A través de los campos de hielo sur. Patagonia chilena.

Contrariamente a lo que cabría pensar, no es el frío la sensación que impregna el escenario, sino la quietud. Una sobrecogedora quietud que empapa la atmósfera. La visión de la masa helada de los eternos hielos patagónicos nos produce una rara sensación de calma y miedo a la vez. Estamos en el corazón de los Campos de Hielo Sur. Hemos surcado los canales Sarmiento, Pitt y Concepción y el fiordo Peel, y a través del paso Kirke hemos arribado a los glaciares Amalia, el Brujo, el espectacular anfiteatro del fiordo Calvo y recorrido a pie las masas heladas del Bernal. Y vamos a contarles la historia.

 

Unas semanas antes habíamos tomado contacto con Michel L’Huillier, representante en España de la compañía Skorpios. Nos habían contado que un barco de un naviero griego operaba la zona virgen de los Campos de Hielo Sur, en la Patagonia chilena. Así era y así lo confirmamos: el veterano capitán Constantino Kochifas, al mando del Skorpios III, recorría desde hacía años los glaciares de la zona creando una experiencia turística ineludible para los amantes de la aventura, la gastronomía y el hielo.

Partimos para Chile con algo de desconcierto a causa del terremoto acaecido días antes. Nuestra primera sorpresa fue la naturalidad con la que en el aeropuerto de Santiago se desarrollaban las labores de entrada y salida de viajeros. Es evidente que la gente de Chile está acostumbrada a los seísmos y sabe resolverlos de manera expedita. Apenas se notaban ya las huellas psicológicas de un temblor que en otra parte del continente americano habría destruido la mayor parte de los edificios. Se las arreglan bien en estos temas y a los pocos días ya tenían solucionados la mayoría de los inconvenientes lógicos tras un acontecimiento de tal calibre.

Del calor de Santiago, un salto al sur de “tan sólo” tres mil kilómetros y ya estábamos en la Patagoniachilena. En Chile las distancias son enormes, y por eso desplazarse ese trayecto apenas supone nada. Hemos llegado a Punta Arenas y allí nos recibe el indio Patagón reproducido en bronce, sentado bajo la estatua erigida en recuerdo del explorador y navegante Magallanes.

Los pies del indio están pulidos por el roce de las manos de los visitantes… dice la leyenda que tocándolo se asegura uno la vuelta a Patagonia en otro viaje.

En Punta Arenas ya se respira un aire limpio y el aspecto cuidado de las calles nos recuerda quizá al centro de Europa. Modernos hoteles se levantan hoy día en esta pequeña pero cosmopolita ciudad del fin del hemisferio sur.

Por carretera nos desplazamos hacia Puerto Natales, lugar desde donde más tarde zarpará nuestro barcohacia los glaciares. Todo el trayecto es una inmensa planicie esteparia que relaja nuestra vista.

De camino queremos visitar la famosa pingüinera de Otway, y desviándonos un poco hacia el oeste llegamos a la costa. Una colonia de pingüinos juguetones nos da la bienvenida entre los empujones de un viento racheado que parece hacerles tambalearse aún más si cabe cuando inician su divertido caminar. Ya no es época de cría pero aún quedan los más rezagados antes de partir mar adentro para varios meses. Después de pasar un rato divertido ponemos rumbo a nuestro puerto de destino.

PUERTO NATALES, PUNTO DE PARTIDA DEL CRUCERO

Hemos llegado un día antes de que zarpe el Skorpios III, así que, a modo de aperitivo y para tomar contacto con la realidad de la zona, indagamos qué glaciar es más accesible desde Puerto Natales y puede visitarse en el día por algún medio. Encontramos una pequeña embarcación que hace la ruta al glaciar Serrano, un ventisquero pequeño pero muy a mano y, sin titubear, nos subimos a ella en una mañana nítida, preciosa, fresca pero soleada, cosa que en estas latitudes es de agradecer. Lo primero que divisamos a proa es una mole blanca que parece salir del agua. Se trata de la silueta perfectamente dibujada del monte Balmaceda y su lengua helada. El agua es azul brillante y hace de espejo en el que se miran las cascadas que caen desde las verdes laderas que hay a nuestro paso. A babor y al fondo del paisaje se dibuja, esta vez en claroscuros, el perfil de los picos que forman las Torres del Paine, hoy visibles desde tal distancia por las condiciones tan limpias de la atmósfera. Y en una hora más de navegación llegamos hasta un pequeño embarcadero en el que descendemos a tierra. Ya a pie atravesamos un verde bosque de lengas y recorriendo un camino llegamos a la laguna donde se deshiela el glaciar Serrano.

Su espectacularidad ese día, a pleno sol, produce una imagen de postal, colocado al fondo del valle y marcando su perfil contra el azul del cielo impoluto, como si de una foto se tratara… parece demasiado a mano, y quizás por eso no nos impresiona tanto. Pero bueno, al menos ya hemos tenido un primer encuentro con los hielos, aunque suave, por lo que, contentos, regresamos a dormir al hotel de Puerto Natales en espera de lo que será el plato fuerte de la zona, nuestro anhelado crucero.

El día siguiente amanece gris por aquello de los constantes cambios de la climatología de la zona. EnPatagonia dicen que en un día se dan las cuatro estaciones juntas, algo que a lo largo del viaje tendremos oportunidad de confirmar. Estábamos impacientes por conocer el que sería nuestro próximo hogar marinero y por eso habíamos ido la tarde anterior a tomar contacto con el flamante Skorpios III, así que por la mañana ya sabíamos qué camarote sería el nuestro y sólo faltaba que nos presentaran al capitán. Tomamos acomodo a bordo y aguardamos la tarde para zarpar.

La primera noche de crucero ya fue una sorpresa: nos habían reservado asiento en la mesa del capitán, así que conocimos a Constantino mientras nos servían la cena. ¡Todo un lujo! Es de esas personas que te transmiten energía. No paró de contar historias a cuál más interesante. A sus 79 años y con vocación desde niño todavía es feliz tripulando un barco… su barco. Él lo diseño, lo construyó y lo hace navegar por los canales y fiordos patagónicos. Mimí, su esposa, lo alienta y en su compañía él se anima aún más narrando nuevas historias, como todo buen capitán que se precie.

“El barco está a vuestra disposición, podéis bajar a la sala de máquinas, subir al puente de mando, entrar donde queráis porque lo he hecho para vosotros, para que disfrutéis”. “Aquí no hay impedimentos para nadie” proclama a los cuatro vientos Constantino.

Nuestros compañeros de mesa junto al capitán y Mimí son Cristian –el médico de a bordo– y su ayudante Jorge, Fernando –el showman y relaciones públicas del barco–, Mónica –una simpática y alta india de Atacama– con Werner –su pareja–, y Marcela, una invitada de la Oficina de Turismo chilena. Después de una inolvidable cena con presentaciones cruzadas dormimos plácidamente mecidos por los suaves vaivenes del barco que sigue navegando.

EL MÁGICO ENCUENTRO CON LOS HIELOS AZULES

Nuestros ojos no dan crédito al espectáculo. Un azul misterioso envuelve la atmósfera mientas amanece. Anclado frente a una barrera helada, el Skorpios III nos ha llevado en la noche a otro mundo. Se respira paz, grandiosidad, dramática quietud interrumpida a veces por el ronco estruendo lejano del crujir de los hielos milenarios. Nos quedamos casi tan petrificados como el escenario que se nos presenta, contemplando el glaciar que se dibuja con las luces del alba. ¡Esto ya es otra cosa! No sabemos muy bien cómo hemos llegado pero estamos ante un coloso helado de tres kilómetros de frente. Es el glaciar Amalia, que se presenta exultante ante nuestros ojos. La luz va cambiando y los tonos azules se van difuminando ocupando su lugar los blancos puros y las transparencias de los cristales de hielo. Nos quedamos un buen rato absortos ante tan colosal magnitud y, poco a poco, volvemos a la realidad. Es hora de acercarse aún más a los hielos.

El capitán da orden de arriar los botes. En barcazas de madera que nos recuerdan a las de los antiguos balleneros flotamos entre los hielos desprendidos del glaciar. Poco a poco nos vamos acercando a la pared helada y en un punto paramos los motores como esperando un acontecimiento. En efecto, pocos minutos más tarde el hielo de la pared de noventa metros que tenemos frente a nosotros cruje, y un inmenso pedazo se desmorona estrepitosamente. Volvemos a poner en marcha el motor de la barcaza para afrontar la posible contingencia de la ola que seguidamente a la caída del bloque helado se ha formado y que avanza hacia nosotros.

Lo que vemos a continuación es cómo esa masa helada emerge de nuevo como un balón repleto de aire que hubiéramos hundido y que vuelve a flotar. La punta de hielo que asoma en la superficie es tan sólo un tercio del total del témpano desprendido y queda a la deriva sobre el agua. Durante toda la mañana, varios desprendimientos más sorprenden nuestra pupila y ruidos lejanos que proceden del interior de la lenguaglaciar quedan en nuestro oído confirmando que aquello se mueve. ¡Es naturaleza viva!

De nuevo a bordo nos espera la relajación entre tanto sobresalto y más tarde una buena mesa en la que seguir compartiendo con el capitán sus vastas experiencias y sus cuentos de lobo marino.

Ha pasado la jornada y el Skorpios III sigue su silencioso crucero hacia el fondo de los Campos de Hielo Sur.

Durante la noche hemos navegado los canales Sarmiento, Esteban, Castro y García Domínguez. Con las primeras luces del alba entramos en el fiordo Calvo y el paisaje que se abre ante nosotros es indescriptible. Un anfiteatro natural de montañas por las que bajan lenguas de hielo rodea todo lo que abarca nuestro ángulo de visión. Fondeamos el Skorpios III a la entrada del estero y nos trasladamos a otra embarcación rompehielos bautizada “Capitán Constantino” que allí nos aguarda anclada. Apartando las placas heladas de la superficie con la proa, el pequeño pero potente barco se abre paso entre los primeros témpanos y valientemente nos adentramos en aquel sobrecogedor escenario. Estamos entusiasmados y aquello es tan místico y grandioso que sin dudar lo denominamos enseguida “campo de oración”. La superficie del agua se va volviendo cada vez más compacta al ir agolpándose los hielos que proceden de las cinco lenguas que divisamos. A popa hemos dejado el glaciar Alipio, una vieja mole bruñida y desgastada por los vientos, a babor se sitúa el glaciar Fernando, a estribor –al fondo de un brazo del fiordo– los glaciares Marcelo y Monsalve, y a proa se presenta ante nosotros el campo helado más espectacular, el que forma el glaciarConstantino, bautizados todos ellos así en honor a nuestro capitán y su tripulación cuando, en su primera incursión a través de los estrechos canales y fiordos inexplorados, descubrieron esa inexpugnable fortaleza helada. Nos comenta la marinería que esta es la vez que más nos hemos aproximado a su frente, pero ya no podemos seguir avanzando más porque el hielo comienza a aprisionarnos, así que, resignados aunque a la vez raramente complacidos, nos detenemos en el centro del espectacular anfiteatro para recoger desde cubierta unos pedazos del hielo milenario que rodea el barco, y acto seguido brindamos por el espectáculo regándolo en un vaso con un buen whisky que calienta un poco nuestros cuerpos. ¡Ha sido una experiencia inolvidable!

La tarde es gris y húmeda y una llovizna casi constante nos acompaña hasta el fiordo Asia. Poco a poco va anocheciendo mientras nosotros seguimos adentrándonos por los canales. El Skorpios III sigue su ruta hacia nuevos ventisqueros. Esa noche dormimos soñando con aquellos valerosos marineros que navegaron explorando los vericuetos de la inhóspita Patagonia congelada descubriendo sus glaciares y creando su toponimia: Magallanes, Ladrillero, Fitz Roy, Marinelli, Spegazzini…

 

PALPANDO LOS HIELOS MILENARIOS

Amanece un día más en esta tierra remota y hoy nos toca desembarcar en un ventisquero para tomar contacto directo con el hielo. Temprano, nos aproximamos al glaciar el Brujo en nuestras barcazas rojas hasta llegar a un promontorio de roca pelada donde podemos saltar a tierra. El suelo está pulido por la acción de los hielos que antaño lo cubrían totalmente y hoy día ha quedado al descubierto no siendo fácil caminar sin resbalarse, así que con precaución tomamos posiciones y desde aquella punta rocosa se nos abre una buena perspectiva del frente de la lengua helada. Los más aventureros prosiguen por la zona despejada hasta llegar a la pared de hielo para poder palpar su fisonomía, que se adentra en cuevas y reaparece en salientes. Tras pasar la mañana entre los hielos, asistiendo a una clase magistral de glaciología, regresamos para almorzar en nuestro barco y, mientras comemos para no perder tiempo, el Skorpios III leva anclas de nuevo para llevarnos en la tarde al último glaciar que tocaremos: el Bernal.

Con la tarde ya encima, tras rebasar el fiordo de las Montañas desembarcamos de nuevo y, una vez en tierra firme, cruzamos alfombrados campos amarillos hasta llegar al pie deshecho de un glaciar que se nos antoja diferente. El glaciar Bernal es un claro ejemplo de la vida y la muerte de los hielos. Mientras algunas lenguas glaciares, alimentadas por regímenes lluviosos de granizo y nieve abundante en laderas propicias, avanzan cada año, otras se repliegan debido quizá a ese desequilibrio de precipitaciones que origina en todo el planeta el cambio climático. El Bernal es de los segundos, y lenta pero inexorablemente va perdiendo la vida deshaciéndose en agua que rezuma por sus hielos derretidos formando inverosímiles monumentos naturales de caprichosa arquitectura. Aquí, al final de la tarde, asistimos atónitos al ocaso del gigante.

LA CENA DEL CAPITÁN

Hemos navegado sinuosos canales, senos profundos, fiordos helados y esta noche el capitán cree que nos merecemos un reparador premio: su cena de gala. A las nueve en punto se abre el comedor y ante nuestros ojos aparecen los hasta ahora escondidos cocineros del Skorpios III, que al lado de sus creaciones nos presentan la cena de despedida: cócteles de mariscos, chupe de centolla, locos –un apreciado marisco chileno–, ostiones, inmensos mejillones y un sinfín de ensaladas de aguacate, mango, piña y zanahoria. Pescados cocinados y exquisitas tartas y postres de variado tipo inundan las mesas del singular bufé.

“¡A disfrutar de la gastronomía! ¡No va a ser todo nieve y hielo!”, nos grita el capitán que, según confesiones posteriores, considera que para que un viaje en su barco sea del todo placentero ha de tener un 30% de aventura, un 30% de descanso y un 40% de buena mesa. En fin, él así nos lo ha proporcionado y, firmándonos su libro “Ruta exploradores Kaweskar”, una vez finalizada la cena y habiendo ya dado paso al baile de gala, nos despedimos mutuamente de Mimí y de Constantino hasta quizás un nuevo encuentro.

Terminado el crucero en el Skorpios III y como colofón a nuestro viaje en Patagonia decidimos completar el recorrido con una estancia que nos han recomendado en un lugar muy próximo a Puerto Natales y que el capitán Constantino también ofrece como aperitivo a todos sus clientes: el mítico e inmenso Parque Nacional Torres del Paine.

 

ARQUITECTURA ESCULPIDA POR LA NIEVE Y EL HIELO

El viento azota las moles, mitad roca sedimentaria y mitad granito, de los sorprendentes Cuernos del Paine. Al lado, espectaculares torres de piedra se levantan contra el cielo borrascoso y la inmensidad del paisaje nos sobrecoge sin remedio. Había amanecido totalmente despejado y una inverosímil iluminación matutina teñía de rojo rabioso a primera hora la montaña, pero a medida que pasaban los minutos el espectáculo de color se ha ido desvaneciendo para dejar paso al gris y al negro. Las nubes y el viento han hecho rápido acto de presencia haciéndose ahora inhóspitos dueños del paisaje. Son los sorprendentes cambios de laPatagonia que en el mismo día se vuelven otoño y primavera.

Desde la hostería Las Torres tomamos dirección al lago Grey en un vehículo que nos han cedido para los desplazamientos por el parque, ya que nuestra intención es recorrerlo al máximo posible de una punta a otra, así que rápidamente estamos en Laguna Amarga, la puerta este del área natural protegida. Allí vemos mochileros descansando, autobuses de turistas que paran para sacar los boletos de entrada y un movimiento montañero que delata la afluencia que congrega un espacio silvestre de tan singular belleza.

Rodando por el camino polvoriento y acompañados de un fuerte viento racheado nos detenemos en el mirador Nordenskjöl, al borde del lago del mismo nombre impronunciable que recoge las aguas glaciares del deshielo y presenta una apariencia lechosa al estar cargado de los sedimentos que han arrastrado los hielos. Desde allí se divisa, en parte tapada por las nubes, una buena panorámica de las montañas recortadas en el cielo que forman los espectaculares Cuernos del Paine.

Proseguimos nuestra ruta y llegamos al azulado lago Pehoé donde el viento azota de tal forma su superficie que levanta remolinos de vapor de agua. Es un lugar mágico, lleno de energía, donde la naturaleza es capaz de mostrar todas sus caras, desde la más amable hasta la más adversa. Más adelante, tomando un desvío en la guardería Serrano, llegamos a la orilla del lago Grey. Ha vuelto a cambiar el tiempo y la tarde se presenta soleada, por lo que aprovechamos para dar una última mirada a los hielos que marcan desde este punto el principio, o el fin –según se mire–, de los Campos de Hielo Sur que con el Skorpios III hemos recorrido por mar como antaño hicieran aguerridos marinos.

Esta es una excursión fácil si el tiempo no se pone feo, y en una pequeña embarcación que parte de una hostería al pie del lago nos adentramos en él para llegar al borde del manto helado del glaciar Grey. Como despedida no está mal. El buen tiempo nos acompaña y hemos tenido unas excelentes vistas de las agujas de hielo que señalan, al oeste, las inexpugnables fronteras terrestres de los Campos de Hielo Sur de laPatagonia chilena.

Ya de vuelta, en Punta Arenas, hemos tocado otra vez el pie al indio Patagón… Queremos asegurarnos, en la medida de lo posible, un billete de regreso a esta tierra mágica: la Patagonia chilena.