Evocadora Kenia

Kenia es un país que habita en nuestra memoria, que la nutre de iconografía y de innumerables recuerdos… aunque nunca hayamos puesto el pié en África. Las míticas películas de aventuras en la selva, los reportajes vistos en televisión sobre la vida salvaje de la fauna africana y las fotos de los folletos de las agencias de viaje anunciando los safaris por excelencia, han conseguido grabar en nuestro disco duro el impacto de sus imágenes y de su música.

Kenia es inagotable. No es la primera vez que escribo sobre este país africano… y no será la última (espero). Kenia supera todos los clichés. No podemos inventar más adjetivos para definirla, pero viajar hasta este país y vivirlo con los cinco sentidos dará un nuevo sentido a nuestra vida. Hace años, cuando piséNairobi –su capital– por primera vez, sabía que volvería a recorrer sus calles algún día. Desconcertante, original, seductora… tantas veces como la visitemos.

 

De nuevo en Nairobi. Entro al Hotel Stanley, que lleva el nombre del famoso periodista galés –después nacionalizado norteamericano–, aquel que pronunció la célebre frase “Dr. Livingstone, I presume?” (El doctor Livingstone, supongo) cuando encontró al único blanco existente en una perdida aldea a orillas del lago Tanganika, en 1871. Pero el Hotel Stanley a mí me trae la visión de otro recuerdo más fantasioso: el de Ava Gardner entrando imperiosa por su puerta giratoria –que aún gira inmutable al paso del tiempo– cuando se alojó en este hotel durante el rodaje de la mítica película Mogambo. Algunas veces he estado tentado de preguntarle al siempre sonriente y enguantado portero si la había visto pasar… ¡pero claro! Aquello ocurrió en 1953. En fin… fantasías.

 

En mi nuevo “primer día” en Nairobi, puedo observar a simple vista que el centro de la ciudad ha experimentado algunas transformaciones; me refiero a las urbanísticas. Desde mi última visita veo que se han construido algunos nuevos y modernos edificios de oficinas que la significan cada vez más como una verdadera metrópoli del siglo XXI. Han aparecido radiantes escaparates repletos de deportivas de colores, teléfonos móviles y iPads de última generación. También se han limpiado de pedigueños las calles del cogollo central, aunque el tráfico no ha variado y sigue compitiendo con el caos circulatorio de ciudades como El Cairo o Kampala. Me dicen en el hotel que ahora ya no es peligroso salir de noche para tomarse una Tusker –la cerveza nacional– en sus terrazas al aire libre y al calor de la noche estival… Aunque ese punto lo dejé para comprobarlo a la vuelta de mi periplo por tierras keniatas, cuando regresara para tomar el avión que me devolvería a España.

 

La carretera hacia las tierras del norte es una fiesta de actividad, de trasiego de gente que va y viene cargada con toda clase de mercancías… sobre burros, bicicletas, moto-carros, destartalados vehículos o sobre sus cabezas. Los atestados matatus (furgonetas colectivas) cambian de un carril al otro con endiablada rapidez y la vida parece surgir a borbotones desde la cuneta.

A medida que nos alejamos de los suburbios aparecen junto a la carretera las plantaciones de árboles frutales… plataneras, piñas y los inmensos cafetales, como los que tenía Karen Blixen. “Yo tenía una granja en África…”, así comienza la novela que inspiró la famosa película Memorias de África, paradigma popular de la aventura africana vivida por su autora, que se quiso ganar la vida plantando café en Kenia allá por la primera mitad del siglo pasado.

 

Muy pronto aparece la desmesura de la planicie que se impone en el paisaje, una tierra sin vallas solamente atravesada por la calzada asfaltada que a nada que nos descuidemos se irá convirtiendo en pista de tierra con fantásticos baches. A lo lejos y envuelta en brumas podemos divisar el Monte Kenia, la montaña más alta del país y el segundo pico más elevado de África después del Kilimanjaro. El lugar sagrado donde habita Ngai, el ser supremo y –según la creencia de los kikuyu, la etnia dominante en la zona– creador del primer hombre. A los pies de esta montaña, en una apacible y verde llanura, se encuentra el Mount Kenya Safari Club, un legendario hotel de la época colonial cuyas paredes están decoradas con fotos de las estrellas de cine del Hollywood dorado que pasaron por allí, ya que la fama de su propietario, el actor William Holden –que lo compró en 1959–, atrajo todo tipo de famosos ávidos de cobrar algún trofeo de caza para colocar encima de la chimenea en su rancho de Texas.

 

En aquella época todavía se podía cazar impunemente; pero en 1977 el deporte de asesinar animales por placer se prohibió en Kenia, y el hotel, sin perder un ápice de glamour, se convirtió en un orfanato para animales. Ahora es un ejemplo de cómo los animales salvajes pueden vivir en las mejores condiciones posibles cerca del peligroso depredador llamado hombre. El búfalo Oliver, el antílope Babu, el ñu Mara o el hipopótamo Morani, vendrán a darte las buenas noches… a una distancia prudente, naturalmente. Una placa en memoria del actor nos recuerda su estimable acción.

 

 

El Valle del Rift.

Hace millones de años África estuvo a punto de partirse en dos.

El continente se plegó y se arrugó, apareciendo crestas y simas. La cicatriz producida por aquel cataclismo se extiende a lo largo de miles de kilómetros desde Etiopía hasta Mozambique, y en Kenia formó algunos de los paisajes más impresionantes del planeta, salpicándolo aquí y allá de lagos y volcanes.

Tras una breve parada en las cataratas Thomson, junto a Nyahururu, donde unos kikuyus “de pega” posan para los turistas, nuestra siguiente etapa es el Lago Nakuru, el segundo parque más visitado del país después del clásico Masai Mara. Y no le faltan razones. Es un destino ineludible para cualquier viajero porque allí podemos admirar uno de los espectáculos más asombrosos que nos ofrece la naturaleza: el millón de flamencos que pinta de rosa las orillas del lago. Podemos acercarnos a las aves, pero sin armar bulla y a una distancia que los flamencos tienen ya muy controlada. La contemplación de tal magnitud de aves pegadas las unas a las otras nos deja absortos y el volumen de su cuchicheo mudos.

 

Podemos pasar horas observando a estas estilizadas aves de cuello sinuoso y patas longilíneas. Cómo se van agrupando en pandillas de machos para perseguir a una flamenca, que puede ser una buena excusa para hacer la foto del viaje. Su elegante y gracioso garbo es comparable a un pase de modelos, sólo que en este caso, todos y todas van uniformados con el mismo atavío: conjunto de plumas rosa cálido sobre blanco roto, con pico y patas a juego en tonalidades chicle chillón.

Las orillas del lago Nakuru son ricas en pastos, bosques de euphorbias y acacias, lo que hace que lo habite una gran variedad de fauna cuadrúpeda: jirafas, cebras, cobos, búfalos, hienas, guepardos, rinocerontes…

Con suerte, podremos ver también algún león trepador, pues el Nakuru es uno de los pocos parques africanos donde habita este peculiar felino. ¡Yo tuve suerte!

 

Rumbo sur, dirección Nairobi por la carretera A104, se suceden otros dos grandes lagos: el Elmenteita, que ofrece una magnífica panorámica del valle del Rift y el Naivasha, el otro punto fuerte para continuar con el safari fotográfico. El agua dulce del Naivasha acoge una gran colonia de hipopótamos que bucean entre jacintos acuáticos y que pueden contemplarse desde canoas que se alquilan en la orilla. Siempre he pensado que acercarse –como se acercan los lugareños– con las inestables barcas a los hipos resulta imprudente, pero el hecho es que no sé cual es el porcentaje de turistas que han sucumbido a causa de las sorpresas que pueden darte los paquidermos bajo las aguas, y mejor no preguntarlo… no vaya a ser que nos entre el pánico y nos quedemos sin la foto de los hipos “morreándose”. El otro espectáculo que no hay que perderse es ver como pescan las águilas reales. Asombroso.

 

Si queremos un completo recorrido por la zona podemos visitar el yacimiento prehistórico de Kariandusi, donde un centro de interpretación nos ilustra sobre los inicios de la humanidad. La familia de arqueólogos Leakey, en los años veinte del pasado siglo, descubrió numerosos objetos realizados por los primeros humanos. Todavía hoy los nativos realizan demostraciones de cómo se hace una herramienta cortante de obsidiana para despellejar animales. Luego te puedes llevar a casa una piedra afilada, negra y brillante, como recuerdo… cosa impensable en otros países donde parece que sus piedras sean patrimonio de la humanidad.

 

 

La Puerta del Infierno

Un trekking con fondo de cine

Visitar Hell’s Gate (La Puerta del Infierno) constituye toda una aventura. Es un lugar de película con nombre también de película, una garganta profunda creada por la falla del Rift, situada muy cerca del lago Naivasha y fuera de los circuitos organizados. Se puede recorrer a pié… o a saltos, ya que las frecuentes riadas han esculpido un estrecho cañón por donde el agua serpentea rauda. El descenso es abrupto y resbaladizo, a pesar de que existen algunos improvisados peldaños. Emplearemos unas dos horas en el trekking y deberemos calzar unas buenas botas, aunque el guía vaya con albarcas. Una columna basáltica de 25 metros de altura, llamada torre de Fischer, surge del corazón de la selva. Corazón que descubrió el explorador alemán Gustav Fischer en 1882, cuando la Sociedad Geográfica de Hamburgo le encargó encontrar una ruta desde Mombasa hasta el lago Victoria; expedición que fue exterminada por los masai de aquellos tiempos, que naturalmente no estaban entregados al turismo como hoy en día.

Este quebrado lugar lo han pisado dos heroínas del cine de aventuras, procedentes del cómic y transformadas en carne y hueso –más carne que hueso–: Tanya Roberts, que interpretó a Sheena, reina de la selva en 1984, y Angelina Jolie que dio vida a la explosiva Lara Croft en Tomb Raider II (2001).

 

Restaurante Carnivore.

Un suculento cocodrilo a la brasa

Si queremos pasar por la experiencia de comer todo tipo de nyama choma (carne a la brasa, en swahili), el lugar indicado es el restaurante Carnivore. Situado en Langata Road –a las afueras de Nairobi– e inaugurado en 1978, es un lugar de culto para turistas y keniatas ricos. Las nuevas leyes han eliminado algunas carnes del menú –como la cebra, el kudu o el hipopótamo–, pero aún figuran en la carta el avestruz y el cocodrilo. Mientras en su mesa tenga ondeando una banderita de papel, los camareros seguirán trayéndole carne, que cortan en la misma mesa.

El ambiente es muy agradable aunque hay aviesos gatos merodeando por ahí en busca de alguna tajada de cocodrilo. Afortunadamente no se escucha la consabida música ambiental con versiones melódicas de “Strangers in the Night” o “Guantanamera”, pero si se instala en las mesas del jardín le acompañará durante toda la cena un sonido mezcla del canto de grillos y ranas que resulta bastante más exótico.

 

Conviene empezar con un cóctel dawa (medicina en swahili) a base de vodka, lima y miel, para ir entonando el estómago de cara al festín carnívoro. El precio por el surtido de viandas braseadas es de unos 20 dólares, al que hay que añadirle las bebidas, el café y los impuestos.

 

 

LA COSTA SWAHILI

 

Me merecía un descanso tras tanta aventura por la selva, tantos botes en el todoterreno, tanto mirar la vida a través del objetivo de la cámara y tanto animal suelto por ahí. Todo el litoral de Kenia pertenece a la llamada Costa Swahili, que bañada por las aguas del Océano Índico está llena de interminables playas tropicales con sus correspondientes hoteles de lujo a la occidental intercalados entre tradicionales –aún– aldeas de pescadores. La cultura swahili se originó como consecuencia de las rutas comerciales que crearon mercaderes persas, omaníes y árabes, que aprovechando los vientos favorables de los monzones llegaron a las costas africanas.

 

Miles, millones de esclavos fueron sacados a la fuerza desde esta franja litoral. Pero la población indígena que se libró de esa desgracia y se mezcló con los árabes dio lugar a una cultura, un pueblo y una lengua, elswahili. El tiempo hizo el resto. De esa fusión surgieron un conglomerado de credos y culturas, una arquitectura peculiar y dinastías poderosas. Pero todo ha cambiado, y hoy la mayoría poderosa es la comunidad india, que aunque muchos de sus miembros no han pisado nunca la patria de sus ancestros, siguen manteniendo la jerarquía de castas como si estuvieran en su lejano país de origen. Ellos controlan gran parte de los negocios de la hostelería y el comercio.

 

Los mejores hoteles de la costa se encuentran entre sur de Mombasa y la frontera tanzana. Y puesto queMombasa es la primera escala tras recorrer el interior del país, merece la pena visitarla. Si decimos que es el mayor puerto de África oriental, nos iremos haciendo a la idea de su ambiente. Mansiones coloniales entre estrechos callejones donde la canalla juega al fútbol. Mezquitas de piedra y madera rematadas con esmeradas decoraciones. Repintados y coloridos templos hindúes entre mercados callejeros donde se vende de todo. Me llamó la atención una calle dedicada a venta de especias, donde el calor y la humedad excitaron mi pituitaria. Aromas de café, de maíz tostado, de curri… La visita cultural por excelencia es el Fuerte Jesús, construido por los portugueses en 1593 y que cambió de manos diez veces, lo que le ha llevado a estar parcialmente en ruinas pero conservando su atractivo.

 

Antes de tomar el sol en algún resort de playa, me quedaba un último esfuerzo: tomar el trasbordador de Likoni que me conduciría al otro lado de Mombasa, donde empiezan las playas y los palmerales, el sol, el buceo, el windsurf, los spas, los masajes con aceites aromáticos y los cócteles con sombrillita. Tres días rascándome la barriga en la playa, con sus respectivas siestas, fueron más que suficientes para reflexionar sobre los safaris realizados por selvas y sabanas. De nuevo en Nairobi. Una Tukser bien fría a media tarde en una terraza rodeada de buganvillas y jacarandas, y casi sin darme cuenta estoy haciendo las maletas para coger un taxi hasta el aeropuerto internacional. Adiós Nairobi; adiós África…

 

Ya en el avión, dueño de mis silencios, sólo podía ver una y otra vez –con los ojos cerrados– los paisajes abiertos del edén, el paraíso africano… Evocadora Kenia. Tengo que volver.

 

 

 

CÓMO LLEGAR

La compañía aérea Brussels Airlines (www.BrusselsAirlines.com) es la puntera en viajes a África. Vuela tres veces por semana desde Madrid o Barcelona a Nairobi. Sus tarifas rondan los 750 euros.

 

HORAS DE VIAJE

Once horas, con la escala de tránsito incluida en Bruselas. En verano la diferencia horaria es de una hora más, y de dos más en invierno.

 

DOCUMENTACIÓN

Pasaporte en regla con validez mínima de seis meses. Se necesita visado, que se puede obtener en la Embajada de Kenia en Madrid y cuesta 20 euros. También puede obtenerse en el aeropuerto de Nairobi a la llegada –imprescindibles fotografías tamaño carnet–.

TIPO DE VIAJE

Aventura y descanso.

 

ESTANCIA MÍNIMA

Tres días de safari, tres días para descansar en la playa y tres días más que emplearemos en desplazamientos.

MEJOR ÉPOCA PARA VIAJAR

Aunque los animales están todo el año, entre abril y junio tiene lugar la estación lluviosa y los animales se refugian en sus escondites hasta que escampa. La mejor época para viajar es entre septiembre y febrero –la estación seca–, cuando disminuyen los problemas para conducir entre los barrizales de

las pistas de los parques nacionales.

 

ALOJAMIENTO

En el safari:

• Mount Kenya Safari Club (www.Fairmont.com/KenyaSafariClub). Situado en pleno Ecuador, en Nanyuki, a 150 kilómetros de Nairobi. Por sus pasillos se han paseado Winston Churchill, Onassis y el Aga Khan, más otro bloque formado por Deborah Kerr, Stewart Granger, Frank Sinatra y Robert Redford. Desayunar en su soleada terraza dominando el imponente paisaje de la selva, con el Monte Kenia al fondo, no tiene precio… Aunque la habitación sí: unos 200 dólares la noche.

• Sarova Lion Hill Lodge (www.SarovaHotels.com). Es el alojamiento del lago Nakuru. Ofrece un servicio de primera y tiene un restaurante con menú internacional. Tendrá que alojarse en régimen de pensión completa, porque está dentro del Parque Nacional y no hay posibilidad alguna de escaparse a un chiringuito de la carretera. Precios en temporada alta entre 150 y 200 dólares por noche.

 

En Nairobi:

• Norfolk Hotel (www.Fairmont.com/NorfolkHotel). Desde su inauguración, el día de Navidad de 1904, albergó a los primeros aventureros que se adentraron en estas tierras ignotas. Cuentan que desde su terraza –hoy convertida en lujoso restaurante– se cazaban bestias feroces a escasa distancia. Ahora está situado a cinco minutos del centro neurálgico de la ciudad y totalmente modernizado para ofrecer lujo y confort. Con un poco de imaginación y con la ayuda de las fotos sepia que cuelgan de sus muros, podrá recrear la atmósfera refinada de la época colonial. Precios desde 250 dólares por noche en habitación doble.

• Stanley Hotel (www.SarovaHotels.com). Todo un clásico de Nairobi que se fundó en los albores del siglo pasado. Tiene un magnífico cóctel-bar con pay-pays colgados del techo que abanican suavemente nuestras cabezas y un  sofisticado restaurante, de nombre Zen, con comida fusión. Precios entre 200 y 250 dólares.

 

 

En la costa swahili:

• Whitesands Hotel Mombasa (www.SarovaHotels.com). Situado en un inmenso palmeral y con un equipamiento de lujo, ofrece distintas actividades acuáticas en las aguas del Índico, protegidas por una barrera de coral que impide la entrada de tiburones –observación que hay que tener muy en cuenta–. Dispone de varias piscinas y un bufé excepcional donde se pueden probar pescados tan exóticos como la barracuda y el pez loro. Precios entre 150 y 180 dólares en temporada alta (alojamiento y media pensión).

• Diani Reef Beach Resort (www.DianiReef.com). Es uno de los resorts más completos de la costa sur. Tiene de todo: gimnasio, casino, piscina con tobogán, seis bares, spa… y lo que usted pida. Pero hay que pagarlo: entre 200 y 250 dólares (en temporada alta).

 

GASTRONOMÍA

Los mercados rebosan verduras, hortalizas y frutas, pero lo más habitual es comer carne (nyama, enswahili) de lo que sea… y es que a menudo ¡no sabes de qué es! Lo normal es encontrar guisos de carne al curri acompañados de arroz o patatas. En la costa se encuentran toda clase de pescados y mariscos. Como la influencia india es apabullante, son muy abundantes los puestos callejeros donde venden samosas, que son unas empanadillas crujientes rellenas de carne o verdura que sirven para un tentempié.

 

CONSEJOS

· La ropa a llevar es un capítulo importante. La mejor manera de vestirse es la de la “filosofía de la cebolla”, es decir, vestirse a capas. La ropa de safari debe ser clara, de algodón y con mangas largas. Olvídate de los pantalones cortos que lleva Clark Gable en Mogambo porque te freirán los mosquitos.

· No se necesita ninguna vacuna obligatoria, pero están recomendadas las de la fiebre amarilla, el tifus y la hepatitis. Para evitar complicaciones es casi imprescindible tomar medidas profilácticas contra la malaria y llevar un buen repelente contra los mosquitos.

· Unos prismáticos te serán muy útiles. Asimismo no debes olvidarte de las gafas de sol y de un sombrero con barbuquejo para que no se lo lleve el aire y te proteja del sol y del polvo de las pistas.

· Muy recomendable es la versión actualizada de la guía de viaje sobre Kenia de Lonely Planet (Editorial Planeta). Es una especie de Biblia para los viajeros por cuenta propia, y una enciclopedia de consulta para los que opten por el viaje organizado.

 

MÁS INFORMACIÓN

Embajada de Kenia en España: Jorge Juan, 9, 3º Dcha. 28001 Madrid.

Tel.: 917 812 000 (www.KenyaEmbassySpain.es).