Chiapas. El legado de los mayas en México

Caminando por las calles de San Cristóbal de las Casas, cuando la luna ya se deja ver, el firmamento se oscurece y el bullicio de las aceras está en su máximo apogeo, nos damos cuenta de lo especiales que pueden ser las cosas en este rincón casi desconocido del suroeste de México.

Nos encontramos en una de las más bellas ciudades de la región de los Altos de Chiapas, de arquitectura colonial e intrincadas calles tenuemente iluminadas, con tiendas abiertas hasta altas horas de la noche en las que se ofrecen ámbar –Chiapas es el segundo productor del mundo de esta resina–, máscaras mayas, medicamentos en farmacias –casi almacenes– a pie de calle, y donde, según nos cuentan, se siente que el mundo indígena sigue vivo, mucho más vivo de lo que estaba antes de la revolución del subcomandante Marcos en el año 1994. Ellos, que habitan en comunidades cercanas a San Cristóbal, son los que dominan los mercados de la calle, la venta ambulante, las tallas de madera, los tejidos de llamativos colores, losalgodones dulces envueltos en plástico.

Y durante el día también son los dueños y señores del mercado José Castillo Tielemas, de estrechos pasillos donde el rojo intenso del chile convive con el amarillo natural de los pollos, los frijoles multicolores y patatas que todavía conservan la tierra porque han sido cosechadas horas antes. Si para ellos sobrevivir es una aventura a la que dedican el día completo desde hace años, para nosotros, recién llegados, es cuando realmente empieza nuestro viaje.

Mayas del siglo XXI

 

El mundo de los indígenas era algo que nos atraía sin remedio, incluso mucho más que la exuberante vegetación, las especies únicas que habitan en este estado mexicano o edificios tan emblemáticos de San Cristóbal como la Iglesia de San Nicolás, la de Santo Domingo o el Palacio Municipal. Por ese motivo, uno de nuestros principales objetivos era visitar algunas de esas comunidades indígenas y comprobar cómo sobreviven y cuáles son sus costumbres, que apenas han variado a lo largo de los siglos y que son las que atraen la curiosidad de los visitantes, en su mayoría procedentes de otros estados mexicanos.

Tomamos un colectivo, una furgoneta de unas diez plazas que utilizan los oriundos para desplazarse entre comunidades. Las carreteras no son fáciles y el modo de conducir no facilita tampoco las cosas. No hay autopistas y las estrechas carreteras que unen los pueblos están jalonadas de topes, badenes colocados por los propios indígenas para evitar que los automóviles alcancen altas velocidades. Esto obliga a reducir la marcha con demasiada frecuencia, sin contar con lo molesto que es estar dando saltos en tu asiento cada dos por tres.

Tras pasar más tiempo del normal para recorrer los diez kilómetros que nos separan de San Juan Chamula llegamos a este pueblo situado a 2.660 metros sobre el nivel del mar, habitado por gente aguerrida que vive de la agricultura y la ganadería y que mantiene las ancestrales costumbres de sus antepasados mayas. De hecho, los 35.000 habitantes de San Juan pertenecen a la familia maya de los tzotziles y, además de hablar tzotzil y mantener la vestimenta típica –faldas y pantalones de lana, coloridas camisas y el chuj, un chambergo de lana–, tienen una autonomía única en México, ya que nadie, ni siquiera el gobierno estatal, puede inmiscuirse en los asuntos del pueblo. Tanto es así, que tienen su propia policía, cuentan con un consejo de ancianos, sólo se relacionan con miembros de la misma comunidad, prohiben que los turistas les hagan fotografías porque creen que les roban el alma y si algún miembro de la comunidad decide cambiar de religión, es expulsado fulminantemente, desterrado.

La cuestión de la religión es un hecho que nos sorprendió, sobre todo cuando fuimos testigos de las extrañas prácticas pseudomágicas que se llevaban a cabo en el interior de la iglesia de San Juan, en la plaza principal del pueblo. El interior del templo carece de los bancos corridos característicos de las iglesias católicas y tampoco tiene altar. En su lugar, las imágenes de los santos católicos están colocadas en los laterales de la nave, dejando espacio para la presencia de músicos tradicionalistas y velas en el suelo.

 

La magia maya

 

Caminamos sobre las agujas de pino que cubren el suelo y observamos atónitos cómo se practica la magia maya, con los iloles o pulsadores, encargados de la salud de la comunidad. Allí, de rodillas, rodeados por el espeso humo del incienso y arropados por la tenue luz de las velas, el brujo toma el pulso a la persona enferma y le dice si su enfermedad es fría o caliente. Se valen de gallinas, a las que después matan con un golpe seco en el cuello para quitar los males del alma, y utilizan coca cola porque creen que, con el acto de eructar, también se expulsan los males del interior del cuerpo.Estas prácticas son sólo una muestra de la fe que tienen los descendientes mayas en la medicina tradicional. No en vano, creen que la naturaleza está por encima de todo, explican el funcionamiento del cuerpo a través de las leyes naturales y creen que cualquier cambio en la comunidad o en la familia afecta a la persona pudiendo ser causa directa de una enfermedad.

Por eso no sólo acuden a los médicos indígenas en busca de sus remedios, sino que utilizan diferentes tipos de plantas medicinales y distintos rezos para prevenir enfermedades. Incluso las mujeres embarazadas no van al médico, sino que son las parteras quienes las atienden en su propio domicilio, con todos los riesgos que todo ello conlleva. Muy diferentes son la comunidad y las gentes de Zinacantán (en maya, lugar de murciélagos), a pocos kilómetros de San Juan Chamula y a 18 kilómetros de San Cristóbal de las Casas siguiendo la carretera Panamericana. Se trata de una comunidad tzotzil muy distinta a la anterior, cuya principal ocupación es el cultivo de flores en invernaderos. Al llegar al pueblo se acercan los niños para invitarnos a ir a su casa, brindándonos una oportunidad de oro para admirar de cerca su peculiar estilo de vida. Acudimos a una y en su interior no sólo encontramos un altar con los santos a los que los habitantes de la casa profesan devoción –en este caso Nuestra Señora de Guadalupe y San Judas Tadeo, rodeados de velas, flores y un vaso de agua, como manda la tradición–, sino que conocemos a María, una mujer que pasa todo el día de rodillas manejando un telar de cintura, confeccionando prendas y telas con diseños típicos indígenas que más tarde tratará de vender a los turistas que lleguen al pueblo. Además, allí nos ofrecen posh o pox, un licor que preparan con dulce de canela o con hibisco –que por estas latitudes se conoce como jamaica–, y nos ofrecen probar su cocina tradicional, picante y poco recomendable para aquellos con problemas de estómago.

 

Ciudad de piedra

 

El pasado maya es algo que aún está muy presente en los habitantes de las comunidades de Chiapas. No en vano, el patrimonio histórico y arqueológico que poseen es inabarcable. No hablamos de la archiconocida Palenque, una de las ciudades mayas más impresionantes de México, sino que nos referimos a otro lugar menos conocido y no por ello menos espectacular: Toniná, cuyo significado es casa de piedra (Ton Na). En los años ochenta del siglo pasado un grupo de arqueólogos descubrieron unas piedras en una colina de cien metros de altura, se empezó a excavar y la montaña reveló su secreto. Se descubrió una ciudad de piedra inmensa y, aún hoy, se sigue excavando y desvelando nuevos secretos sobre ella.

Llegar hasta aquí es una tarea ardua, al igual que manejar un coche por las carreteras chiapanecas: además de los topes, es posible adelantar invadiendo el carril contrario, obligando al coche que viene de frente a invadir el arcén, que se convierte en un segundo carril improvisado. De hecho, las carreteras están jalonadas con letreros del tipo “Utilice la extrema derecha”, en referencia al uso del arcén. Las normas de circulación no están muy claras y hasta que el viajero se acostumbra la conducción ésta resulta, cuanto menos, amenazante.

Sin embargo, las gentes de Chiapas no son en absoluto amenazantes y sus costumbres aparecen ante nuestros ojos como una excelente muestra del colorido típico de este estado mexicano. El día anterior a nuestra llegada a San Cristóbal de las Casas tuvimos la oportunidad de asistir, en el restaurante de comida típica chiapaneca más reconocido de Tuxtla Gutiérrez, a un espectáculo de bailables, que es como en la zona denominan a los bailes tradicionales. Ante nuestros ojos, y con el único apoyo musical de la marimba –una especie de xilófono de madera hecho a mano–, se desplegaron toda clase de vestimentas que, de coloridas, casi hacían daño a los ojos. Uno de esos bailables fue el que vimos al día siguiente en Chiapa de Corzo, la primera ciudad fundada en Chiapas por los españoles.

Sus calles se engalanan durante todo el mes de enero en honor al Señor de Esquipulas, el patrón de la localidad, y los habitantes se convierten en parachicos para honrar la leyenda de María de Angulo, una dama española que surtió de alimentos al pueblo durante la hambruna de mediados del siglo XVIII como agradecimiento a unos curanderos que devolvieron la salud a su hijo. Para ello se enfundan coloridos trajes y cubren sus rostros con caretas de tez pálida con las que imitan el color de piel de los españoles, y así recorren las calles un día tras otro durante el mes de enero tocando flautas tradicionales, atronando a la multitud con pequeños tambores y haciendo breves escalas en diferentes viviendas para cantar delante de sus altares.

 

Paredes de un kilómetro

 

Si de leyendas hablamos, existe una muy conmovedora que se refiere al suicidio colectivo de los chiapanecos cuando vieron que su lucha para no ser sometidos por los españoles iba a ser inútil. Antes que verse siendo esclavos de los conquistadores, familias enteras chiapanecas se arrojaron desde la cima de un precipicio hacia las aguas del río que atraviesa el Cañón del Sumidero, hoy llamado Grijalva, por el que tuvimos la oportunidad de navegar. Son 42 kilómetros navegables desde Chiapa de Corzo –lugar desde donde partió la barcaza– hasta la central hidroeléctrica Chicoasén, lugar en el que se debe regresar al punto de partida. Durante la travesía por estas aguas que llegan a alcanzar profundidades de hasta 250 metros, se disfruta de una impresionante panoplia de fauna. Tendidos al sol, y tomando la energía que necesitan de él, observamos cocodrilos e iguanas que intentan confundirse con la maleza que alcanza las aguas. Sobre nosotros sobrevuelan bandadas de cormoranes y pelícanos vemos zopilotes –enormes parientes de los buitres– secando su plumaje en la orilla o comiendo carroña, garzas grises sobre las rocas y garzas blancas sobre las ramas de los árboles.

Nos rodean manglares, chapotes, sauces, caobas, guajes y árboles guanacastle, cuyo significado en idioma náhuatl es “oreja”, ya que su semilla tiene una forma similar a ella.Pronto dejamos la flora y la fauna para adentrarnos en el Cañón del Sumidero, llamado así porque hasta los años sesenta había una cascada de 150 metros de altura infranqueable para cualquier navegante. Durante 35 kilómetros navegamos entre impresionantes paredes verticales de hasta mil metros de altura formadas por la acción de la Naturaleza durante más de 36 millones de años. Durante el recorrido vimos fantásticas formaciones rocosas como la del Caballito de Mar –que imita la forma de esta bonita especie marina–, la Cueva o Capilla de Colores –cuyas diferentes tonalidades han sido producidas por el sulfato de calcio, magnesio y zinc tanto del agua filtrada como de los propios minerales de la roca–, o el Árbol de Navidad, una curiosa formación recubierta de vegetación cuya forma es exacta a la de un abeto, y a la que sólo le faltan las bolas de colores y las bombillas para hacer honor a su nombre.

 

Exuberante vegetación

 

Pero la vegetación, los espectaculares paisajes y la aventura no acaban en el Parque Nacional Cañón de Sumidero, sino que continúan en el Parque Amikúu –parada casi obligada en el recorrido del Cañón y donde se puede practicar tirolina, rappel o kayak, e incluso acariciar y sostener entre los brazos a una hermosa pitón–, en el centro ecoturístico de El Chiflón, con tres hermosas cascadas –El Suspiro, Ala de Ángel y Velo de Novia– y, sobre todo, en el Parque Nacional Montebello.

Desde San Cristóbal de las Casas, siguiendo la carretera Panamericana, son más de dos horas de viaje, un recorrido que, en circunstancias normales y con carreteras adecuadas, no duraría más de media hora. Decretado Parque Nacional en 1959, el lugar está a 58 kilómetros de la ciudad de Comitán y está formado por 59 hermosas lagunas rodeadas e bosque cuyas aguas, cuando incide el sol sobre ellas, varían de tonalidad de forma espectacular, sobre todo en las lagunas de Tziscao o Pojoj, nombre que toma de una palma que nace entre las rocas.

Pero se debe elegir bien el día de visita: suele ser frecuente que las brumas cubran la zona y que un día soleado se convierta, tan sólo cinco kilómetros más allá, en un mar de nubes y lluvia.La aventura en México llega a su fin. Ahora toca relajarse y disfrutar de un sabroso café orgánico, producto del que Chiapas es el primer productor del mundo, y de hacer unas compras, que pasan por adquirir una pieza realizada con el afamado ámbar chiapaneco y una típica máscara maya.

 

El tesoro chiapaneco

 

Chiapas es el segundo productor mundial de ámbar del mundo y nadie puede irse de aquí sin haber adquirido una pieza realizada con esta resina que, en el 90% de los casos, se extrae en tierras de Simojovel, a 130 kilómetros de Tuxla Gutiérrez. En esta región hay un total de trece zonas mineras conformadas por montañas de difícil acceso, donde el ámbar se extrae a mano y con la única ayuda de un cincel y una vela que dé luz.

En lengua tzotzil, una de las muchas que aún se hablan en Chiapas, se llama pauch, y los aztecas lo llamaron apozonalli, que en idioma náhuatl significa espuma de agua. Pero hay que tener cuidado a la hora de adquirir una pieza. Es habitual que nos ofrezcan ámbar por las calles, pero normalmente se trata de plástico, por eso es mejor adquirir las piezas en tiendas especializadas. Y si todavía nos quedan dudas, lo mejor es hacer una rápida visita al Museo del Ámbar en San Cristóbal de las Casas, donde se exhiben más de 300 piezas y se explica la historia de esta resina, así como la mejor manera de distinguir un ámbar auténtico de uno falso.

Barrancas del Cobre “El paisaje elitista”

Para los que quieran conmoverse con un paisaje único con flora y fauna inauditas, hacer uno de los viajes en tren más fascinantes del planeta, disfrutar del senderismo o de tranquilos paseos a caballo atravesando parajes remotos o si simplemente se sienten atraídos por lugares donde los indígenas siguen viviendo su cultura como antaño, éste es el lugar.

Este paraje casi virgen del norte de México es uno de los grandes desconocidos para el turismo español, no ya para el estadounidense, que conoce de sobra ese destino que llaman Copper Canyon y que hace sombra a su Gran Cañón de Colorado, al que supera en extensión y profundidad. Claro que por aquí, desdeChihuahua hasta las costas del Pacífico, se asentaron muchos americanos para explotar el preciadocobre que da nombre a la ruta turística, y es justo en esta zona donde el Robin Hood mexicano, Pancho Villa, germinara la revolución y fuese el único militar del mundo capaz de invadir y vencer a los Estados Unidos en su propio suelo.

Datos heroicos e históricos aparte, lo que más destaca de las Barrancas del Cobre es, sin duda, su riqueza natural, pues conforma uno de los sistemas de biodiversidad más importantes del mundo.

Pero también alberga curiosos factores humanos que las hacen inimitables, como ser casa de la comunidad menonita más grande que exista, asentada desde principios del siglo XX en Cuauhtémoc tras sufrir varios exilios.

Es en México donde han podido desarrollar una vida cuyas costumbres están ancladas en el tiempo, siguiendo un estilo de vida más propio de otros siglos. Algo parecido a lo que hace la principal población indígena local, los tarahumaras, llamados también rarámui, “hijos del sol” o “pies ligeros”, cuyas tradiciones y estilo de vida permanecen prácticamente intactas desde que los jesuitas españoles dieran a conocer su existencia en Europa. Su cultura es un gran filón de conocimiento para cualquier amante de la antropología y la sociología, aportando un interesante valor añadido a esta ruta donde la naturaleza eclipsa cualquier manifestación o creación del hombre.

 

Una de las mejores formas de dejarse hipnotizar por el imponente paisaje de este sistema de barrancas es a bordo del tren Chepe, cuya obra de ferrocarril comenzó a trazarse en 1872 y está considerada una de las obras maestras de la ingeniería mexicana. A través de 37 espectaculares puentes y 86 túneles, atraviesa la Sierra Tarahumara en una ruta que deja boquiabierto a todo el que la disfruta. Ya sea saliendo desdeChihuahua o desde Los Mochis, en un vagón de primera clase o de clase económica, las sensaciones están aseguradas. Aunque a veces saben a poco, pues el tren cubre más de 600 kilómetros de recorrido en apenas 15 horas, deteniéndose en las estaciones desde las que se disfruta de mejores vistas. Por eso, quizá lo ideal sea descubrir esta maravilla natural desde las vías ferroviarias a modo de primer contacto o resumen, para luego adentrarse con detenimiento en la aventura que brinda cada una de sus escalas.

Desde las pequeñas misiones que los jesuitas de la Nueva España fundaron en Chihuahua y Sonora, al binomio de modernidad y tradición que ofrece la capital chihuahuense, pasando por los remotos pueblos mineros que firmaron los americanos y los paisajes costeros de la bonita Sinaloa. Y cómo no, el impresionante legado que la mater natura ha querido dejar aquí: gigantescas formaciones rocosas como las de los valles de los Monjes y de los Hongos, las impresionantes caídas de agua de las cascadas de Piedra Volada o Basaseachi, los interminables desfiladeros que desafían el horizonte desde cualquier mirador, las incontables cuevas que esconden las montañas, la variedad de climas que provoca una variedad de flora y fauna sin parangón, y por supuesto, las mil y una actividades al aire libre que todo ello permite.

Aunque si lo que prefiere es disfrutar del descanso o de la lectura, inmerso en el aire puro de unanaturaleza virgen, éste también es el lugar.