Parque Tayrona. Colombia

Son las 13,00 p.m. en el aeropuerto de Barajas y después de comprobar los horarios en las pantallas informativas parece que nuestro vuelo con Avianca sale en hora. Tenemos por delante un trayecto de diez horas y media hasta el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, ciudad donde realizaremos nuestra primera escala y que nos servirá de puente para llegar a nuestro destino final, la ciudad de Santa Marta, al norte de Colombia, donde se encuentra el Parque Nacional Natural Tayrona.

Esta ciudad, donde murió el libertador Simón Bolívar, fue fundada en 1525 y está considerada como la más antigua del continente, así como uno de los principales destinos turísticos del país. Después de recorrer los nueve mil kilómetros que nos separan de España y tras una hora de vuelo desde Bogotá, llegamos al aeropuerto Nacional Simón Bolívar, en Santa Marta. El cielo nos recibe nublado y con una temperatura que debe rondar los veintidós grados centígrados, aunque a decir verdad en ningún momento tenemos sensación de calor. Seguramente esto es debido a la seca brisa con que nos obsequia la cercana y majestuosa SierraNevada de Santa Marta, declarada por la Unesco Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad en 1973.

Está cayendo la noche y después de organizarnos con el equipaje tomamos un transporte para iniciar la hora de camino que nos resta hasta Cañaveral, una de las tres puertas de acceso al parque nacional Tayrona, y lugar donde se encuentra nuestro alojamiento. La barrera escoltada por el personal de seguridad nos indica que hemos llegado por fin a nuestro destino.

Después de pasar el control llegamos a un edificio que parece hacer de recepción. Sorprende el hecho de que aun siendo una edificación más bien moderna, se encuentra perfectamente integrada en el entorno natural que la acoge. Este complejo lo componen catorce cabañas denominadas Ecohabs, hechas de madera, con techos de fibras vegetales de forma cónica y con capacidad para entre cuatro y seis personas. Cada cabaña consta de dos plantas con un techo de paja que parece querer evocar las antiguas viviendas indígenas, pero con todas las comodidades y servicios que ofrece un hotel de cinco estrellas, incluida una playa de más de un kilómetro de extensión.

Tayrona se encuentra en el extremo norte de la Sierra Nevada de Santa Marta y por su variedad topográfica, disfruta de distintos ambientes que hacen de este lugar un verdadero paraíso terrenal. Lo tiene todo, un mar de aguas cristalinas, playas espectaculares, paisajes maravillosos, montañas de hasta novecientos metros que llegan hasta el mar, flora, fauna y vestigios arqueológicos.

La “mano grande”, como se la conoce por su parecido con este miembro, está formada por una especie de dedos que forman las bahías de Chengue, Gairaca, Cinto, Neguange, Palmadito, Guachaquita y Concha.

Este paraíso de 83 kilómetros de playas y montañas cubiertas por selva tropical da cobijo entre otros habitantes a las mortales serpientes mapanás, a los jaguares y a los monos aulladores, y cuenta además con El Pueblito Chairama, que junto a la Ciudad Perdida forman dos de los vestigios indígenas más importantes de la cultura prehispánica tayrona.

La primera noche, después de disfrutar de una agradable cena en el complejo y recabar información sobre los lugares de interés, nos decidimos a empezar nuestro recorrido planificando para el día siguiente una visita a la zona arqueológica de El Pueblito.

El día empezó muy temprano, pues madrugar es más que recomendable cuando tienes una jornada de más de seis horas de camino y puede apretar el sol. Aunque existen dos rutas para llegar a El Pueblito, elegimos como punto de partida el acceso que se encuentra en el kilómetro veinte de la carretera Troncal del Caribe, conocido como Calabazo –otra ruta sale desde Cañaveral hasta Arrecifes, y desde allí nos obliga a caminar quince kilómetros por una ruta repleta de piedras–.

La entrada por esta zona se realiza a través de una vereda empinada y bastante solitaria que va incrementando su dificultad a medida que vamos ascendiendo. El camino cada vez es más duro, pero según avanzamos vamos disfrutando de parajes tan espectaculares que hacen que nuestro esfuerzo se vea gratamente recompensado. El ambiente es fresco y de momento, con nuestras baterías totalmente cargadas, vamos devorando metros sin darnos apenas cuenta. Tras dos horas de subida zigzagueante, realizamos nuestra primera parada para recobrar fuerzas y disfrutar de las vistas que nos ofrece la sierra.

Una pequeña serpiente de colores vivos pero perfectamente mimetizada con el follaje nos observa a medio metro de distancia, mientras un águila solitaria marca con vuelos rasantes el lugar elegido para intentar hacerse con alguna víctima despistada y un cucarachero ruiseñor nos deleita con una de sus mejores melodías, un espectáculo poco habitual en otras partes del mundo, pero esto es la Sierra Nevada de Santa Marta, esto es Tayrona. Una vez avanzada la marcha y muy cerca de El Pueblito, nos vimos sorprendidos por los aullidos de un mono aullador, una de las cuatro especies de monos con las que cuenta el parque. Estos monos emiten un gruñido que se puede escuchar a varios kilómetros de distancia, y en algunos momentos –si se encuentran cerca– pueden resultar verdaderamente sobrecogedores.

Por fin, tras cuatro horas de esfuerzo intenso nos hayamos frente a una gran roca cubierta de musgo con una serie de dibujos esculpidos en ella. Estamos en la entrada a El Pueblito Chairama. El Pueblito era en la antigüedad una ciudad formada por 250 terrazas de cultivos, puentes, templos y plazas empedradas, comunicadas entre sí por calles de piedra y con un sistema de canalización de agua que demuestra el gran conocimiento que poseían los tayrona en el terreno de la ingeniería y la arquitectura. Sus calles están perfectamente señalizadas con piedras, y lo que antes podían ser lugares donde almacenar enseres o las propias viviendas de los nativos, hoy sólo se muestran como restos de piedras amontonadas.

Dos cabañas indígenas que siguen en pie en el centro de la ciudad dotan al lugar del misterio necesario para sentirnos en un lugar mágico. La ciudad se encuentra casi desierta. Sólo un niño de tez morena con un vestido blanco hasta las rodillas y una larga cabellera se dedica a seguirnos intentando ocultarse entre los árboles sin éxito alguno. Es un kogui, asevera el guía viendo nuestra cara de sorpresa. Aunque en la sierra existen gruposétnicos como los wiwas, arhuacos y kankuanos, sólo los koguis son considerados descendientes directos de los tayrona. Después de empaparnos de historia y de alguna que otra leyenda acerca de los koguis, emprendemos el camino de vuelta en dirección a Cabo San Juan de Guía. El recorrido, que dura dos horas y media, aunque duro resulta muy ameno. En esta selva que derrocha vida se mezclan los sonidos generados por los inmensos árboles con los de las pequeñas serpientes y ranas que asoman curiosas a nuestro paso. Al final del camino dos imponentes piedras apoyadas una sobre otra crean una especie de túnel que, como si de una máquina del tiempo se tratase, nos deja vislumbrar en su otro extremo el paisaje que nos brinda el Cabo San Juan de Guía. No sin cierta dificultad lo atravesamos y pasamos del impresionante bosque selvático a un maravilloso paraje caribeño. Y es que Tayrona dispone de más de 85 kilómetros de costa con playas vírgenes, bahías de aguas tranquilas y cristalinas, y lugares increíbles para pasear, montar a caballo y bucear.

Cuando por fin cae la noche, bajo un cielo plagado de estrellas y rodeados por esta selva mágica salpicada de montañas, aprovechamos para reponer fuerzas en nuestra hamaca mecidos por la suave brisa del Caribe, porque esto es Sierra Nevada de Santa Marta; esto es Tayrona