Cannes. Martinez. Francia

Nació en pleno período de entreguerras de la mano de Emmanuel Michele Martinez, hijo del barón Giovanni Martinez y Giuseppa Labiso Costanza, una familia de estirpe noble y origen español asentada en Palermo. Emmanuel fue adquiriendo prestigio en el sector de los hoteles de lujo debido a su pericia como director de establecimientos emblemáticos en Londres y París, y a su posición al mando de la Asociación de Hoteles de Lujo de Cannes. Con semejante trayectoria, ¿cómo no iba a desear Emmanuel Martinez abrir su propio hotel? Eligió la Côte d’Azur, el selecto tramo de litoral mediterráneo revalorizado por la beautiful people europea en el siglo XX, y el 22 de septiembre de 1927 compró lo que luego se convertiría en su hotel –la Villa Marie-Therese– nada menos que a Su Alteza Real Don Alfonso de Borbón y Dampierre, con el que pudo contactar gracias a la conexión de su familia con la nobleza.

El edificio, construido por aristócratas ingleses, se había llamado “La Coquette” con anterioridad y había pertenecido al exiliado rey de Nápoles. Emmanuel bautizó el cinco estrellas con su apellido, Martinez, el mismo que desde el 17 de febrero de 1929, fecha de su inauguración, remata su blanca fachada art decó con las letras de neón azules que no han pasado nunca desapercibidas a fotógrafos y editores de postales.

Como hotel de solera que es, el Martinez cuenta con tantas historias y anécdotas como los antiguos baúles de recuerdos. El Festival de Cannes inauguraría su primera edición el 1 de septiembre de 1939 con grandes expectativas, pero sus esperanzas fueron truncadas por el inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa ese mismo día, y en lugar de alojar a grandes del cine como Jean Renoir, Louis Lumiére o Alfred Hitchcock, el hotel fue refugio para importantes altos mandos de diferentes ejércitos, dando cobijo tanto a miembros de las Potencias Aliadas como del Eje.

Pasada la contienda, el Martinez se convirtió en aquello que estaba destinado a ser: el corazón social de Cannes y el hotel preferido por las estrellas de cine que acudían a su prestigioso festival.

EMBLEMA DEL SAVOIR FAIRE

A esa época de esplendor que labró desde mediados de los años 40 y al reconocido savoir faire del que todavía puede presumir en la actualidad, se añaden dos hechos significativos de su historia reciente: la renovación de su entrada y vestíbulo en 2003 y la reconfiguración de su playa privada –llamada Zplage, es la más grande de todo el bulevar La Croisette– en 2004. No son sino dos tantos más para un establecimiento que no ha parado de engrosar su marcador a lo largo de 82 años de vida.

El Martinez reparte en siete pisos una superficie cubierta de 40.000 metros cuadrados donde caben 409 estancias, todas fi eles al estilo art decó que también define la arquitectura del edificio y que alcanza cotas de excelencia en la Suite des Oliviers –habitación única con 250 m2 de terraza ubicada en la primera planta–, inspirada en los “felices años 20” y diseñada por Marc Hertrich.

Destacan también los dos áticos Penthouse Prestige de la séptima planta, de 500 m2 cada uno, con salón de estar, comedor, dos dormitorios, dos cuartos de baño con hammam, vestidor, sauna y terraza.

100% DELEITE SENSORIAL

Gastronomía y spa son los otros dos puntos fuertes del Martinez.

Frente a la deliciosa gastronomía mediterránea elaborada con productos locales de Le Relais –popular por su carta de postres– y los creativos cócteles de L’Almiral Bar –toda una institución del copeo cannois, con prestigiosos y premiados barmans tras la barra y placas metálicas que homenajean a sus famosos incondicionales–, destaca el restaurante de dos estrellas Michelin La Palme d’Or. Creado en 1985 por Christian Willer, al que sucedió en 2001 el actual chef ejecutivo del Martinez, Christian Sinicropi, sirve innovadora cocina de temporada puntuada con 17/20 en la guía GaultMillau. Tampoco podemos olvidarnos del Zplage Beach, ubicado en la playa privada y baluarte de la cocina saludable, que es el lugar de moda en Cannes entre marzo y diciembre. O dicho de otra manera, el lugar imprescindible para ver y ser visto, una de las máximas de esta glamurosa bahía.

Los dos áticos de ensueño Prestige comparten la séptima planta con el spa del Martinez, dedicado a la salud, el bienestar y la belleza. Sus exclusivos tratamientos faciales, los post-solares y los últimos adelantos en cosmética están fi rmados por Lancaster, mientras que la casa Sothys se encarga del despertar de los sentidos a través de aromas y texturas en los masajes, las envolturas, las exfoliaciones, los rituales o la hidroterapia. Conscientes de la importancia de la imagen de buena parte de su clientela, el llamado The Spa Martinez cuenta también con peluquería y servicio de maquillaje.

Y es que en este refugio de Cannes no sólo tratan a sus clientes como verdaderas estrellas… Es que algunos de sus huéspedes lo son.

CÓMO LLEGAR

La mejor forma de llegar a Cannes es tomando un vuelo hasta Niza, de cuyo aeropuerto se encuentra a 36 kilómetros, o en su defecto a Marsella, que dista de Cannes 175 km. Iberia (www.Iberia.es) tiene varios vuelos diarios, algunos directos, a ambas ciudades francesas desde Madrid y Barcelona. El hotel dispone de servicio de traslado privado a/desde los aeropuertos –previa reserva–.

HABITACIONES

El hotel cuenta con 409 estancias repartidas en las siguientes categorías: 148 habitaciones Superior, 126 Deluxe, 54 Executive, 57 Prestige, 11 suites Penthouse Executive Junior, 11 suites Prestige Seaview, la Suite des Oliviers y dos apartamentos Penthouse Prestige. Todas cuentan, entre otros servicios, con conexión WiFi a Internet gratuita, cuartos de baño de mármol, amenities de Annick Goutal y televisores de pantalla plana o plasma.

INSTALACIONES Y SERVICIOS

El Martinez cuenta con gimnasio –abierto las 24 horas y con asistencia de entrenador personal previa petición– y piscina exterior climatizada, además de club infantil y carta de servicios para los más pequeños: alojamiento gratuito para menores de 12 años, menús infantiles y alimentos para bebés, entre otros.

 

Tras los pasos de Robert Louis Stevenson

   Robert-louis-4Acostumbrados a viajar en tren o en avión con todas las comodidades y servicios imaginables, la perspectiva de una aventura “a la antigua” promete emociones fuertes. La excusa, el 130 aniversario del viaje que inspiró una de las primeras obras del autor de La isla del tesoro. El marco ideal, el Parque Nacional de les Cévennes, en las estribaciones meridionales del Macizo Central francés. La compañía, un burrito llamado Arsouille. Y el panorama más inmediato, un viaje repleto de romanticismo que será difícil olvidar.

Haber nacido cuando el siglo XX iba ya camino de cumplir los ochenta tiene, como hacerlo en cualquier otra época, sus ventajas e inconvenientes. Y la televisión puede ser, según se mire, ambas cosas. Gracias a ella hemos podido visitar lugares maravillosos sin movernos del salón, pero también nos ha robado la necesidad imperiosa de asomarnos a esos libros que, antes de que todo quisque tuviese una tele en casa, constituían la única ventana hacia los misterios de África, la única llave que abría la puerta del despacho de Sherlock Holmes, o el único billete válido para subirse al Orient Express. Y la tele fue, al menos en parte, culpable de que yo llegase tarde a mi cita con Robert Louis Stevenson. Me encontré de bruces con él en el VIPS de la madrileña calle Fuencarral, uno de esos días en que la lluvia te obliga a aferrarte al vagón de cola de tu destino.

 

La tele –o el cine, no recuerdo bien– me había llevado mucho antes a la isla del tesoro, pero el dibujo de Long John Silver en aquella portada me invitaba a emprender un viaje muy diferente hacia el mismo lugar. Después llegaron el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, La Flecha Negra y los Cuentos de los mares del Sur. Citas que se han vuelto comunes cada cierto tiempo, como si de dos viejos amigos se tratase, entre el viajero escocés y yo. Eso, unido a una concepción algo romántica del viaje en general y a cierta envidia hacia losviajeros’>viajeros de antaño –un sentimiento compartido con Stevenson–, hizo que, tan pronto como intuimos en nuestro horizonte la aventura de emprender un viaje siguiendo los pasos del escritor, nos pusiéramos manos a la obra.

 

UNA HUIDA HACIA ADELANTE

 

En 1878 Stevenson estaba enamorado hasta la médula de Fanny Vandergrift Osborne, una americana divorciada, casi arruinada y once años mayor que él. Se habían conocido en Barbizon, refugio francés de artistas y bohemios –él ya escribía y ella venía huyendo de su marido desde Colorado como una aceptable pintora–, y poco después se vieron clandestinamente en París, donde se hicieron amantes. Pero apenas un año después, Fanny regresó a Estados Unidos y Stevenson dudaba aún si seguirla –para lo cual tendría que reconocer ante su familia una relación hasta entonces secreta, y difícil de aceptar en la época– o no. Con la cabeza y el corazón enredados, decidió que lo mejor para aclarar las ideas era emprender un viaje. Una ruta que le llevaría, con la única compañía de la burra Modestine, a través de los actuales departamentos franceses de Haute-Loire, Lozère, Ardèche y Gard.

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La elección de Francia y de esta porción de su territorio en particular para la escapada respondía a tres cuestiones fundamentales: al hecho de que Stevenson se encontrase viviendo en el país galo en aquellos momentos, al buen conocimiento que tenía del idioma y las costumbres francesas, y a la necesidad de resarcirse de una de sus frustraciones como escritor. Siempre le apasionaron las historias que su niñera contaba sobre los covenanters escoceses, pero Walter Scott ya había escrito un libro sobre el tema. Así que, cuando Stevenson encontró en los camisards de las Cévennes un conflicto similar en origen, escenario y motivaciones al de sus compatriotas, se decidió a iniciar –el 22 de septiembre de 1878– un viaje que realizaría con la única compañía de la burra Modestine y del que saldría, algunos meses más tarde –en 1879–, Voyage avec un âne dans les Cévennes.

 

HUELLAS DE PAPEL

 

Viajando desde Montpellier en coche, a medida que nos acercamos al Mont Lozère para seguir los pasos de Stevenson el camino se complica. La carretera se retuerce como una serpentina entre bosques cerrados y barrancos que se vierten a un vacío inquietante. Nuestro joven escocés, enfermizo y con su silueta casi esquemática de escritor romántico –un look muy a lo Doc Holliday–, no emprendió un viaje fácil. Aún ahora, mucho mejor equipados y con infinidad de recursos más, las alturas de las Cévennes constituyen un reto.

 

Por fin llegamos a la estación de montaña de Mont Lozère, donde nos esperan tres simpáticas guías y Jean Pierre con nuestra “Modestine” particular. En este caso es un burro en lugar de burrita, se llama Arsouille y nos conquista antes incluso de las presentaciones oficiales. Iniciamos la marcha y resulta sorprendente comprobar que viajar con Arsouille nos ofrece los mismos “contratiempos” que Stevenson sufrió con su Modestine. Se detiene cada poco a comer las plantas que tapizan el monte y nos exige un cálculo exacto a la hora de repartir el peso en sus alforjas. A pesar de todo, es una gozada recorrer la montaña que separa el Languedoc de Auvergne, aún nevada, en compañía de nuestro burro. Tenemos la sensación de haber regresado a algún punto perdido de nuestros orígenes, y cada paso, cada minuto, es una recompensa maravillosa. La caminata no es demasiado dura y, tras hacer cumbre en el Pic de Finiels y descansar para disfrutar de un estupendo picnic –ensalada, embutido, quesos de la tierra y vino de Languedoc–, afrontamos el descenso hacia Pont de Montvert.

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El paisaje cambia por completo. Atravesamos tupidos bosques de pinos sorteando mil arroyuelos de aguas rápidas y cristalinas que aún viven del deshielo. Aquí mismo, obnubilado por la belleza del entorno, Stevenson se acordó de su Fanny: “incluso cuando estaba gozando de mi soledad fui consciente de una extraña carencia. Deseaba tener una compañera que yaciera cerca de mí a la luz de las estrellas, silenciosa e inmóvil, pero siempre al alcance de la mano. Pues existe una compañía más silenciosa todavía que la soledad, y que, bien entendida, es la soledad perfeccionada. Y vivir al aire libre con la mujer amada es la más completa y la más libre de todas las vidas”.

 

Recordando las frases de Robert desembocamos en un escenario dominado por campos de labranza, granjas y casitas de piedra. Tierras protestantes, de gentes amables y hogareñas cuyos antepasados lucharon en la Guerra de Religión de los camisards contra Luis XIV. Aquí nos despedimos de Arsouille, que se queda pastando tranquilo al fresco mientras espera la llegada de nuevos caminantes a los que acompañar.

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UN CAMINO REPLETO DE JOYAS

 

Desde Pont de Montvert, recorrido por las fuentes del majestuoso Tarn, salimos ya casi de noche hacia Cocurès en busca de un deseado oasis, La Lozerette. Un hotelito encantador en el que nos esperaba la reparadora ducha y una experiencia gastronómica inolvidable. Vinos de Languedoc, quesos, magret de pato y foie, entre otras delicias, que nos cargaron las baterías en apenas dos horas. Stevenson no tuvo tanta suerte –eran otros tiempos–, aunque seguro que las sopas que encontró en aquellas antiguas posadas le supieron a gloria después de varias jornadas deambulando por estas tierras montañosas.

 

El día siguiente amaneció brillante, dándonos el puntito justo para disfrutar a pleno pulmón de la espectacular cascada de Runes, y desde allí pusimos rumbo a Florac. Las expectativas estaban por todo lo alto, pues Stevenson lo describe como una de las etapas más bellas de su ruta –y hogar, además, de hermosas mujeres–. Una vez allí resulta difícil no compartir sus opiniones. Este pueblecito de poco más de dos mil habitantes es una encrucijada mágica.

 

Aquí confluyen cuatro ríos y tres zonas geológicas diferentes: las mesetas calcáreas y gargantas del Tarn, el mundo granítico del Mont Lozère y las lajas de pizarra propias de las Cévennes. Todo ello regala un paisaje majestuoso, que alberga sorpresas como la Fuente del Pescador, una preciosa caída de agua que llega desde las cumbres de piedra caliza y se desparrama hasta el río entre castaños en un decorado propio de un cuento de hadas.

 

Desde allí sólo nos quedaba emprender el camino hasta Saint Jean du Gard –donde terminaba nuestra ruta al igual que la de Stevenson– entre terrazas de labor y rediles de ovejas. Robert Luis Stevenson puso luego rumbo a América del Norte para acabar sus días en el Pacífico Sur. Hacia allí dirigimos ahora nuestras miradas esperando poder acompañarle de nuevo. Las páginas que dejó escritas serán, una vez más, nuestro mejor mapa del tesoro.

Bretaña francesa. En ruta por el Loire-Atlantique

En el noroeste de Francia se ubica una de las regiones con más personalidad del país galo. La Bretaña francesa seduce al viajero de un plumazo con su amplia oferta de ocio, su espléndida gastronomía, sus raíces culturales y la calidad de sus alojamientos, muchos de ellos con excelentes centros de talasoterapia. Les proponemos una fantástica y original ruta para pasar un verano inolvidable en el departamento de Loire-Atlantique.

Pornic,un pueblo de cuento 

No hay nada como que le descubran a uno un destino fascinante y nuevo que no conocía. Nuestro viaje a esta parte de la Bretaña francesa fue todo un cajón de sorpresas, donde no faltaron el relax, el ocio y una sabrosa gastronomía, que puso el broche de oro a este itinerario bretón dominado por el mar.

 

Llegamos al aeropuerto de Nantes en un vuelo directo desde Madrid operado por Air Nostrum. Aquí, alquilamos un coche para dirigirnos a nuestra primera parada: Pornic, un pueblo encantador donde se alza uno de los centros de talasoterapia más renombrados de la región, el Alliance Pornic Resort Hotel & Talasso. Nos acomodamos en nuestras espléndidas habitaciones y tras un rato de relax en la terraza de nuestra estancia nos acercamos a la terraza del bar del hotel, con unas vistas sobre el mar alucinantes. La atmósfera era tranquila, con una playa debajo donde jugaban unos niños con sus padres.

 

El sol comenzaba a caer y decidimos dar un paseo hasta el centro de Pornic para disfrutar de su ambiente. Mientras íbamos caminando encontrábamos a nuestro paso bonitas casas decoradas con flores en ventanas pintorescas muy a “la francesa”. Pornic es una antigua ciudad fortificada donde se levanta un bonito castillo de cuento que domina las callejuelas entre dos puertos. Nos sentamos en una agradable terraza y tomamos una cerveza Abbaye Affligem, muy típica del lugar. La atmósfera no podía ser mas acogedora. Ya de noche volvimos de nuevo al hotel para cenar. Degustamos un buen surtido de mariscos. Deliciosas las ostras, uno de los platos estrella del Loire-Atlantique.

 

Al día siguiente nos esperaba una mañana de tratamientos en el Spa del hotel, todo un baño de relax donde no faltaron masajes faciales y corporales al estilo japonés. Salimos medio embobados y cogimos el coche para dirigirnos a nuestro siguiente destino: Saint-Nazaire, un pueblo emplazado al borde del Atlántico, en la desembocadura del río Loira, a una hora escasa de Pornic. Antiguamente fue una villa de pescadores y ya en el siglo XIX se convirtió en un centro neurálgico marítimo que conectaba Europa con las Américas con grandes buques de pasajeros. En la actualidad es un pueblo industrial que acoge un espectacular museo, su principal atractivo.

 

El Escal’Atlantic recrea a la perfección dos antiguos transatlánticos que transportaban a numerosos turistas a América. En sus dependencias se pueden visitar los diferentes departamentos de los buques, como los  camarotes, los salones comunes de los pasajeros, las cubiertas, el puente de mando, etc. Tras la visita del museo acudimos a la creperie Le Transat, donde degustamos una galette exquisita, muy típica de esta zona (es como una crepe salada elaborada con harina tostada).

 

 

Siguiente parada: La Baule, un legendario centro de veraneo muy conocido por los franceses a unos minutos en coche desde Saint-Nazaire. En esta bonita localidad bañada por el mar destaca su arquitectura ecléctica, donde relucen antiguas villas de diferentes épocas y estilos con influencias bretonas, normandas y vascas. Su extensa playa es el punto de encuentro de turistas y oriundos del lugar. En verano se suceden numerosos eventos relacionados con el deporte como el polo, tenis, golf y vela. En la playa, donde todavía lucen antiguas casetas de baño del siglo XIX, se despliegan un buen número de bares y restaurantes que son una delicia. Ineludible Le Ponton, un espacio culinario que es todo un referente en La Baule. Es el lugar ideal para degustar marisco, que en esta zona es de una calidad excelente.

 

Pero si hay un referente en esta encantadora localidad veraniega ese es Lucien Barriere. El apellido de esta saga familiar es bien conocido en toda Francia, ya que la marca cuenta con un importante numero de establecimientos distribuidos en diversos centros veraniegos del pais, ya sean casinos, hoteles o restaurantes. Nos alojamos en el Royal-Thalasso Barriere, un cinco estrellas con mayúsculas volcado en el bienestar. Magnífica piscina exterior, maravillosas habitaciones con decoración soberbia y un centro de talasoterapia digno de visita. Todo ello envuelto en una elegancia asombrosa, con buen gusto y servicio impecable. Tras recibir algunos tratamientos en su estupendo Spa, uno de los más lujosos de Europa, desayunamos en el restaurante (increíble bufé de frutas, quesos, embutidos y bollería) y cogimos el coche para conocer otros de los atractivos de esta zona: Guérande, un encantador pueblo medieval que forma parte del Conjunto Histórico de Interés Cultural y que está resguardado tras unas murallas de un kilómetro y medio de largo.

 

Está formado por un conjunto de callejuelas empedradas donde se despliegan tiendas y restaurantes con sus terracitas. Para degustar otra galette nos acercamos a La Flambée, acogedor restaurante de madera regentado por una encantadora familia. Una escapada sorprendente donde se puede descubrir “una pequeña Francia”.