesos específicos bien diferenciados: el de la grisácea piedra pómez y el de la negruzca obsidiana; los dos minerales que hasta la Edad Media determinaron la riqueza de Lípari, en tiempos en que se efectuaba un provechoso comercio con los otros pueblos de este entorno mediterráneo.

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La visita obligada a la isla se hace visible desde que atracamos en su puerto: se trata de la Rocca del Castello, una potente formación geológica de piedra volcánica desde la que se controlaba todo barco que osaba acercarse a la costa. En el promontorio, habitado ininterrumpidamente durante más de seis mil años, cada civilización ha ido dejando su testimonio, desde el neolítico hasta el esplendor de la época griega; desde el período romano hasta los tiempos de la dominación española.

 

Vulcano es la residencia del dios de los Infiernos. La mitología ubica en su interior la fragua del dios que forjaba las armas de los héroes con el fuego que provenía de las vísceras de la Tierra. Un enorme volcán domina la isla con su cráter humeante. Dicen que no es peligroso, pero no es de fiar ya que el monstruo está todavía vivo. Su última erupción catastrófica –acaecida en 1888– hizo saltar il tappo (es decir, el tapón) del cráter dejando un terreno casi desértico con múltiples oquedades por las que aún asoman caprichosas formaciones de azufre de intenso color amarillo que desprenden fétidos efluvios calientes y emiten extraños silbidos. Se puede subir hasta el mismísimo cráter, llamado la fossa, una gran planicie recubierta de tierra oscura que bordea el abismo. Abajo, un cráter de 390 metros de diámetro parece dormido… pero respira.

 

A la vuelta, que se hace descendiendo a saltos sobre las arenas parduscas, nos espera un amable mar convertido en spa natural de burbujeantes aguas turquesa. Varias fumarolas submarinas calientan el fondo de una recoleta playa de arena negra, produciendo una alfombra efervescente que estimula las plantas de nuestros pies y provoca un efecto lúdico y placentero, como si de un jacuzzi se tratara. Si uno padece reuma, artrosis o simplemente se quiere recuperar del viaje de ida y vuelta a la montaña sagrada, nada como un baño en el volcánico lodo gris, otro de los alucinantes atractivos de esta peculiar isla. Circunnavegando Vulcano descubriremos sus otros encantos: la Gruta del Caballo, la Piscina de Venus o el Baño de las Vírgenes, todos ellos lugares encantadores para contemplar la puesta de sol y sacar algunas fotografías.

 

De nuevo a la mar y a la barca. Navegamos entre escollos y peñascos a flor de agua, como la roca Pietralunga –con su boquete horadado por los vientos– y el gran farallón llamado El Ángel, una roca vertical, picuda y cortante, que emerge desde un azul profundo y agitado. Cambiamos el “perfume” del Infierno por el olor de retamas, brezos, laureles y romero, que dan color y perfuman la isla de Salina, la más verde de las Eolias y en la que se cultivan los dos productos gastronómicos más famosos y apreciados del archipiélago: las alcaparras y la malvasía, el vino dulce de color ámbar que se sirve con los postres.

 

Salina sorprende por su actividad. Todo gira en torno a los pueblos del perímetro de su costa, pequeños núcleos de población donde la vida bulle entre la animación de sus bares de copas, las comidas en terrazas frente al mar o la lúdica y cuidada decoración de sus hoteles con encanto. En Salina siempre hay historias que contar, como la de Mauroy Amelia, que compraron la casa del párroco de Pollara –allá por los años 80– y la convirtieron en un hotel con encanto al que llamaron “La Locanda del Postino” después de que los productores de “Il Postino” –El Cartero (y Pablo Neruda)– rodaran allí la exitosa película. También en la villa costera de Rinella, los más viejos del lugar recuerdan otro no menos famoso rodaje cinematográfico –aunque sí un tanto olvidado en el limbo del tiempo– acaecido en 1949, el de la película “Vulcano”, protagonizada por una Anna Magnani celosa y furiosa, que miraba con encendida pasión hacia el horizonte estromboliniano, donde su querido Roberto Rossellini yacía descaradamente con aquella altiva sueca llamada Ingrid Bergman.

 

La isla de Filicudi nos seduce desde el barco con los juegos de luces de la gruta del Bue Marino o la columnata de peculiares formaciones rocosas del Filo di Lorani. Costeando la Punta Stimpagnato llega el momento de darnos un chapuzón en las aguas de Grotticelle, alrededor de La Canna, un farallón de basalto de setenta metros de altura. Recomendable es también el buceo por la asombrosa variedad de peces que puebla las formaciones de coral anaranjado. Pisamos de nuevo tierra firme en Alicudi, la isla más apartada de las rutas organizadas, con pocos habitantes y sin tantos turistas como sus hermanas. Baste decir que el medio de transporte habitual es el burro y que las calles son senderos adaptados para la circulación de pollinos. Nada de ruidos, nada de jolgorios nocturnos, ni de chiringuitos despachando pizzas en verano hasta la madrugada…

 

Antes de iniciar la anhelada visita a la isla de Estrómboli podemos acercarnos hasta la isla de moda entre las celebrities de nuestros días, donde recala el turismo de alto nivel y algunos ricos han comprado y restaurado casas antaño ruinosas: Panarea, la isla más chic del archipiélago. Naturalmente, ni las desperdigadas mansiones de los potentados ni los yates fondeados entre sus acantilados son el principal motivo para visitarla. El aliciente es su cuidado urbanismo, las impolutas fachadas de sus casas pintadas de blanco, sus coquetos hoteles de diseño, la variada oferta de sus restaurantes, las boutiques, el ambiente de las terracitas del puerto y la tranquilidad que se disfruta en sus playas exclusivas. Aunque no debemos olvidar que en las noches veraniegas los vientos eolios nos traerán los sonidos repetitivos del chill out de alguna discoteca de moda.

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“Iddu parla” (Él habla) es la expresión coloquial con que los habitantes de Estrómboli se refieren a su volcán cada vez que éste emite un rumor, un rugido o una detonación. El irascible volcán permanece siempre despierto y regala emociones inolvidables a todos aquellos mortales que se acercan a su cráter… bueno, ¡a determinada distancia!, pues se puede escalar hasta un cierto punto, que varía según la actividad eruptiva para evitar accidentes imprevisibles.

 

Estrómboli saltó a la fama en 1949 a causa de la película homónima y también por la historia de amor que protagonizaron Roberto Rossellini e Ingrid Bergman durante su rodaje. En la via Vittorio Emanuele de San Vicenzo, una placa en la fachada de una casa recuerda el lugar donde el director y la actriz vivieron su apasionado idilio. Películas al margen, la isla fue en la antigüedad una especie de faro para navegantes. Los “disparos” al aire de su volcán se hacían visibles desde la lejanía y su poder arrasaba a quien se pusiese por delante.

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Cuenta La Odisea que Ulises descansó en alguna de estas criaturas volcánicas, oxidadas por el mar y enfrentadas a todos los vientos, donde había peces que volaban, hipocampos vigilantes y alguna que otra sirena. Y quién sabe, quizás aún campen por estas tierras de leyenda