Ho Chi Minh . Un dragón con dos cabezas.Vietnam

Entre cenizas de guerra y cantos de revolución, un dragón bicéfalo avanza frenético a velocidad de vértigo. Una cabeza tiene los ojos puestos en la senda del capitalismo insaciable. La otra se debate entre mitos y leyendas, y sólo respira tratando de sobrevivir tras los ideales del paraíso comunista. Ho Chi Minh City es un ser vivo, un dragón que no amenaza ni ataca, pero que tampoco se oculta… simplemente nos muestra su inquietante sonrisa.

Volaba yo hacia Ho Chi Minh City –la capital del sur de Vietnam– en un Boeing 777 de la compañíaVietnam Airlines, cuando a la hora del almuerzo la honorable anciana vietnamita que ocupaba el asiento contiguo al mío, al observar que yo no había abierto la porción de mantequilla del menú, muy cortésmente me sugirió con una discreta seña que si se la daba, a lo cual accedí gustosamente. Más tarde, al ver que yo no había consumido todos los trocitos de carne de mi bandeja, también rogó su trasvase. Luego vino su requerimiento por el bollo de pan, que también cedí encantado… Y así ocurrió durante las sucesivas comidas del vuelo. La buena mujer iba confeccionando pequeños bocadillos con la comida sobrante y empaquetándolos primorosamente en unas servilletas que pidió a las azafatas. Hasta ahí la anécdota y que cada uno saque sus conclusiones; la mía personal la sabrán más tarde.

Cuando llegué a mi destino lo primero que hice fue visitar el Museo del Testimonio de la Guerra, museo al que recientemente han cambiado el nombre para no ofender a los americanos –antes se llamaba Museo de los Crímenes de la Guerra– y al que yo preferiría llamar “museo del horror” recordando la película Apocalypse Now, cuando después del fundido final a negro una voz en off, como de ultratumba, balbucea: “el horror… el horror…”. En el museo no es raro encontrarse con alguna víctima de la guerra como visitante, pero lo que más me llamó la atención fueron las víctimas de sus secuelas, personas más jóvenes que tienen un pequeño espacio expositivo en el museo donde venden sus trabajos manuales y donde –por increíble que parezca– se puede comprar un Papá Noel hecho con perlas de colores.

 

Entre artefactos bélicos y fotos sobre la guerra mil veces publicadas, comprendí que la anciana vecina de fila que tuve en el avión tenía todo el derecho del mundo a llevarse todo el pan, toda la mantequilla y toda la carne del pasaje. Era una superviviente de la cruenta guerra que sembró de napalm los campos de arroz vietnamitas –razón por la cual estuvieron mucho tiempo contaminados y yermos–. Aquella mujer se llevó quizá comida para sus hijos, para sus nietos o para ella misma. Recordé entonces la frase de nuestros abuelos cuando no queríamos más sopa:“¡Tú no sabes lo que es una guerra!”.Afortunadamente nosotros no la hemos sufrido y los jóvenes vietnamitas tampoco. El sesenta por ciento de la población de Ho Chi Minhtiene menos de treinta y cinco años, exactamente los mismos que hace que acabó La Guerra de Vietnam, que ellos llaman La Guerra de América.

 

Ho Chi Minh fue el líder comunista que derrotó a los franceses en 1954 y marcó las directrices para echar a los americanos del país. No pudo ver el final del conflicto –ya que murió en 1969– y tampoco comprobar cómo su pueblo abrazaba la ansiada paz, pero cuando las tropas norvietnamitas entraron en Saigón en 1975, rebautizaron la ciudad con su nombre en su honor. Si bien casi todo el mundo, y a pesar de que hayan transcurrido 35 años, la sigue llamando Saigón.En 1997 se dio el pistoletazo de salida para emprender una versión vietnamita de la Perestroika que se llamó Doi Moi, un ejemplo más del fracaso del comunismo como sistema económico.

 

Es la ciudad más dinámica de Vietnam y durante el día sus calles son una continua hora punta, con tráfico infernal, desordenado, compuesto en su mayor par te por todo tipo de vehículos de dos ruedas pilotados por acróbatas circenses en zapatillas y sin casco, que llevan en sus tuneadas máquinas cualquier carga imaginable: niños, gallinas, patos, cerdos, tiestos, montañas de cajas de huevos, de pescados frescos, de sacos de carbón, de ladrillos, fardos de telas, mesas, una máquina tragaperras, un espejo de grandes dimensiones, neumáticos de tractor, una escalera, barras de hielo, sillas… incluso peces en bolsas de plástico. Ocho millones de habitantes y cuatro millones de motos. Surrealista resulta cruzar una avenida don- de los vehículos se cruzan procedentes de todas direcciones mientras los semáforos asisten impávidos al caos circulatorio. Y aún así, los peatones se aventuran a atravesar el bullicioso caos con estoica parsimonia.

Nadie se insulta; unos pocos chocan, pero no pasa nada… el trasiego no para. Prisas para llegar más pronto al trabajo, para producir, para fabricar también cualquier cosa y conseguir dinero fácil, porque la economía sumergida de la ciudad es una de las más potentes del país y ha estallado en ilusoria riqueza para los pobres.

En 1997 se dio el pistoletazo de salida para emprender una versión vietnamita de la Perestroika que se llamó Doi Moi, un ejemplo más del fracaso del comunismo como sistema económico. Aquellas reformas abrieron las puertas al mismo tiempo a la prostitución y a las franquicias de Kentucky Fried Chicken, aunque en el momento de escribir este reportaje todavía no compite en las calles la gran estrella amarilla de la bandera vietnamita con la gigantesca M del mismo color de McDonald’s. Pero todo llegará…

 

Tres hoteles conforman el núcleo donde se dan cita los recién llegados a la ciudad. El recientemente remodelado Hotel Rex, en cuyo emblemático Roof Garden –la terraza del quinto piso– se reunían los jefazos americanos durante la Guerra para dar sus ruedas de prensa; el Hotel Continental, cuyo salón sirvió de escenario para la novela El americano impasible, de Graham Greene; y el Hotel Caravelle, lugar de encuentro para los corresponsales y periodistas aventureros. Los tres se encuentran muy cerca de la Oficina de Correos y de la Catedral de Notre Dame, los dos únicos edificios que merece la pena visitar de la época del colonialismo francés.

 

Y todo a un paso del mercado de Ben Thanh, el paraíso de las falsificaciones de las más afamadas marcas perfectamente conseguidas, incluyendo las últimas ediciones de las guías de viaje Lonely Planet fotocopiadas en alta calidad.

El otro aspecto visible en la ciudad del dragón vietnamita son sus tradiciones. Muchas mujeres van orgullosamente ataviadas con su típico ao dai, el vestido tradicional que se ciñe al cuerpo, y tocadas con el típico sombrero cónico usado por las campesinas, llamado non la, confeccionado con hojas de palma secas y entrelazadas; es un sombrero multiusos, pues sirve para protegerse del sol y la lluvia, para abanicarse y también como cesta.

 

Choca un poco ver a una mujer con su nonla pasando junto a la Financial Tower,el flamante edificio paraoficinas de 68 plantas con un helipuerto situado en una plataforma circular que nace en uno de sus costados. La Torre Loto, que así la llaman, se inauguró en 2010 y está destinada a convertirse en el símbolo de la ciudad moderna.

 

Pero para encontrar la parte más exótica de la ciudad, para ver colores y percibir olores, tenemos que dar un buen paseo por el barrio de Cholon, el Chinatown de Saigón.

 

En cualquiera de sus numerosos templos chinos se puede entrar, comprar varitas de incienso y hacer una ofrenda. La pagoda de Phuoc An Hoi Quan es una de las estructuras más bellas de la ciudad y en su entrada está la figura a tamaño natural del caballo sagrado de Quan Cong.

 

Cuenta la tradición que antes de emprender un viaje, los viajeros frotan sus crines y hacen sonar la campana que lleva al cuello para atraer la buena suerte. Pero la pagoda que recibe más visitantes es la consagrada a Thien Hau, la diosa china del mar, protectora de pescadores, marineros y lobos de mar. Del techo del templo penden espirales de incienso cónicas que inundan el recinto de un humo perfumado. Idolatría cien por cien, fantástico.

 

No debemos abandonar Cholon sin emplear un par de horas en el mercado cubierto de Binh Tay, el más grande de Saigón. Sólo citar la mitad de los productos que allí se encuentran ocuparía ya la mitad de este reportaje, pero lo que más atrajo mi curiosidad fue la ingente cantidad de fajos de billetes de dongs –lamoneda local–, euros y dólares apilados en montañas y dispuestos para su venta. Naturalmente son imitaciones, peculiares ofrendas que compran los vietnamitas para quemarlas en honor a sus antepasados.

Con este gesto proporcionan a sus ancestros dinero suficiente para vivir holgadamente en una eternidad fantástica. También existen unas cajas de cartón que contienen todo un ajuar para usar en la otra vida: anillo con pedrusco, gafas de sol modernas, tarjetas de crédito, cigarrillos Marlboro, encendedor Zippo, maquinilla de afeitar, estilográfica Waterman Paris, botella de champán, chanclas para la piscina y camisa blanca con corbata para los domingos; todo impreso en papel con relieve y retractilado en su estuche de presentación –estuche que también se quemará junto con los puñados de billetes–.

 

En Binh Tay también podemos relajarnos de tanto ajetreo en sus zonas ajardinadas con bancos de cerámica y chiringuitos de comida auténticamente china. Nada mejor que reponer fuerzas con una pho, la autóctona y deliciosa sopa de noodles con verduras y trozos de carne. Después de comer y descansar, estaremos en condiciones para alejarnos de Ho Chi Minh City y emprender el camino hacia donde el mítico río Mekong se desparrama formando un delta de innumerables brazos. Pero esa será otra historia.