Los Angeles, la eterna fábrica de sueños

Bienvenidos a la ciudad que nunca duerme, al lugar donde los sueños nunca descansan. Una ciudad que nos recibe con destellos de flash cabalgando entre el mito y la realidad, y donde conviven en admirable armonía piratas despiadados, momias de cartón piedra, cowboys de medianoche, las celebrities más famosas del planeta, y el envidiado cuerpo de vigilantes de la playa.

Amazonas. Travesía de Luxe en Perú

Aquellos conquistadores del siglo XVI que dejaron la vida a su paso por el Amazonas nunca imaginaron que algún día la travesía por este río inabarcable se podría hacer en un barco de lujo. Gracias a un viajero de este siglo, ese sueño quimérico se ha hecho realidad. Dos embarcaciones, el M/V Aqua y el Delfín, y una experiencia: ver de cerca la asombrosa vida de la selva acomodado en un “hotel” flotante de cinco estrellas.

 

Navegar por del río más largo y caudaloso del mundo –el siglo XXI le ha arrebatado al Nilo su anterior récord de longitud– es un sueño que anida en la mente de los que arden en deseos de aventura y de los que quieren quemar la inevitable curiosidad que despierta un lugar como la selva amazónica. Los audaces y valientes conquistadores provenientes de España eran de los mejores luchadores de Europa en el siglo XVI, según anota el historiador John Hemming en su Tree of Rivers: The story of the Amazon.

Pero cuando comenzaron la travesía por el Amazonas, su valor se convirtió en vulnerabilidad, y su audacia y destreza pasaron el testigo a la debilidad. No sólo por lo desconocido de estos parajes remotos y salvajes, sino por la cantidad de peligros e imprevistos con que les sorprendió un entorno en el que, desde siempre, la naturaleza sólo permite vivir a los mejores competidores, a los más fuertes, a los que mejor se adaptan a las reglas que impone este bosque húmedo, caluroso y abrumador.

 

Muchos de ellos acabaron padeciendo lo inevitable: fiebres y enfermedades, picaduras de mosquitos, ataques de serpientes y alguna que otra flecha envenenada por los indígenas invadidos. Eso sí que fue una aventura para desventurados en busca del El Dorado.

 

Historias pasadas y leyendas aparte, el Amazonas siempre ha ejercido un magnetismo especial en todos aquellos que aman el viaje en el sentido más puro del término.

Este imponente río color dulce de leche, que sólo rivaliza con el Nilo en el territorio del planeta Tierra, mide 6.800 kilómetros de largo y en su recorrido por Perú, Brasil y Colombia recibe agua de más de 1.100 cauces tributarios. ¿Alguno de los conquistadores de antaño con apellidos como Orellana o Pizarro hubieran imaginado cruzarlo en un lujoso barco con atenciones exquisitas y sin peligros a la vista? Seguramente no, o quizá sí, durante alguno de los sueños profundos e inquietos provocados por una fiebre delirante. La selva amazónica continúa igual de salvaje que antaño, pero en al actualidad se puede disfrutar de sus riquezas naturales a bordo de una maravillosa embarcación.

 

 

Antes de llegar a describir los placeres que esperan durante la travesía fluvial, hay que hacer una parada enIquitos, una de las ciudades más fascinantes de Perú y lugar desde el que parten los barcos protagonistas de estos cruceros de lujo –El Delfín y el M/V Aqua–. Iquitos, que significa “gente separada por el agua”, es la capital del departamento de Loreto y a ella sólo se puede acceder en avión o en barco. En la ciudad se respira una alegre atmósfera, protagonizada por el ruido de los motocarros, que funcionan como taxis y van y vienen por las calles como Pedro por su casa.

 

 

La Plaza de Armas es el centro neurálgico de la ciudad, y en una de sus esquinas destaca la Casa de Fierro, un edificio del siglo XIX diseñado por el mismo creador de la Torre Eiffel. El malecón de Tarapacá es un precioso paseo donde se suceden antiguas mansiones que pertenecieron a los señores del caucho, que en el siglo XIX se enriquecieron gracias a este material y comenzaron a construirse palacetes con lo que entonces era lo mejorcito de Europa.

Es decir, azulejos portugueses, mármoles italianos, balconadas españolas, etc.

 

 

La embarcación M/V Aqua espera en Iquitos para “pasear” a sus 24 pasajeros por el gran río. Los doce camarotes son pequeñas suites a las que no les falta un solo detalle, incluido un gran ventanal que es como un cuadro en vivo del Amazonas. Una pintura hiperrealista que cambia a medida que el barco devora trechos de río.

Con las primeras luces del día los animales que se ocultan en las riberas saludan el paso de la embarcación. Son las seis y media de la mañana y las pinceladas que dibujan el cielo son indescriptibles. Un abundante desayuno, donde las frutas tropicales son protagonistas, despeja al más soñoliento. Los pasajeros se acomodan en una lancha y comienza la excursión diurna por el gigante fluvial, con sus lagos y lagunas, sus afluentes tributarios y sus canales.

Si es época de lluvias –de noviembre a abril– más del 70% del territorio queda anegado, por lo que se puede llegar a lugares que en la temporada seca son inaccesibles.

 

 

Los guías locales, en su mayoría nacidos en la selva, muestran una destreza absoluta a la hora de moverse por estos canales –muchos de ellos no permanentes– y detectar la presencia de animales.

Son capaces de avistar un perezoso escondido tras una maleza, de distinguir un caimán entre los nenúfares o de escuchar el lenguaje de los monos desde una distancia considerable.

Las ricas flora y fauna se podrían comparar con las de El Dorado imaginario. Golondrinas blancas, camungos –inmensas aves negras con un cuerno en la frente–, garzas azules, nutrias gigantes… Y la estrella local: en el agua, entre los ríos Ucayali y Marañón, los delfines rosas –endémicos de esta zona– hacen sus particulares piruetas para asombro de los presentes. Los guías nos cuentan que la pesca de pirañas es aquí base de la alimentación de los indígenas, a los que se puede visitar en temporada seca debido a la mayor accesibilidad del terreno. En esa época también es posible divisar victorias regias, nenúfares gigantes con un metro de diámetro.

 

La travesía a bordo del “Delfín” es otra experiencia fabulosa para los sentidos. La embarcación, de corte clásico, parte igualmente de Iquitos. Sus siete camarotes están completamente equipados con detalles como almohadas de látex para prevenir las alergias y sábanas de rico algodón. Amanece pronto y con la suave luz que inunda el entorno apetece un sabroso desayuno, que se puede degustar en la coqueta sala de estar, un espacio abierto revestido con suelo de madera.

 

La amplia biblioteca ofrece la posibilidad de documentarse sobre el Amazonas y la selva peruana, algo aconsejable si se quiere disfrutar al máximo de cada excursión. Tras este momento de tranquilidad llega la hora de subirse a los botes y comenzar la aventura. Los itinerarios varían en función del número de días que el pasajero permanezca a bordo. Los guías locales, grandes conocedores del terreno, se encargan de dirigir la expedición a lugares como la Quebrada de Tamishiyacu, el río Tahuayo o el río Yarapa, donde se asienta la comunidad de Puerto Miguel, que habita en un entorno donde parece que el tiempo está detenido. Sus miembros deleitan a los presentes con maravillosas artesanías, fruto de su esfuerzo para mostrar al visitante la riqueza de sus tradiciones.

 

El río y la vida que lo rodea nunca se mueven de su sitio, pero a cada minuto se muestran diferentes. Por eso este pequeño universo pide a gritos venir a conocerlo.

 

Cómo llegar

 

LAN Airlines (www.Lan.com, Tel.: 902 112 424) ofrece vuelos diarios y directos a Iquitos –operados por LAN Perú y con conexión en Lima–, capital del departamento de Loreto y ciudad desde la que

parten las embarcaciones que ofrecen estos cruceros de lujo.

Iquitos está rodeada de agua, por lo que también se puede llegar por el río desde Pucallpa, aunque esta opción no merece tanto la pena, ya que la travesía tiene una duración de cuatro a seis días.

Iberia (www.Iberia.es, Tel.: 902 400 500) también conecta a diario la capital española con Lima, desde donde se puede volar hasta Iquitos con LAN.

 

Horas de viaje

 

Desde Madrid hasta Iquitos, contando con la conexión en Lima, el viaje tiene una duración de 22 horas. Desde Madrid a Lima el vuelo dura doce horas, y una hora y cuatro el vuelo Lima-Iquitos.

 

Tipo de viaje

 

Naturaleza, descanso y aventura.

 

Mejor época para viajar

 

Las lluvias se producen entre noviembre y abril, y de mayo a octubre tiene lugar la estación seca con chaparrones de gran intensidad pero de poca duración. El clima de la selva se caracteriza por su elevada humedad –entre el 80% y el 100%– y una temperatura media anual de 28 oC.

 

Estancia mínima

 

Cuatro días.

 

Cruceros

 

Hay dos empresas que se ocupan de ofrecer los cruceros por el Amazonas. Amazon Expeditions Voyages (www.AmazonExpeditionsVoyages.com) brinda la posibilidad de pasar a bordo de su embarcación “Delfín” tres, cuatro o siete noches.

Cuenta con un total de siete camarotes, cuatro situados en la cubierta principal y tres en la superior. Todos ellos están equipados con baños privados con ducha, almohadas de látex para prevenir las alergias, sábanas 100% de algodón, batas de baño y aire acondicionado.

La cubierta de observación y área de descanso tiene una superficie de 140 m2 con suelo de madera.

 

En ella se ubica un bar con cómodas sillas reclinables y mullidos sofás, equipado con reproductor de Video/DVD y pantalla de plasma, cuatro ventiladores de techo, amplia biblioteca con volúmenes sobre el Amazonas y parrilla. El espacio está completamente abierto, aunque existe la posibilidad de cubrirlo con cortinas de plástico cuando se producen lluvias. En la cubierta superior se emplaza el comedor, con capacidad para catorce comensales. El espacio dispone de paneles de madera, ventanas panorámicas y aire acondicionado. La cocina es de acero inoxidable y cuenta con una ventana a través de la cual se puede observar al chef mientras prepara sus recetas. Para las excursiones, el “Delfín” está equipado con dos botes de aluminio para ocho personas cada uno, ponchos de plástico y botas de jebe, linterna para salidas nocturnas y cañas de pescar.

 

Los itinerarios varían dependiendo del número de noches de alojamiento. El paquete de tres noches y cuatro días incluye excursiones a la Quebrada de Tamishiyacu, donde se puede explorar la vida salvaje de esta zona, un rico compendio de flora y fauna que no deja a nadie indiferente. En la expedición al río Tahuayo, de aguas negras, y sus lagos colindantes, los visitantes se adentran en la selva amazónica para contemplar el desarrollo de pequeñas poblaciones ribereñas que se dedican a la pesca y al cultivo de frutas exóticas. También se pueden avistar aves como garzas, gavilanes y jacanas, así como monos y perezosos.

 

Durante el tercer día se explora el río YanaYacu con el objetivo principal de pescar pirañas, ya que existen 25 especies diferentes y para los indígenas son una fuente importante de alimentación. En esta excursión también se puede observar la preciosa “ave del cuerno”, que suele anidar en este tipo de hábitat.

 

La tarde está ocupada con el avistamiento de diferentes tipo de delfines como el rosado o los delfines grises. El cuarto día se emplea en recorrer el río Yarapa y la comunidad de Puerto Miguel, donde se puede adquirir artesanía de alta calidad elaborada por los nativos a base de maderas exóticas, semillas y fibras de palmeras. Si eligen el itinerario de cinco días y cuatro noches podrán recorrer lugares como Río Ucayali, Yanallpa, el río Dorado, el río Puinahua, el Lago Atún Poza, el río Pacaya, el Lago Caro Curahuayte y las Islas Jóvenes. El itinerario de ocho días y siete noches es el más completo e incluye prácticamente todo lo descrito anteriormente.

 

Los precios varían dependiendo del número de noches, pero a modo orientativo, el paquete de tres noches y cuatro días tiene una tarifa de 825€ por persona en camarote doble y 2.180€ por persona en camarote individual. El precio incluye traslados de/hasta Iquitos, entrada a la Reserva Nacional Pacaya Samiria, asistente de equipaje en el aeropuerto y puerto, todas las comidas y todas  la excursiones con guía bilingüe.

 

No incluye el impuesto del aeropuerto ni las bebidas alcohólicas que se consuman a bordo.

 

Por su parte, la empresa Aqua Expeditions (www.AquaExpeditions.com) ofrece itinerarios de  tres, cuatro y siete noches a bordo del M/V Aqua.

 

La embarcación cuenta con ocho suites y cuatro Master suites, todas ellas con vistas panorámicas, aire acondicionado y sábanas 100% algodón peruano.

 

Además están decoradas con fotografías sobre el Amazonas realizadas por el francés Jean Claude Constant.

 

El restaurante está completamente equipado y en él podrán disfrutar de una experiencia gastronómica inolvidable, ya que la cocina está liderada por Pedro Miguel Schiaffino, uno de los chefs más reconocidos de Perú, que prepara platos de influencias peruana y europea, todo ello acompañado de un largo listado de vinos de excelente calidad.

 

El bar es un agradable espacio estilo casual y es el entorno ideal para tomarse un cóctel al atardecer.

 

Las excursiones varían en función del número de días de alojamiento, pero se recorre un tramo del Amazonas a través de los ríos Marañón, Ucayali y Puinahua –puedes consultar todos los itinerarios al detalle en su página web–.

 

Se organizan excursiones durante todo el año y las tarifas varían en función del número de días.

 

Pasar tres noches en una suite tiene un precio de 1.495€ por persona en ocupación doble. En la Master suite, son 1.600€ por persona en ocupación doble. Los precios incluyen todas las comidas con vino, excursiones, traslados de/hasta el aeropuerto, y entrada en el Parque Nacional Pacaya Samiria. El precio no incluye las bebidas del bar ni las propinas de la tripulación y los guías.

 

Los niños menores de 12 años deben pagar un suplemento de 250€ por noche

Parque Tayrona. Colombia

Son las 13,00 p.m. en el aeropuerto de Barajas y después de comprobar los horarios en las pantallas informativas parece que nuestro vuelo con Avianca sale en hora. Tenemos por delante un trayecto de diez horas y media hasta el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, ciudad donde realizaremos nuestra primera escala y que nos servirá de puente para llegar a nuestro destino final, la ciudad de Santa Marta, al norte de Colombia, donde se encuentra el Parque Nacional Natural Tayrona.

Esta ciudad, donde murió el libertador Simón Bolívar, fue fundada en 1525 y está considerada como la más antigua del continente, así como uno de los principales destinos turísticos del país. Después de recorrer los nueve mil kilómetros que nos separan de España y tras una hora de vuelo desde Bogotá, llegamos al aeropuerto Nacional Simón Bolívar, en Santa Marta. El cielo nos recibe nublado y con una temperatura que debe rondar los veintidós grados centígrados, aunque a decir verdad en ningún momento tenemos sensación de calor. Seguramente esto es debido a la seca brisa con que nos obsequia la cercana y majestuosa SierraNevada de Santa Marta, declarada por la Unesco Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad en 1973.

Está cayendo la noche y después de organizarnos con el equipaje tomamos un transporte para iniciar la hora de camino que nos resta hasta Cañaveral, una de las tres puertas de acceso al parque nacional Tayrona, y lugar donde se encuentra nuestro alojamiento. La barrera escoltada por el personal de seguridad nos indica que hemos llegado por fin a nuestro destino.

Después de pasar el control llegamos a un edificio que parece hacer de recepción. Sorprende el hecho de que aun siendo una edificación más bien moderna, se encuentra perfectamente integrada en el entorno natural que la acoge. Este complejo lo componen catorce cabañas denominadas Ecohabs, hechas de madera, con techos de fibras vegetales de forma cónica y con capacidad para entre cuatro y seis personas. Cada cabaña consta de dos plantas con un techo de paja que parece querer evocar las antiguas viviendas indígenas, pero con todas las comodidades y servicios que ofrece un hotel de cinco estrellas, incluida una playa de más de un kilómetro de extensión.

Tayrona se encuentra en el extremo norte de la Sierra Nevada de Santa Marta y por su variedad topográfica, disfruta de distintos ambientes que hacen de este lugar un verdadero paraíso terrenal. Lo tiene todo, un mar de aguas cristalinas, playas espectaculares, paisajes maravillosos, montañas de hasta novecientos metros que llegan hasta el mar, flora, fauna y vestigios arqueológicos.

La “mano grande”, como se la conoce por su parecido con este miembro, está formada por una especie de dedos que forman las bahías de Chengue, Gairaca, Cinto, Neguange, Palmadito, Guachaquita y Concha.

Este paraíso de 83 kilómetros de playas y montañas cubiertas por selva tropical da cobijo entre otros habitantes a las mortales serpientes mapanás, a los jaguares y a los monos aulladores, y cuenta además con El Pueblito Chairama, que junto a la Ciudad Perdida forman dos de los vestigios indígenas más importantes de la cultura prehispánica tayrona.

La primera noche, después de disfrutar de una agradable cena en el complejo y recabar información sobre los lugares de interés, nos decidimos a empezar nuestro recorrido planificando para el día siguiente una visita a la zona arqueológica de El Pueblito.

El día empezó muy temprano, pues madrugar es más que recomendable cuando tienes una jornada de más de seis horas de camino y puede apretar el sol. Aunque existen dos rutas para llegar a El Pueblito, elegimos como punto de partida el acceso que se encuentra en el kilómetro veinte de la carretera Troncal del Caribe, conocido como Calabazo –otra ruta sale desde Cañaveral hasta Arrecifes, y desde allí nos obliga a caminar quince kilómetros por una ruta repleta de piedras–.

La entrada por esta zona se realiza a través de una vereda empinada y bastante solitaria que va incrementando su dificultad a medida que vamos ascendiendo. El camino cada vez es más duro, pero según avanzamos vamos disfrutando de parajes tan espectaculares que hacen que nuestro esfuerzo se vea gratamente recompensado. El ambiente es fresco y de momento, con nuestras baterías totalmente cargadas, vamos devorando metros sin darnos apenas cuenta. Tras dos horas de subida zigzagueante, realizamos nuestra primera parada para recobrar fuerzas y disfrutar de las vistas que nos ofrece la sierra.

Una pequeña serpiente de colores vivos pero perfectamente mimetizada con el follaje nos observa a medio metro de distancia, mientras un águila solitaria marca con vuelos rasantes el lugar elegido para intentar hacerse con alguna víctima despistada y un cucarachero ruiseñor nos deleita con una de sus mejores melodías, un espectáculo poco habitual en otras partes del mundo, pero esto es la Sierra Nevada de Santa Marta, esto es Tayrona. Una vez avanzada la marcha y muy cerca de El Pueblito, nos vimos sorprendidos por los aullidos de un mono aullador, una de las cuatro especies de monos con las que cuenta el parque. Estos monos emiten un gruñido que se puede escuchar a varios kilómetros de distancia, y en algunos momentos –si se encuentran cerca– pueden resultar verdaderamente sobrecogedores.

Por fin, tras cuatro horas de esfuerzo intenso nos hayamos frente a una gran roca cubierta de musgo con una serie de dibujos esculpidos en ella. Estamos en la entrada a El Pueblito Chairama. El Pueblito era en la antigüedad una ciudad formada por 250 terrazas de cultivos, puentes, templos y plazas empedradas, comunicadas entre sí por calles de piedra y con un sistema de canalización de agua que demuestra el gran conocimiento que poseían los tayrona en el terreno de la ingeniería y la arquitectura. Sus calles están perfectamente señalizadas con piedras, y lo que antes podían ser lugares donde almacenar enseres o las propias viviendas de los nativos, hoy sólo se muestran como restos de piedras amontonadas.

Dos cabañas indígenas que siguen en pie en el centro de la ciudad dotan al lugar del misterio necesario para sentirnos en un lugar mágico. La ciudad se encuentra casi desierta. Sólo un niño de tez morena con un vestido blanco hasta las rodillas y una larga cabellera se dedica a seguirnos intentando ocultarse entre los árboles sin éxito alguno. Es un kogui, asevera el guía viendo nuestra cara de sorpresa. Aunque en la sierra existen gruposétnicos como los wiwas, arhuacos y kankuanos, sólo los koguis son considerados descendientes directos de los tayrona. Después de empaparnos de historia y de alguna que otra leyenda acerca de los koguis, emprendemos el camino de vuelta en dirección a Cabo San Juan de Guía. El recorrido, que dura dos horas y media, aunque duro resulta muy ameno. En esta selva que derrocha vida se mezclan los sonidos generados por los inmensos árboles con los de las pequeñas serpientes y ranas que asoman curiosas a nuestro paso. Al final del camino dos imponentes piedras apoyadas una sobre otra crean una especie de túnel que, como si de una máquina del tiempo se tratase, nos deja vislumbrar en su otro extremo el paisaje que nos brinda el Cabo San Juan de Guía. No sin cierta dificultad lo atravesamos y pasamos del impresionante bosque selvático a un maravilloso paraje caribeño. Y es que Tayrona dispone de más de 85 kilómetros de costa con playas vírgenes, bahías de aguas tranquilas y cristalinas, y lugares increíbles para pasear, montar a caballo y bucear.

Cuando por fin cae la noche, bajo un cielo plagado de estrellas y rodeados por esta selva mágica salpicada de montañas, aprovechamos para reponer fuerzas en nuestra hamaca mecidos por la suave brisa del Caribe, porque esto es Sierra Nevada de Santa Marta; esto es Tayrona

Chiapas. El legado de los mayas en México

Caminando por las calles de San Cristóbal de las Casas, cuando la luna ya se deja ver, el firmamento se oscurece y el bullicio de las aceras está en su máximo apogeo, nos damos cuenta de lo especiales que pueden ser las cosas en este rincón casi desconocido del suroeste de México.

Nos encontramos en una de las más bellas ciudades de la región de los Altos de Chiapas, de arquitectura colonial e intrincadas calles tenuemente iluminadas, con tiendas abiertas hasta altas horas de la noche en las que se ofrecen ámbar –Chiapas es el segundo productor del mundo de esta resina–, máscaras mayas, medicamentos en farmacias –casi almacenes– a pie de calle, y donde, según nos cuentan, se siente que el mundo indígena sigue vivo, mucho más vivo de lo que estaba antes de la revolución del subcomandante Marcos en el año 1994. Ellos, que habitan en comunidades cercanas a San Cristóbal, son los que dominan los mercados de la calle, la venta ambulante, las tallas de madera, los tejidos de llamativos colores, losalgodones dulces envueltos en plástico.

Y durante el día también son los dueños y señores del mercado José Castillo Tielemas, de estrechos pasillos donde el rojo intenso del chile convive con el amarillo natural de los pollos, los frijoles multicolores y patatas que todavía conservan la tierra porque han sido cosechadas horas antes. Si para ellos sobrevivir es una aventura a la que dedican el día completo desde hace años, para nosotros, recién llegados, es cuando realmente empieza nuestro viaje.

Mayas del siglo XXI

 

El mundo de los indígenas era algo que nos atraía sin remedio, incluso mucho más que la exuberante vegetación, las especies únicas que habitan en este estado mexicano o edificios tan emblemáticos de San Cristóbal como la Iglesia de San Nicolás, la de Santo Domingo o el Palacio Municipal. Por ese motivo, uno de nuestros principales objetivos era visitar algunas de esas comunidades indígenas y comprobar cómo sobreviven y cuáles son sus costumbres, que apenas han variado a lo largo de los siglos y que son las que atraen la curiosidad de los visitantes, en su mayoría procedentes de otros estados mexicanos.

Tomamos un colectivo, una furgoneta de unas diez plazas que utilizan los oriundos para desplazarse entre comunidades. Las carreteras no son fáciles y el modo de conducir no facilita tampoco las cosas. No hay autopistas y las estrechas carreteras que unen los pueblos están jalonadas de topes, badenes colocados por los propios indígenas para evitar que los automóviles alcancen altas velocidades. Esto obliga a reducir la marcha con demasiada frecuencia, sin contar con lo molesto que es estar dando saltos en tu asiento cada dos por tres.

Tras pasar más tiempo del normal para recorrer los diez kilómetros que nos separan de San Juan Chamula llegamos a este pueblo situado a 2.660 metros sobre el nivel del mar, habitado por gente aguerrida que vive de la agricultura y la ganadería y que mantiene las ancestrales costumbres de sus antepasados mayas. De hecho, los 35.000 habitantes de San Juan pertenecen a la familia maya de los tzotziles y, además de hablar tzotzil y mantener la vestimenta típica –faldas y pantalones de lana, coloridas camisas y el chuj, un chambergo de lana–, tienen una autonomía única en México, ya que nadie, ni siquiera el gobierno estatal, puede inmiscuirse en los asuntos del pueblo. Tanto es así, que tienen su propia policía, cuentan con un consejo de ancianos, sólo se relacionan con miembros de la misma comunidad, prohiben que los turistas les hagan fotografías porque creen que les roban el alma y si algún miembro de la comunidad decide cambiar de religión, es expulsado fulminantemente, desterrado.

La cuestión de la religión es un hecho que nos sorprendió, sobre todo cuando fuimos testigos de las extrañas prácticas pseudomágicas que se llevaban a cabo en el interior de la iglesia de San Juan, en la plaza principal del pueblo. El interior del templo carece de los bancos corridos característicos de las iglesias católicas y tampoco tiene altar. En su lugar, las imágenes de los santos católicos están colocadas en los laterales de la nave, dejando espacio para la presencia de músicos tradicionalistas y velas en el suelo.

 

La magia maya

 

Caminamos sobre las agujas de pino que cubren el suelo y observamos atónitos cómo se practica la magia maya, con los iloles o pulsadores, encargados de la salud de la comunidad. Allí, de rodillas, rodeados por el espeso humo del incienso y arropados por la tenue luz de las velas, el brujo toma el pulso a la persona enferma y le dice si su enfermedad es fría o caliente. Se valen de gallinas, a las que después matan con un golpe seco en el cuello para quitar los males del alma, y utilizan coca cola porque creen que, con el acto de eructar, también se expulsan los males del interior del cuerpo.Estas prácticas son sólo una muestra de la fe que tienen los descendientes mayas en la medicina tradicional. No en vano, creen que la naturaleza está por encima de todo, explican el funcionamiento del cuerpo a través de las leyes naturales y creen que cualquier cambio en la comunidad o en la familia afecta a la persona pudiendo ser causa directa de una enfermedad.

Por eso no sólo acuden a los médicos indígenas en busca de sus remedios, sino que utilizan diferentes tipos de plantas medicinales y distintos rezos para prevenir enfermedades. Incluso las mujeres embarazadas no van al médico, sino que son las parteras quienes las atienden en su propio domicilio, con todos los riesgos que todo ello conlleva. Muy diferentes son la comunidad y las gentes de Zinacantán (en maya, lugar de murciélagos), a pocos kilómetros de San Juan Chamula y a 18 kilómetros de San Cristóbal de las Casas siguiendo la carretera Panamericana. Se trata de una comunidad tzotzil muy distinta a la anterior, cuya principal ocupación es el cultivo de flores en invernaderos. Al llegar al pueblo se acercan los niños para invitarnos a ir a su casa, brindándonos una oportunidad de oro para admirar de cerca su peculiar estilo de vida. Acudimos a una y en su interior no sólo encontramos un altar con los santos a los que los habitantes de la casa profesan devoción –en este caso Nuestra Señora de Guadalupe y San Judas Tadeo, rodeados de velas, flores y un vaso de agua, como manda la tradición–, sino que conocemos a María, una mujer que pasa todo el día de rodillas manejando un telar de cintura, confeccionando prendas y telas con diseños típicos indígenas que más tarde tratará de vender a los turistas que lleguen al pueblo. Además, allí nos ofrecen posh o pox, un licor que preparan con dulce de canela o con hibisco –que por estas latitudes se conoce como jamaica–, y nos ofrecen probar su cocina tradicional, picante y poco recomendable para aquellos con problemas de estómago.

 

Ciudad de piedra

 

El pasado maya es algo que aún está muy presente en los habitantes de las comunidades de Chiapas. No en vano, el patrimonio histórico y arqueológico que poseen es inabarcable. No hablamos de la archiconocida Palenque, una de las ciudades mayas más impresionantes de México, sino que nos referimos a otro lugar menos conocido y no por ello menos espectacular: Toniná, cuyo significado es casa de piedra (Ton Na). En los años ochenta del siglo pasado un grupo de arqueólogos descubrieron unas piedras en una colina de cien metros de altura, se empezó a excavar y la montaña reveló su secreto. Se descubrió una ciudad de piedra inmensa y, aún hoy, se sigue excavando y desvelando nuevos secretos sobre ella.

Llegar hasta aquí es una tarea ardua, al igual que manejar un coche por las carreteras chiapanecas: además de los topes, es posible adelantar invadiendo el carril contrario, obligando al coche que viene de frente a invadir el arcén, que se convierte en un segundo carril improvisado. De hecho, las carreteras están jalonadas con letreros del tipo “Utilice la extrema derecha”, en referencia al uso del arcén. Las normas de circulación no están muy claras y hasta que el viajero se acostumbra la conducción ésta resulta, cuanto menos, amenazante.

Sin embargo, las gentes de Chiapas no son en absoluto amenazantes y sus costumbres aparecen ante nuestros ojos como una excelente muestra del colorido típico de este estado mexicano. El día anterior a nuestra llegada a San Cristóbal de las Casas tuvimos la oportunidad de asistir, en el restaurante de comida típica chiapaneca más reconocido de Tuxtla Gutiérrez, a un espectáculo de bailables, que es como en la zona denominan a los bailes tradicionales. Ante nuestros ojos, y con el único apoyo musical de la marimba –una especie de xilófono de madera hecho a mano–, se desplegaron toda clase de vestimentas que, de coloridas, casi hacían daño a los ojos. Uno de esos bailables fue el que vimos al día siguiente en Chiapa de Corzo, la primera ciudad fundada en Chiapas por los españoles.

Sus calles se engalanan durante todo el mes de enero en honor al Señor de Esquipulas, el patrón de la localidad, y los habitantes se convierten en parachicos para honrar la leyenda de María de Angulo, una dama española que surtió de alimentos al pueblo durante la hambruna de mediados del siglo XVIII como agradecimiento a unos curanderos que devolvieron la salud a su hijo. Para ello se enfundan coloridos trajes y cubren sus rostros con caretas de tez pálida con las que imitan el color de piel de los españoles, y así recorren las calles un día tras otro durante el mes de enero tocando flautas tradicionales, atronando a la multitud con pequeños tambores y haciendo breves escalas en diferentes viviendas para cantar delante de sus altares.

 

Paredes de un kilómetro

 

Si de leyendas hablamos, existe una muy conmovedora que se refiere al suicidio colectivo de los chiapanecos cuando vieron que su lucha para no ser sometidos por los españoles iba a ser inútil. Antes que verse siendo esclavos de los conquistadores, familias enteras chiapanecas se arrojaron desde la cima de un precipicio hacia las aguas del río que atraviesa el Cañón del Sumidero, hoy llamado Grijalva, por el que tuvimos la oportunidad de navegar. Son 42 kilómetros navegables desde Chiapa de Corzo –lugar desde donde partió la barcaza– hasta la central hidroeléctrica Chicoasén, lugar en el que se debe regresar al punto de partida. Durante la travesía por estas aguas que llegan a alcanzar profundidades de hasta 250 metros, se disfruta de una impresionante panoplia de fauna. Tendidos al sol, y tomando la energía que necesitan de él, observamos cocodrilos e iguanas que intentan confundirse con la maleza que alcanza las aguas. Sobre nosotros sobrevuelan bandadas de cormoranes y pelícanos vemos zopilotes –enormes parientes de los buitres– secando su plumaje en la orilla o comiendo carroña, garzas grises sobre las rocas y garzas blancas sobre las ramas de los árboles.

Nos rodean manglares, chapotes, sauces, caobas, guajes y árboles guanacastle, cuyo significado en idioma náhuatl es “oreja”, ya que su semilla tiene una forma similar a ella.Pronto dejamos la flora y la fauna para adentrarnos en el Cañón del Sumidero, llamado así porque hasta los años sesenta había una cascada de 150 metros de altura infranqueable para cualquier navegante. Durante 35 kilómetros navegamos entre impresionantes paredes verticales de hasta mil metros de altura formadas por la acción de la Naturaleza durante más de 36 millones de años. Durante el recorrido vimos fantásticas formaciones rocosas como la del Caballito de Mar –que imita la forma de esta bonita especie marina–, la Cueva o Capilla de Colores –cuyas diferentes tonalidades han sido producidas por el sulfato de calcio, magnesio y zinc tanto del agua filtrada como de los propios minerales de la roca–, o el Árbol de Navidad, una curiosa formación recubierta de vegetación cuya forma es exacta a la de un abeto, y a la que sólo le faltan las bolas de colores y las bombillas para hacer honor a su nombre.

 

Exuberante vegetación

 

Pero la vegetación, los espectaculares paisajes y la aventura no acaban en el Parque Nacional Cañón de Sumidero, sino que continúan en el Parque Amikúu –parada casi obligada en el recorrido del Cañón y donde se puede practicar tirolina, rappel o kayak, e incluso acariciar y sostener entre los brazos a una hermosa pitón–, en el centro ecoturístico de El Chiflón, con tres hermosas cascadas –El Suspiro, Ala de Ángel y Velo de Novia– y, sobre todo, en el Parque Nacional Montebello.

Desde San Cristóbal de las Casas, siguiendo la carretera Panamericana, son más de dos horas de viaje, un recorrido que, en circunstancias normales y con carreteras adecuadas, no duraría más de media hora. Decretado Parque Nacional en 1959, el lugar está a 58 kilómetros de la ciudad de Comitán y está formado por 59 hermosas lagunas rodeadas e bosque cuyas aguas, cuando incide el sol sobre ellas, varían de tonalidad de forma espectacular, sobre todo en las lagunas de Tziscao o Pojoj, nombre que toma de una palma que nace entre las rocas.

Pero se debe elegir bien el día de visita: suele ser frecuente que las brumas cubran la zona y que un día soleado se convierta, tan sólo cinco kilómetros más allá, en un mar de nubes y lluvia.La aventura en México llega a su fin. Ahora toca relajarse y disfrutar de un sabroso café orgánico, producto del que Chiapas es el primer productor del mundo, y de hacer unas compras, que pasan por adquirir una pieza realizada con el afamado ámbar chiapaneco y una típica máscara maya.

 

El tesoro chiapaneco

 

Chiapas es el segundo productor mundial de ámbar del mundo y nadie puede irse de aquí sin haber adquirido una pieza realizada con esta resina que, en el 90% de los casos, se extrae en tierras de Simojovel, a 130 kilómetros de Tuxla Gutiérrez. En esta región hay un total de trece zonas mineras conformadas por montañas de difícil acceso, donde el ámbar se extrae a mano y con la única ayuda de un cincel y una vela que dé luz.

En lengua tzotzil, una de las muchas que aún se hablan en Chiapas, se llama pauch, y los aztecas lo llamaron apozonalli, que en idioma náhuatl significa espuma de agua. Pero hay que tener cuidado a la hora de adquirir una pieza. Es habitual que nos ofrezcan ámbar por las calles, pero normalmente se trata de plástico, por eso es mejor adquirir las piezas en tiendas especializadas. Y si todavía nos quedan dudas, lo mejor es hacer una rápida visita al Museo del Ámbar en San Cristóbal de las Casas, donde se exhiben más de 300 piezas y se explica la historia de esta resina, así como la mejor manera de distinguir un ámbar auténtico de uno falso.

A través de los campos de hielo sur. Patagonia chilena.

Contrariamente a lo que cabría pensar, no es el frío la sensación que impregna el escenario, sino la quietud. Una sobrecogedora quietud que empapa la atmósfera. La visión de la masa helada de los eternos hielos patagónicos nos produce una rara sensación de calma y miedo a la vez. Estamos en el corazón de los Campos de Hielo Sur. Hemos surcado los canales Sarmiento, Pitt y Concepción y el fiordo Peel, y a través del paso Kirke hemos arribado a los glaciares Amalia, el Brujo, el espectacular anfiteatro del fiordo Calvo y recorrido a pie las masas heladas del Bernal. Y vamos a contarles la historia.

 

Unas semanas antes habíamos tomado contacto con Michel L’Huillier, representante en España de la compañía Skorpios. Nos habían contado que un barco de un naviero griego operaba la zona virgen de los Campos de Hielo Sur, en la Patagonia chilena. Así era y así lo confirmamos: el veterano capitán Constantino Kochifas, al mando del Skorpios III, recorría desde hacía años los glaciares de la zona creando una experiencia turística ineludible para los amantes de la aventura, la gastronomía y el hielo.

Partimos para Chile con algo de desconcierto a causa del terremoto acaecido días antes. Nuestra primera sorpresa fue la naturalidad con la que en el aeropuerto de Santiago se desarrollaban las labores de entrada y salida de viajeros. Es evidente que la gente de Chile está acostumbrada a los seísmos y sabe resolverlos de manera expedita. Apenas se notaban ya las huellas psicológicas de un temblor que en otra parte del continente americano habría destruido la mayor parte de los edificios. Se las arreglan bien en estos temas y a los pocos días ya tenían solucionados la mayoría de los inconvenientes lógicos tras un acontecimiento de tal calibre.

Del calor de Santiago, un salto al sur de “tan sólo” tres mil kilómetros y ya estábamos en la Patagoniachilena. En Chile las distancias son enormes, y por eso desplazarse ese trayecto apenas supone nada. Hemos llegado a Punta Arenas y allí nos recibe el indio Patagón reproducido en bronce, sentado bajo la estatua erigida en recuerdo del explorador y navegante Magallanes.

Los pies del indio están pulidos por el roce de las manos de los visitantes… dice la leyenda que tocándolo se asegura uno la vuelta a Patagonia en otro viaje.

En Punta Arenas ya se respira un aire limpio y el aspecto cuidado de las calles nos recuerda quizá al centro de Europa. Modernos hoteles se levantan hoy día en esta pequeña pero cosmopolita ciudad del fin del hemisferio sur.

Por carretera nos desplazamos hacia Puerto Natales, lugar desde donde más tarde zarpará nuestro barcohacia los glaciares. Todo el trayecto es una inmensa planicie esteparia que relaja nuestra vista.

De camino queremos visitar la famosa pingüinera de Otway, y desviándonos un poco hacia el oeste llegamos a la costa. Una colonia de pingüinos juguetones nos da la bienvenida entre los empujones de un viento racheado que parece hacerles tambalearse aún más si cabe cuando inician su divertido caminar. Ya no es época de cría pero aún quedan los más rezagados antes de partir mar adentro para varios meses. Después de pasar un rato divertido ponemos rumbo a nuestro puerto de destino.

PUERTO NATALES, PUNTO DE PARTIDA DEL CRUCERO

Hemos llegado un día antes de que zarpe el Skorpios III, así que, a modo de aperitivo y para tomar contacto con la realidad de la zona, indagamos qué glaciar es más accesible desde Puerto Natales y puede visitarse en el día por algún medio. Encontramos una pequeña embarcación que hace la ruta al glaciar Serrano, un ventisquero pequeño pero muy a mano y, sin titubear, nos subimos a ella en una mañana nítida, preciosa, fresca pero soleada, cosa que en estas latitudes es de agradecer. Lo primero que divisamos a proa es una mole blanca que parece salir del agua. Se trata de la silueta perfectamente dibujada del monte Balmaceda y su lengua helada. El agua es azul brillante y hace de espejo en el que se miran las cascadas que caen desde las verdes laderas que hay a nuestro paso. A babor y al fondo del paisaje se dibuja, esta vez en claroscuros, el perfil de los picos que forman las Torres del Paine, hoy visibles desde tal distancia por las condiciones tan limpias de la atmósfera. Y en una hora más de navegación llegamos hasta un pequeño embarcadero en el que descendemos a tierra. Ya a pie atravesamos un verde bosque de lengas y recorriendo un camino llegamos a la laguna donde se deshiela el glaciar Serrano.

Su espectacularidad ese día, a pleno sol, produce una imagen de postal, colocado al fondo del valle y marcando su perfil contra el azul del cielo impoluto, como si de una foto se tratara… parece demasiado a mano, y quizás por eso no nos impresiona tanto. Pero bueno, al menos ya hemos tenido un primer encuentro con los hielos, aunque suave, por lo que, contentos, regresamos a dormir al hotel de Puerto Natales en espera de lo que será el plato fuerte de la zona, nuestro anhelado crucero.

El día siguiente amanece gris por aquello de los constantes cambios de la climatología de la zona. EnPatagonia dicen que en un día se dan las cuatro estaciones juntas, algo que a lo largo del viaje tendremos oportunidad de confirmar. Estábamos impacientes por conocer el que sería nuestro próximo hogar marinero y por eso habíamos ido la tarde anterior a tomar contacto con el flamante Skorpios III, así que por la mañana ya sabíamos qué camarote sería el nuestro y sólo faltaba que nos presentaran al capitán. Tomamos acomodo a bordo y aguardamos la tarde para zarpar.

La primera noche de crucero ya fue una sorpresa: nos habían reservado asiento en la mesa del capitán, así que conocimos a Constantino mientras nos servían la cena. ¡Todo un lujo! Es de esas personas que te transmiten energía. No paró de contar historias a cuál más interesante. A sus 79 años y con vocación desde niño todavía es feliz tripulando un barco… su barco. Él lo diseño, lo construyó y lo hace navegar por los canales y fiordos patagónicos. Mimí, su esposa, lo alienta y en su compañía él se anima aún más narrando nuevas historias, como todo buen capitán que se precie.

“El barco está a vuestra disposición, podéis bajar a la sala de máquinas, subir al puente de mando, entrar donde queráis porque lo he hecho para vosotros, para que disfrutéis”. “Aquí no hay impedimentos para nadie” proclama a los cuatro vientos Constantino.

Nuestros compañeros de mesa junto al capitán y Mimí son Cristian –el médico de a bordo– y su ayudante Jorge, Fernando –el showman y relaciones públicas del barco–, Mónica –una simpática y alta india de Atacama– con Werner –su pareja–, y Marcela, una invitada de la Oficina de Turismo chilena. Después de una inolvidable cena con presentaciones cruzadas dormimos plácidamente mecidos por los suaves vaivenes del barco que sigue navegando.

EL MÁGICO ENCUENTRO CON LOS HIELOS AZULES

Nuestros ojos no dan crédito al espectáculo. Un azul misterioso envuelve la atmósfera mientas amanece. Anclado frente a una barrera helada, el Skorpios III nos ha llevado en la noche a otro mundo. Se respira paz, grandiosidad, dramática quietud interrumpida a veces por el ronco estruendo lejano del crujir de los hielos milenarios. Nos quedamos casi tan petrificados como el escenario que se nos presenta, contemplando el glaciar que se dibuja con las luces del alba. ¡Esto ya es otra cosa! No sabemos muy bien cómo hemos llegado pero estamos ante un coloso helado de tres kilómetros de frente. Es el glaciar Amalia, que se presenta exultante ante nuestros ojos. La luz va cambiando y los tonos azules se van difuminando ocupando su lugar los blancos puros y las transparencias de los cristales de hielo. Nos quedamos un buen rato absortos ante tan colosal magnitud y, poco a poco, volvemos a la realidad. Es hora de acercarse aún más a los hielos.

El capitán da orden de arriar los botes. En barcazas de madera que nos recuerdan a las de los antiguos balleneros flotamos entre los hielos desprendidos del glaciar. Poco a poco nos vamos acercando a la pared helada y en un punto paramos los motores como esperando un acontecimiento. En efecto, pocos minutos más tarde el hielo de la pared de noventa metros que tenemos frente a nosotros cruje, y un inmenso pedazo se desmorona estrepitosamente. Volvemos a poner en marcha el motor de la barcaza para afrontar la posible contingencia de la ola que seguidamente a la caída del bloque helado se ha formado y que avanza hacia nosotros.

Lo que vemos a continuación es cómo esa masa helada emerge de nuevo como un balón repleto de aire que hubiéramos hundido y que vuelve a flotar. La punta de hielo que asoma en la superficie es tan sólo un tercio del total del témpano desprendido y queda a la deriva sobre el agua. Durante toda la mañana, varios desprendimientos más sorprenden nuestra pupila y ruidos lejanos que proceden del interior de la lenguaglaciar quedan en nuestro oído confirmando que aquello se mueve. ¡Es naturaleza viva!

De nuevo a bordo nos espera la relajación entre tanto sobresalto y más tarde una buena mesa en la que seguir compartiendo con el capitán sus vastas experiencias y sus cuentos de lobo marino.

Ha pasado la jornada y el Skorpios III sigue su silencioso crucero hacia el fondo de los Campos de Hielo Sur.

Durante la noche hemos navegado los canales Sarmiento, Esteban, Castro y García Domínguez. Con las primeras luces del alba entramos en el fiordo Calvo y el paisaje que se abre ante nosotros es indescriptible. Un anfiteatro natural de montañas por las que bajan lenguas de hielo rodea todo lo que abarca nuestro ángulo de visión. Fondeamos el Skorpios III a la entrada del estero y nos trasladamos a otra embarcación rompehielos bautizada “Capitán Constantino” que allí nos aguarda anclada. Apartando las placas heladas de la superficie con la proa, el pequeño pero potente barco se abre paso entre los primeros témpanos y valientemente nos adentramos en aquel sobrecogedor escenario. Estamos entusiasmados y aquello es tan místico y grandioso que sin dudar lo denominamos enseguida “campo de oración”. La superficie del agua se va volviendo cada vez más compacta al ir agolpándose los hielos que proceden de las cinco lenguas que divisamos. A popa hemos dejado el glaciar Alipio, una vieja mole bruñida y desgastada por los vientos, a babor se sitúa el glaciar Fernando, a estribor –al fondo de un brazo del fiordo– los glaciares Marcelo y Monsalve, y a proa se presenta ante nosotros el campo helado más espectacular, el que forma el glaciarConstantino, bautizados todos ellos así en honor a nuestro capitán y su tripulación cuando, en su primera incursión a través de los estrechos canales y fiordos inexplorados, descubrieron esa inexpugnable fortaleza helada. Nos comenta la marinería que esta es la vez que más nos hemos aproximado a su frente, pero ya no podemos seguir avanzando más porque el hielo comienza a aprisionarnos, así que, resignados aunque a la vez raramente complacidos, nos detenemos en el centro del espectacular anfiteatro para recoger desde cubierta unos pedazos del hielo milenario que rodea el barco, y acto seguido brindamos por el espectáculo regándolo en un vaso con un buen whisky que calienta un poco nuestros cuerpos. ¡Ha sido una experiencia inolvidable!

La tarde es gris y húmeda y una llovizna casi constante nos acompaña hasta el fiordo Asia. Poco a poco va anocheciendo mientras nosotros seguimos adentrándonos por los canales. El Skorpios III sigue su ruta hacia nuevos ventisqueros. Esa noche dormimos soñando con aquellos valerosos marineros que navegaron explorando los vericuetos de la inhóspita Patagonia congelada descubriendo sus glaciares y creando su toponimia: Magallanes, Ladrillero, Fitz Roy, Marinelli, Spegazzini…

 

PALPANDO LOS HIELOS MILENARIOS

Amanece un día más en esta tierra remota y hoy nos toca desembarcar en un ventisquero para tomar contacto directo con el hielo. Temprano, nos aproximamos al glaciar el Brujo en nuestras barcazas rojas hasta llegar a un promontorio de roca pelada donde podemos saltar a tierra. El suelo está pulido por la acción de los hielos que antaño lo cubrían totalmente y hoy día ha quedado al descubierto no siendo fácil caminar sin resbalarse, así que con precaución tomamos posiciones y desde aquella punta rocosa se nos abre una buena perspectiva del frente de la lengua helada. Los más aventureros prosiguen por la zona despejada hasta llegar a la pared de hielo para poder palpar su fisonomía, que se adentra en cuevas y reaparece en salientes. Tras pasar la mañana entre los hielos, asistiendo a una clase magistral de glaciología, regresamos para almorzar en nuestro barco y, mientras comemos para no perder tiempo, el Skorpios III leva anclas de nuevo para llevarnos en la tarde al último glaciar que tocaremos: el Bernal.

Con la tarde ya encima, tras rebasar el fiordo de las Montañas desembarcamos de nuevo y, una vez en tierra firme, cruzamos alfombrados campos amarillos hasta llegar al pie deshecho de un glaciar que se nos antoja diferente. El glaciar Bernal es un claro ejemplo de la vida y la muerte de los hielos. Mientras algunas lenguas glaciares, alimentadas por regímenes lluviosos de granizo y nieve abundante en laderas propicias, avanzan cada año, otras se repliegan debido quizá a ese desequilibrio de precipitaciones que origina en todo el planeta el cambio climático. El Bernal es de los segundos, y lenta pero inexorablemente va perdiendo la vida deshaciéndose en agua que rezuma por sus hielos derretidos formando inverosímiles monumentos naturales de caprichosa arquitectura. Aquí, al final de la tarde, asistimos atónitos al ocaso del gigante.

LA CENA DEL CAPITÁN

Hemos navegado sinuosos canales, senos profundos, fiordos helados y esta noche el capitán cree que nos merecemos un reparador premio: su cena de gala. A las nueve en punto se abre el comedor y ante nuestros ojos aparecen los hasta ahora escondidos cocineros del Skorpios III, que al lado de sus creaciones nos presentan la cena de despedida: cócteles de mariscos, chupe de centolla, locos –un apreciado marisco chileno–, ostiones, inmensos mejillones y un sinfín de ensaladas de aguacate, mango, piña y zanahoria. Pescados cocinados y exquisitas tartas y postres de variado tipo inundan las mesas del singular bufé.

“¡A disfrutar de la gastronomía! ¡No va a ser todo nieve y hielo!”, nos grita el capitán que, según confesiones posteriores, considera que para que un viaje en su barco sea del todo placentero ha de tener un 30% de aventura, un 30% de descanso y un 40% de buena mesa. En fin, él así nos lo ha proporcionado y, firmándonos su libro “Ruta exploradores Kaweskar”, una vez finalizada la cena y habiendo ya dado paso al baile de gala, nos despedimos mutuamente de Mimí y de Constantino hasta quizás un nuevo encuentro.

Terminado el crucero en el Skorpios III y como colofón a nuestro viaje en Patagonia decidimos completar el recorrido con una estancia que nos han recomendado en un lugar muy próximo a Puerto Natales y que el capitán Constantino también ofrece como aperitivo a todos sus clientes: el mítico e inmenso Parque Nacional Torres del Paine.

 

ARQUITECTURA ESCULPIDA POR LA NIEVE Y EL HIELO

El viento azota las moles, mitad roca sedimentaria y mitad granito, de los sorprendentes Cuernos del Paine. Al lado, espectaculares torres de piedra se levantan contra el cielo borrascoso y la inmensidad del paisaje nos sobrecoge sin remedio. Había amanecido totalmente despejado y una inverosímil iluminación matutina teñía de rojo rabioso a primera hora la montaña, pero a medida que pasaban los minutos el espectáculo de color se ha ido desvaneciendo para dejar paso al gris y al negro. Las nubes y el viento han hecho rápido acto de presencia haciéndose ahora inhóspitos dueños del paisaje. Son los sorprendentes cambios de laPatagonia que en el mismo día se vuelven otoño y primavera.

Desde la hostería Las Torres tomamos dirección al lago Grey en un vehículo que nos han cedido para los desplazamientos por el parque, ya que nuestra intención es recorrerlo al máximo posible de una punta a otra, así que rápidamente estamos en Laguna Amarga, la puerta este del área natural protegida. Allí vemos mochileros descansando, autobuses de turistas que paran para sacar los boletos de entrada y un movimiento montañero que delata la afluencia que congrega un espacio silvestre de tan singular belleza.

Rodando por el camino polvoriento y acompañados de un fuerte viento racheado nos detenemos en el mirador Nordenskjöl, al borde del lago del mismo nombre impronunciable que recoge las aguas glaciares del deshielo y presenta una apariencia lechosa al estar cargado de los sedimentos que han arrastrado los hielos. Desde allí se divisa, en parte tapada por las nubes, una buena panorámica de las montañas recortadas en el cielo que forman los espectaculares Cuernos del Paine.

Proseguimos nuestra ruta y llegamos al azulado lago Pehoé donde el viento azota de tal forma su superficie que levanta remolinos de vapor de agua. Es un lugar mágico, lleno de energía, donde la naturaleza es capaz de mostrar todas sus caras, desde la más amable hasta la más adversa. Más adelante, tomando un desvío en la guardería Serrano, llegamos a la orilla del lago Grey. Ha vuelto a cambiar el tiempo y la tarde se presenta soleada, por lo que aprovechamos para dar una última mirada a los hielos que marcan desde este punto el principio, o el fin –según se mire–, de los Campos de Hielo Sur que con el Skorpios III hemos recorrido por mar como antaño hicieran aguerridos marinos.

Esta es una excursión fácil si el tiempo no se pone feo, y en una pequeña embarcación que parte de una hostería al pie del lago nos adentramos en él para llegar al borde del manto helado del glaciar Grey. Como despedida no está mal. El buen tiempo nos acompaña y hemos tenido unas excelentes vistas de las agujas de hielo que señalan, al oeste, las inexpugnables fronteras terrestres de los Campos de Hielo Sur de laPatagonia chilena.

Ya de vuelta, en Punta Arenas, hemos tocado otra vez el pie al indio Patagón… Queremos asegurarnos, en la medida de lo posible, un billete de regreso a esta tierra mágica: la Patagonia chilena.

Amazonas. Territorio virgen

Su impenetrable interior, cobija una explosión de vida sobrecogedora sin cuya existencia la presencia humana sería una quimera. Un vergel cuajado de leyendas, de tribus aún vírgenes; de cacao, mandioca y caucho, y de millones de plantas y animales por descubrir capaces de curarlo todo. Un preciadísimo tesoro que se concentra, en buena parte, en este Estado de Brasil.

Santa María de la Mar Dulce, así bautizada por su primer descubridor, Vicente Yáñez Pinzón, es el cosmos entero engendrado a partir de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno.

Recorrer el también llamado Marañón, renombrado por Francisco de Orellana, que alcanzó su desembocadura en 1542 hasta combatir con una tribu de guerreras armadas con dardos y cerbatanas, implica regresar al origen primigenio, a la naturaleza más salvaje y abrupta, a la belleza pura.

Sólo allí, en la conjunción de los ríos Negro y Solimoes –el Amazonas al fin– podrá sentir el espíritu de la conquista y la sensación de ser pionero en aquellas tierras. Y puede que así sea, porque la inmensidad de este Estado brasileño, el mayor de todos, provee al mundo de 1,5 millones de kilómetros cuadrados de selva continua –tres veces España–.

El único espacio realmente virgen del planeta.

Las dimensiones de esta lengua de agua que todo lo inunda son descomunales: cada segundo desagua cerca de 175 millones de litros de agua. Al día, descarga más que todo el río Támesis en un año entero.

Pero el Amazonas no es sólo agua. Arrastra los sedimentos ricos en calcio, potasio, magnesio y otros metales necesarios para alimentar a una selva donde los árboles llegan a los 60 metros y se unen hasta crear bosques sombríos donde es posible que jamás haya penetrado la luz del sol.

Allí conviven jaguares, toda suerte de monos, defines de agua dulce –el llamado boto rosado–, zorros, lobos, tapires, peces inmensos, yacarés, caimanes, tortugas y serpientes como la temible anaconda.

Y, claro está, el hombre: ciento veinte mil individuos indígenas divididos en 66 etnias, que hablan 29 lenguas.

La mayor población indígena de Brasil.

Manaos, su puerta de entrada natural, es sin embargo una metrópoli vibrante y casi la única mancha humana que se puede escudriñar desde el aire, apenas un punto en mitad de un inmenso tapiz verde cuyo esplendor se alcanza entre abril y junio, cuando las rebosantes aguas de sus once afluentes mayores lo anegan todo.

Una vez en la capital de Amazonas, la mayor y central estrella de su bandera, el Hotel Tropical Manaus es una de las mejores opciones para alojarse. Este lujoso cinco estrellas se encuentra a pie del río Negro –que concentra menos mosquitos que el Solimoes por la acidez de sus aguas– y a sólo unos kilómetros del centro de la ciudad.

Con más de 1,5 millones de habitantes, la “París americana” fue la primera ciudad brasileña con luz eléctrica y alcantarillado gracias a la pujante industria del caucho, que se desarrolló desde finales del XIX.

Su imponente teatro Amazonas, de 1896, coronado por una colorida cúpula que conforma la enseña brasileña, domina el centro. Su patio de butacas y sus escaleras de maderas amazónicas tratadas en Europa lo convierten en una joya en sí mismo.

Recorrer el Mercado Municipal, una réplica del parisino Mercado des Halles, es una delicia. Allí se condensan todas las especies de peces de la región, desde el gigante pirarucu, hasta el carnívoro tambaqui.

El Museo del Indio, que reúne las artesanías de las etnias indígenas amazónicas, y

el Puerto de Manaos, son también visitas obligadas.

Las paradisíacas playas también están a nuestro alcance, como las de la Luna o Punta Negra, que alberga la mayoría de locales nocturnos de la ciudad. En verano, durante la estación seca, las fiestas regadas con caipirinha alargan la diversión hasta el amanecer. Las cascadas do Leao, con aguas limpias y frías, están en el kilómetro 34 de la carretera que une Manos con Itacoatiara, y junto a las de Taruma son los saltos de agua más bellos próximos a la capital.

Otro de los atractivos de Manaos es su cercanía al “encuentro entre las aguas”, una maravilla natural poco conocida.

Apenas a diez kilómetros y una hora en barco desde la ciudad, el barroso río Solimoes y el río Negro se encuentran y corren sin llegar a mezclarse durante seis kilómetros.

 

El impresionante espectáculo se debe a que las aguas del Solimoes discurren más rápido y tienen mayor temperatura que las del río Negro, más pesadas por su acidez, y más frías.

Tras la experiencia, que nos regala una aproximación a las descomunales dimensiones del gran río, estamos preparados para adentrarnos en la selva.

Allí encontraremos tres alojamientos ecológicos ideales para lanzarse a la aventura: Ariaú Towers, Amazon Ecopark  Jungle Lodge y Tiwa Ecoresort. Todos ellos disponen de actividades que van desde un chapuzón con los sociables botos, los delfines rosados de agua dulce, la pesca de pirañas o la observación de yacarés, caimanes que pueden alcanzar los seis metros. Al oeste de estos lodges se encuentra el archipiélago de Anavilhanas, uno de los mayores del mundo, con cuatrocientas islas.

Allí es posible observar especies amenazadas como el boto rojo, la suçuarana –un

tipo de puma– y el pez buey, símbolo de la zona.

En el otro extremo, hacia el este y a 268 kilómetros de Manaos, encontramos Maués, una pequeña localidad de apenas 45.000 habitantes conocida como la tierra del guaraná y alejada de los circuitos turísticos tradicionales.

Comprendida entre los ríos Madeira y Amazonas, está región fue llamada Mundurucania por los indios mundurucus que la habitaban. Derrotados tras una férrea resistencia en 1795, su nombre actual significa “Ciudad de los papagayos habladores”.

El guaraná, exportado a medio mundo, es la base de la economía local. Para llegar hasta Maués hay dos opciones: la aérea y la fluvial, en barcos que salen de la capital del Estado todas las tardes para cubrir un trayecto de unas dieciocho horas.

Junto a Maués encontramos el bello pueblo indígena de Satere-Maué, y a unos diez minutos en voadeira (lancha rápida) la isla de Vera Cruz, muy visitada por la población local debido a sus maravillosas y extensas playas de arena blanca.

Pero la naturaleza no es la única expresión notable de esta tierra. Parintins, una pequeña ciudad de 105.000 habitantes acoge a más de medio millón de personas durante su festival Boi Bumbá, un carnaval donde se exaltan todos los sentidos en mitad de la palpitante jungla.

La fiesta enfrenta a dos “comparsas”, la galera roja de Garantido –representada por un buey blanco– y la azul de Caprichoso –cuyo símbolo es otro buey, en este caso negro–.

Durante el último fin de semana de junio la ciudad se parte en dos y las hinchadas se enfrentan en un estadio–el Bumbódromo– para mostrar inmensas fallas articuladas que exaltan la Amazonia.

Cada noche, las comparsas representan la muerte y resurrección del Boi (buey) como

exaltación de los ciclos agrícolas y en honor a una vieja leyenda: un hacendado regaló a su hija un bello ejemplar de buey. Éste quedó a cargo de un esclavo, Pae-Francisco, cuya mujer, embarazada, tuvo el antojo de comer la lengua de ese buey. Temeroso de las consecuencias para su futuro hijo al no satisfacer el capricho de su esposa, Pae-Francisco sacrificó al animal pese a que su patrón le advirtió que cuidara de él a riesgo de su vida. Cuando el hacendado descubrió el engaño, decidió hacer pagar con sangre a Pae-Francisco haberle desobedecido. Pero esa misma noche, San Juan Bautista se apareció en sueños al patrón para rogarle que no ejecutara al esclavo pues había sucumbido a los deseos de su mujer. Agradecido, Pae-Francisco, con la ayuda de su tambor, un sacerdote y un curandero, trató de resucitar al boi.

La rivalidad entre el oeste de Parintins –seguidor del Boi Garantido, el originario– y el este –que apoya al Boi Caprichoso, una escisión disconforme con la forma tradicional de realizar el festejo– es tal que no resulta extraño encontrar parejas que durante los tres días y noches que dura el festival ni se dirigen la palabra por culpa de unos colores cuya fidelidad se arrastra desde la cuna.

Tanto como para que los “caprichosos”–generalmente las clases acomodadas– se nieguen a que los carteles que anuncian la Coca-Cola lleven otro color que no sea el azul.

Afortunadamente, todo el fanatismo desaparece fuera del Bumbódromo y en la ciudad se entremezclan seguidores de uno y otro bando a cualquier hora.

Como en el Mercado Municipal, donde desde las cinco de la mañana se forman colas para desayunar tapioca de tucumá –una fruta naranja que se da en una palmera espinosa típica de la región y cuyo sabor perfumado impregna el aire–,queso cuajado ligeramente ácido y café. El fin de cada noche de fiesta ofrece un regalo aún mayor: el despertar de la selva, de un nuevo día pleno de vida.

 

 

Cómo llegar

La brasileña Tam (Tel.: 900 900 354) vuela a diario hasta la capital de Amazonas con una única escala en São Paulo y salida desde Madrid.

Lufthansa y la portuguesa Tap utilizan la misma ruta con parada previa en Francfurt o Lisboa.

También se puede entrar vía Brasilia con Tap. Iberia dispone de dos vuelos diarios directos a São Paulo desde Madrid y Barcelona –el sábado desde El Prat, sólo uno–. Una vez allí, la compañía Gol vuela al aeropuerto Eduardo Gomes cuatro veces al día.

Tam enlaza las dos capitales brasileñas otras tres veces al día.

Es recomendable vacunarse de la fiebre amarilla diez días antes de viajar.

Horas de viaje

El vuelo entre Madrid/Barcelona y São Paulo dura unas once horas. Sao Paulo y Manaos están a poco más de tres horas de avión.

Tipo de viaje

Ecológico, aventura, cultura, fiesta y pesca.

Mejor época para viajar

Entre abril y junio, cuando el cauce del Amazonas y de sus dos afluentes mayores está rebosante.

En Semana Santa y Pascua los alojamientos están completos, así que es conveniente reservar con antelación. La temperatura media oscila entre los 24 y los 26 oC, aunque puede haber máximas de hasta 38 oC durante la temporada seca. A finales de junio se celebra el Festival de Parintins.

La temporada de pesca va desde septiembre hasta octubre.

Estancia mínima

Una semana.

Moverse por Amazonas

La mejor forma de conocer este Estado es navegar por la inmensidad de sus aguas para poder entrar por los estrechos “furos” e “igarapés”, donde tendrá el privilegio de observar al detalle la flora y fauna, así como las casas de los ribereños y las playas fluviales. Lo ideal es utilizar embarcaciones oficiales con autorización. La precaución es necesaria pues en la época de crecida, en algunos trechos, el Amazonas puede tener un ancho de 50 kilómetros y profundidades de hasta 120 metros.

Se recomienda navegar entre enero y julio, cuando las cortas lluvias de la tarde disminuyen la cantidad de insectos.

La oferta es variada y va desde el lujoso Iberostar Gran Amazon, un enorme barco hotel con 74 cabinas y cruceros de hasta 7 días por el Amazonas, Solimoes y río Negro –salidas, jueves y domingos. Tel.: +55 21 3325 0351, hasta los coquetos barcos de Amazonas Clipper Cruises, que dispone de dos embarcaciones antiguas y confortables que recorren el Amazonas –salida desde Manaos todos los lunes, dos noches– y el río Negro –crucero de tres noches con salida los miércoles y de cinco noches partiendo el lunes– (Tel.: +55 92 3656 1246),

Los lodges y hoteles disponen de embarcaciones para los traslados y recorridos en lancha, así como de guías especializados.

Para moverse por Manaos lo más recomendable es utilizar taxis oficiales. En Parintins hay motocarros y taxis, aunque es una ciudad ideal para caminar.

También se puede alquilar un yate con guía y tripulación para recorridos o fiestas privadas –muy recomendable para el festival Boi Bumbá, ya que podrá atracar en Parintins–. Amazonia Expedition (Tel.: +55 92 3633 8644) y Amazonia Rain Forest, Amazon Nut o Selenetur ofrecen estos servicios.

Alojamiento

Tropical Manaus

Situado en la rivera del río Negro, este completo cinco estrellas está ubicado en un entorno selvático.

Dispone de 594 habitaciones de estilo colonial y de otras 370 en el anexo Tropical Manaus Bussines, de inspiración contemporánea. Todos los cuartos tienen aire acondicionado y las instalaciones del hotel son comunes, tanto su espléndida piscina de olas como los bares y restaurantes, desde los cafés Tucano y Brazil hasta el grill Karu o el bar Flutuante. Todo

ello aderezado por la sobria y elegante decoración de las salas de este ecoresort con aire de hacienda.

Entre otras actividades, tiene un zoo con 22 especies animales –entre ellas jaguares y monos araña– a un paso de las habitaciones y ofrece desde pesca deportiva hasta recorridos en lancha recreativos o especializados en la contemplación de aves.

También se organizan circuitos de aventura por la selva que circunda el hotel y por su magnífico orquidiario. Si lo prefiere, puede practicar el tiro con arco, jugar al tenis en una de sus múltiples canchas y hasta escalar árboles. Las playas de Punta Negra y los bares nocturnos que la circundan están, además, a un paseo. Con embarcadero propio, puede conectar por

lancha con los lodges más alejados de la capital.

Tel.: +55 92 3659 5000

Ariaú Amazon Towers

Suspendido en el agua, a quince minutos en helicóptero y a casi dos horas en lancha desde Manaos, el Airaú le sitúa en plena selva, donde ya no se divisan ni las luces de la capital, en pleno corazón del río Negro. Discreto, sin lujos y con 310 habitaciones con baño, su ubicación permite aventurarse hacia las más de tres mil islas del archipiélago de Anavilhanas.

Es el único ecolodge de la región construido a la altura de las copas de los árboles. Ha servido de base de operaciones para rodajes de películas como “Anaconda” o de realities selváticos y, además de toda la gama de actividades de aventura, ofrece carros eléctricos para circular por las pasarelas que se adentran en la selva.

La visita a la villa de São Tome es muy interesante, pues allí podrá conocer una genuina comunidad cabocla (ribereños), cuyas principales actividades son la pesca, la recolección de caucho y la plantación de mandioca.

Tel.: +55 92 2121 5075

 

Amazon Ecopark

Sobre la margen del río Tarumá, un afluente del río Negro, este agradable lodge con todas las comodidades

está a tan sólo 5 kilómetros de Manaos–apenas 30 minutos de traslado en lancha–. Es ideal para hacer una primera incursión en la selva o para pasar los últimos días en un ambiente relajado y confortable.

Sus sesenta cuartos dispuestos en cabañas, tienen aire acondicionado, baño y terraza. Además, dispone de un excelente restaurante con comida local –a destacar el pescado recién capturado– que permite contemplar una playa privada donde podrá sumergirse en las oscuras aguas tintas sin problema alguno, a pesar de que abundan las pirañas y los yacarés, afortunadamente entretenidos en otros asuntos que permiten un baño seguro.

Tel.: +55 92 3622 1950

Tiwa Amazone Ecoresort

Justo enfrente de Manaos, en el lago Ponta Negra, se halla este bello hotel con 62 habitaciones perfectamente

equipadas y distribuidas en cabañas que rodean una laguna natural donde abundan pequeños yacarés y tortugas.

El trayecto es de media hora desde el muelle del hotel Tropical, lo que lo convierte en un resort ideal para pasar los últimos días en Amazonas.

La piscina, pegada al río, está permanentemente abierta. La pesca de pirañas es la actividad más recomendable en esa zona ya que hay grandes bancos muy cerca del resort.

Tel.: +55 92 9995 7892

Restaurantes

La cultura culinaria amazónica destaca por sus colores vibrantes, aromas puros, sabores intensos y sus texturas inusitadas pero, sobre todo, transmite en cada bocado buena parte de la cultura indígena surgida en esas selvas milenios atrás.

La base de la gastronomía local es la mandioca. Con ella los indígenas elaboran una especie de bizcocho o hacen una harina gruesa utilizada en todos los platos. La masa elaborada a partir de la raíz de este arbusto, cuyo jugo es potencialmente tóxico –siempre que no se manipule con destreza–, sirve incluso para elaborar la tiquira, un tipo de aguardiente.

Otro de los ingredientes básicos es el pescado, abundante pese a la desmedida sobrepesca. Fritos, en escabeche, cocidos en “caldeiradas” –guiso de pescado y frutos de mar– o en “moquecas” –un cocido de pescado aderezado con aceite de palma, tomate, cebolla, cilantro, limón, leche de coco y condimentos–. El arroz blanco, la salsa de tucupi –caldo de mandioca rallada con pimienta– y la harina de mandioca acompañan a casi todos los platos. La comida, potente y especiada,se completa con los jugos de frutas regionales: cupuaçu, graviola, guaraná y açaí.

Este último, de color granate y con mucho hielo, es un excelente complejo multivitamínico repleto de hierro.

Peixaria Morongueta

Morongueta significa en lengua indígena “hablar de cosas buenas”. Quizá por ello, el patrón de este encantador restaurante, João Prestes, dedica un especial cuidado a la materia prima fundamental: la múltiple variedad de pescado recién capturado que se da en los cauces del Amazonas.

Todas las variantes para cocinar el pirarucú, el tambaqui o el tucunaré se dan aquí, desde la sobria parrilla hasta la compleja “caldeirada”, donde previamente se ha macerado el pescado en salsa de vinha-d’alhos –adobo de vinagre o vino, ajos y laurel–.

Su terraza tiene vistas al encuentro entre las aguas, una de las maravillas de Amazonas. Abierto todos los días, de  once de la mañana a once de la noche.

Rua Jaith Chaves, 31

Vila da Felicidade. Manaos

Tel.: +55 92 3615 3362

 

Açaí & Cia

Terraza con excelente servicio, rápido y atento, con una carta interminable en la que destacan los platos regionales con un toques contemporáneos. A pescados como la dorada, el tambaqui o el pirarucú se unen unos excelentes asados acompañados de abundante arroz y farofa (harina de mandioca).

La carne de búfalo está deliciosa. El bufé libre viene a costar unos diez euros. Los días festivos y los sábados hay música en vivo y actuaciones.

Rua Acre, 98

Vieiralves. Manaos

Tel.: +55 92 3584 0188

 

Flutuante da Soraya

El caldo de bodó –pescado amazónico a la brasa– con Tucupí –salsa de mojo amarillenta a base de raíz salvaje de mandioca– es su plato estrella.

Sin pretensión alguna, sus precios son un regalo para la contundente oferta de platos regionales que sirve.

Es una de las contadas opciones en Parintins.

Rua Agostinho Cunha, 2052

Parintins  tel.: +55 92 3533 6414

INELUDIBLES

Teatro Amazonas

La construcción de uno de los teatros más bellos del mundo arrancó en 1882 –en pleno auge de la industria del caucho–, pero no fue inaugurado hasta el 31 de diciembre de 1896. En el más relevante monumento de Manaos, donde se condensa toda la pompa que alcanzó el llamado París de América,se conjugan elementos neoclásicos con otros estilos, conformando un espacio ecléctico en el que destaca su cúpula, compuesta por 36.000 baldosas de cerámica traídas de Alsacia que representan la bandera brasileña.

Casi todo el material, incluido el de su fastuosa Sala Noble fue importado de Europa, e incluso las madera brasileñas fueron tratadas en el Viejo Continente. Abre de lunes a sábados de 9 a21 horas, y los domingos de 16 a 21 horas.

Centro 69.025. Manaos

Tel.: +55 92 3622 1880

 

Encuentro de las aguas

Este curioso espectáculo se da a tan sólo 10 km de Manaos, donde se unen las aguas del río Negro y del Solimoes. Mientras este último presenta aguas barrosas y ricas en nutrientes, el Negro se caracteriza por sus aguas negras y ácidas.

Durante 6 km sus aguas no se mezclan y corren parejas por su diferencia de temperatura y velocidad.

 

Festival Boi Bumbá

En la margen derecha del Amazonas, en la isla de Tupinambarana, se celebra la mayor fiesta folclórica del Estado. La pequeña localidad de Parintins, que recibe su nombre de los indios originarios, se parte en dos el último fin de semana de junio entre los partidarios del Boi Caprichoso –el de las élites– y los del Garantido –el buey del pueblo–.

Se puede llegar por avión –martes, jueves y viernes desde Manaos, 45 minutos– o por barco –26 horas desde la capital regional–.

Esta última es la mejor manera de contemplar el frenético movimiento de embarcaciones

que entran y salen de Parintins.

Coordinadora de Turismo Parintins

Rua Jonatas Pedrosa, 247