Chiang Rai. Pura amabilidad tailandesa.

La que hace tan sólo unas décadas fue zona conflictiva por su estrecha relación con el negocio de la droga y testigo de excepción de enfrentamientos entre narcos, hoy se presenta como un remanso de paz donde el opio ha sido sustituido por plantaciones de café y extensos campos de té, rodeados de verdes y hermosos paisajes, altas montañas y gentes afables que hacen sentir y disfrutar al viajero de la genuina hospitalidad tailandesa.

 

El vuelo desde la bulliciosa Bangkok hasta Chiang Rai, ciudad fronteriza al norte de Tailandia, apenas dura una hora y media. Cuando llegamos al Triángulo de Oro –o región de las tres fronteras, donde confluyen Myanmar, Laos y Tailandia– el cielo nos recibe con un color gris plomizo entremezclado con el verde intenso de la abundante vegetación de la zona. En la puerta nos espera Kavee, nuestra guía, que con las palmas de las manos unidas a la altura de la nariz y con tono reconfortante nos da la bienvenida pronunciando un melodioso “sawatdee krab”.

Después de las presentaciones pertinentes y con la ilusión por empezar a recorrer esta región cargada de historias y leyendas, emprendemos nuestro periplo por tierras tailandesas. Durante el trayecto hasta el hotelPhu Chaisai Resort & Spa, situado en la colina de Doi Mae Salong –primera parada donde aprovecharemos para dejar el equipaje–, Kavee en un español casi perfecto y con el mismo tono de voz suave y dulce empleado en el momento de la bienvenida, aprovecha para ir desgranando algunas de las curiosidades de este exótico y enigmático país.

Nos cuenta entre otras cosas que aquí el rey es venerado casi como un Dios –se pueden apreciar pequeños altares en hoteles y restaurantes con su foto, donde tanto los locales como los turistas deben dedicarle una pequeña reverencia en señal de respeto– y que la gente se viste de un color determinado cada día de la semana para lograr que la buena suerte influya en sus vidas.

Poco a poco nos iremos dando cuenta de que Tailandia es un país de arraigadas creencias budistas que rigen a diario la vida de la inmensa mayoría de sus pobladores.

 

Nuestra primera visita al hotel Phu Chaisai Resort & Spa es fugaz, pero durante el corto espacio de tiempo del que disponemos podemos apreciar el increíble entorno natural que rodea a este encantador hotel, unas amplias habitaciones construidas completamente de bambú y acogedores rincones decorados y preparados con la única intención de hacer sentir al huésped como en su propia casa. La relajante piscina, junto con el spa –digno de mención por la calidad de sus masajes y el trato cordial de sus profesionales– y una auténtica comida casera de primera calidad, reforzarán esta sensación en días posteriores.

 

La tarde en la zona montañosa de Doi Mae Salong nos depara paisajes de exuberante belleza y una entrañable visita al poblado de la tribu akha pamai, donde las mujeres, a pesar de cargar en sus cabezas pesados tocados adornados con plata y monedas, se muestran cordiales y pacientes ante la pesadez del inquieto y alterado turista ávido por conseguir retratar la mejor de sus sonrisas. Su única esperanza es que al final del recorrido les recompenses con la compra de un recuerdo realizado con sus propias manos, por un coste insignificante para nuestros bolsillos pero muy importante para su subsistencia diaria.

 

De vuelta al hotel aprovechamos para visitar el templo Phratat Chedi Sri Nakarintra, construido en 1996 en honor a la madre del Rey, y un pueblo habitado por los descendientes de 15.000 soldados chinos que fueron expulsados del sur de China tras perder la guerra con Mao Tse Tung y que establecieron aquí su cuartel general, dedicándose en cuerpo y alma al turbulento negocio de la droga.

En este asentamiento –cuyo nombre es Santi Keeree–, donde todos sus habitantes han conseguido hace unos años la nacionalidad tailandesa gracias al abandono del cultivo y del tráfico de droga –y a su dedicación en exclusiva al negocio mucho más limpio y saludable del cultivo de té–, se cultiva y elabora en la actualidad el Ulong, una de las mejores variedades de té de Tailandia. En el pueblo existen templos chinos y tiendas donde se pueden encontrar productos típicos, además de varios restaurantes donde degustar auténtica y excelente comida china.

 

 

El siguiente día amanece con un manto de espesa niebla que impide apreciar la belleza del lugar y una humedad pegajosa que se adhiere a nuestro cuerpo nada más abandonar la habitación. Antes de partir en dirección a Doi Tung, aprovechamos para degustar los espléndidos desayunos del Phu Chaisai.

 

Empezamos el día visitando los Jardines Reales de Mae Fa Lung, un impresionante lugar que se encuentra localizado a 45 minutos del hotel y que sirvió de residencia a la Princesa Madre desde el año de su construcción en 1988.El complejo, ubicado en lo que fue hace años una zona peligrosa por el paso de las caravanas de opio y construido en tierras propiedad de la tribu Akha de Pa Kluay, consta de tres dependencias: la residencia, de dos plantas pero de aspecto sencillo, la sala de inspiración, con fotos e historias de la vida y obra de la familia real, y los jardines reales, construidos por iniciativa de la Princesa Madre con la intención de dar a conocer a los tailandeses un tipo de flores y plantas de difícil visibilidad para todos aquellos que no contasen con los recursos y posibilidades suficientes para poder viajar. Cabe destacar, además de los cientos de variedades de flores y plantas que existen en los jardines, una espectacular colección de maravillosas orquídeas.

 

Dejando atrás Doi Tung continuamos por una carretera montañosa hacia Mae Sai, divisando en nuestro lado izquierdo y solo en aquellos tramos donde el cielo plomizo nos presta un poco de tregua, partes de la vecina Birmania.

 

Trece kilómetros antes de llegar a Mae Sai se pueden contemplar las impresionantes vistas de Doi Nang Non, una montaña que se asemeja a la figura de una mujer dormida.

La ciudad de Mae Sai en Tailandia y la de Tachileik en Birmania se encuentran separadas sólo por el río Mae Sai y por un puente que sirve de frontera entre los dos países.

El paso incesante de personas de una ciudad a otra, bien por negocios o por compras, dota a esta ciudad tailandesa de una actividad comercial vibrante. Las calles cercanas a la frontera, repletas de comercios junto a un amplio y variado mercado local, cuentan con todo lo necesario para satisfacer las pretensiones del comprador más exigente. Para disfrutar de unas buenas panorámicas hay que dirigirse al templo Wat Phratat Di Wow (Templo del Escorpión), en la parte alta de la ciudad, desde donde podremos observar Mae Sai y una parte de la ciudad de Tachileik, ya en tierras birmanas.

 

 

Durante los días siguientes nos hospedamos en el Four Seasons Tented Camp, un exclusivo complejo hotelero que cuenta con quince amplias y lujosas cabañas distribuidas a lo largo de un bosque de bambú, y cuya decoración imita la de los campamentos de exploradores de siglos pasados, incluida una majestuosa bañera de cobre envejecido instalada en mitad de cada estancia. Desde las terrazas de las cabañas se pueden observar bellos paisajes y hermosos atardeceres, así como un grupo de elefantes propiedad del hotel que sirven como medio de transporte para las excursiones que se realizan por la jungla y que acaban con los más intrépidos en un divertido baño en el río. Es muy recomendable que el día de la excursión con los elefantes, además de vestir con la ropa de Mahout (guía de elefante) cedida por el hotel para la ocasión, se asista a las clases que imparten los cuidadores para aprender una serie de palabras que serán de gran ayuda a la hora de montarlos “a pelo” –no disponen de sillas, canastas, ni nada parecido–  y así poder disfrutar del manejo de estos descomunales animales.

 

A dos días de nuestra despedida y para salir del letargo que nos produce la comodidad y la buena atención de la que se disfruta en este lujoso hotel, optamos por visitar el Triángulo de Oro, punto de unión de los tres países –Laos, Birmania y Tailandia– cuyas fronteras se encuentran delimitadas por el río Khong. De camino a Chiang Saen realizamos una parada para visitar el Gran Buda Dorado, todo un símbolo de esta zona, para posteriormente visitar Wat Phrata Phukao y su impresionante escalera con forma de serpiente.

 

Las entrañables visitas a los poblados de las etnias hmong –de origen tibetano– y yao, donde compartimos algunos momentos difícilmente repetibles en nuestras vidas, pusieron un broche de oro a este maravilloso viaje.

 

Llegó el momento de partir, pero nos llevamos en la maleta un montón de experiencias y sensaciones maravillosas, porque Tailandia tiene eso; este país te sorprende en cualquier momento. Basta con acercarse a unos trabajadores del campo embarrados hasta las rodillas y compartir con ellos un simple mango para darse cuenta de que el mayor tesoro con el que cuenta el país no son sus maravillosos paisajes, ni siquiera sus impresionantes Budas dorados, ni tampoco sus espectaculares templos.

El verdadero tesoro de Tailandia reside en sus gentes, que con su carácter afable y su hospitalidad contribuyen a engrandecer esta lejana y maravillosa tierra.