Essaouira, Bohemia marroquí

Hay un Marruecos delicioso pero obvio –Marrakech– y un otro delicioso y genuino –casi todo el resto del país–. Essaouira, la única ciudad alauí diseñada antes de construida, es el corazón bohemio del reino, despensa de Roma cuando los múrices de sus islotes proveían el púrpura para teñir las capas de los emperadores. Mogador bajo dominación portuguesa y musa de Cat Stevens o Jimmy Hendrix, hoy es nido de artistas, músicos y pintores, capital africana del surf, cuna de la música gnaoua. Bienvenidos. Se ruega no etiqueta.

 

Ciudad de Piedra (Stone Town)

Explorar a pie el intrincado laberinto de esta ciudad árabe resulta una de las experiencias más fascinantes de África. Incluso con el mejor mapa es imposible orientarse, y lo más conveniente es contratar un guía que nos enseñe los lugares más atractivos.

El antiguo dispensario –edificio que también funcionó como aduanas durante un tiempo– se ubica en un espléndido palacio restaurado en los últimos años y que se ha convertido en la sede de la Escuela de Restauración.

La Casa de las Maravillas –Beit El Ajaib– es uno de los edificios más grandes de Zanzíbar y sin duda el más notable, por lo que se ha instalado en él el Museo Nacional de Historia y Cultura de Zanzíbar.

La Fortaleza, construida por los omaníes en 1700, se alzaba en el lugar que ocupaba una iglesia portuguesa, y es hoy la sede del Centro Cultural de Zanzíbar. La Catedral de St. Joseph, utilizada aún por la comunidad católica para el culto, fue construida 1888 por el arquitecto francés Berenger.

En la escuela de Temekuja se conservan todavía –en los sótanos– las celdas de internamiento de los esclavos, tan siniestras o más que las de Santa Mónica. Hay varias mezquitas en la zona, aunque la más antigua –y posiblemente la más bella– es la Mezquita del Minarete (Msikit wa Balnara).

La Casa donde vivió David Livingstone es la más alejada del centro, y en ella se encuentra la sede de la Organización de Turismo de Zanzíbar.

Por último, el Museo del Palacio (Beit al Sahel) es el precioso complejo palaciego que ocuparon los últimos sultanes antes de expulsados del país en 1964.

Playas

Las mejores están en la costa este: Chwaka, Uroa, Paje y Bweju ofrecen además excelentes posibilidades de buceo –sólo si la marea está baja– y para contemplar la actividad pesquera de estos pueblos.

Ruta de las especias

Unos de los atractivos que no debemos dejar de lado es el recorrido de las especias, una fiesta de olores y sabores que te saludan al introducirte en la floresta de Unguja mientras aspiras los aromas del clavo, la canela, el anís, la nuez moscada y otras muchas especias que se cultivan o crecen de forma natural en esta isla.

Es interesante realizar este recorrido con un guía, ya que él podrá mostrarnos y explicarnos las distintas plantas, sus frutos y sus usos.

Al final del recorrido se pueden comprar a precios muy bajos algunas de ellas.

EXCURSIONES

Sur de ZanzÍbar

Son imprescindibles la Kirk House, las ruinas del palacio de Mbweni y de la mezquita de Shirazi Dimbani, así como la reserva natural del Bosque Jozani.

Norte de Zanzíbar

Las ruinas del palacio de Maruhubi y de Beit-el-Ras, los baños persas de Kidichi, la playa de Fuji, y las cuevas de Mangapwani, utilizadas para esconder a los esclavos una vez fue prohibido su comercio.

Isla de Pemba

La isla de Pemba está considerada uno de los mejores lugares del mundo para practicar submarinismo,rodeada por preciosos arrecifes de coral que albergan una asombrosa variedad de especies animales –en Chake Chake y Wete hay centros de buceo–. Otras islas con excelentes centros turísticos, catalogados como de primera clase, son Mnemba y Chumbe.

COMPRAS

Ir de compras en Zanzíbar es una experiencia realmente embriagadora. Recorrer los callejones, cruzar las puertas talladas mientras rebuscamos en cofres a la caza del tesoro de Aladino –que él no logró hallar a pesar de poseer la lámpara maravillosa– es una práctica enloquecedora.

Por todos lados nos asaltarán colores, aromas y formas que incitan a tocar y oler todo, mientras escuchas las historias que te va explicando el vendedor, en medio del trasiego y el regateo.

En Zanzíbar encontrarás buenas tallas y cajas de madera, objetos de latón y cobre, y exóticas muestras de joyería africana, todo a precios muy razonables. Las tiendas más surtidas son la Rashid Curio Shop y la Chanda Curio Shop. Si le interesan las especias, resulta más económico comprarlas en las mismas plantaciones.

En la tienda del hotel Emerson and Green encontrará a la venta unas estupendas cabezas africanas que el propietario adquiere en el continente.

También puedes comprar bonitos cuadros en la galería ubicada sobre el St. Mónica Guest House y en el estudio de John B. Da Silva, junto al hotel Chavda.

CONSEJOS

Es conveniente vacunarse contra la fiebre amarilla y el cólera, y aunque se recomienda recibir profilaxis contra la malaria esto no siempre es imprescindible.

Si vas a contratar algún vehículos deberías de leer estos consejos para alquilar un coche.

Mejor consultar con la embajada los lugares que vamos a visitar para estar más seguros.

El Sida está muy extendido en la isla.

Procura llevar una buena maleta de viaje resistente.

No olvides llevar una gorra o sombrero y gafas de sol, así como crema solar protectora y algún buen repelente antimosquitos.

Es aconsejable llevar billetes de un dólar para las propinas, ya que las monedas de euro no son fáciles de cambiar y a menudo son despreciadas.

La mayoría de la población es musulmana, por lo que hay que respetar ciertas costumbres en el vestir, sobre todo en mezquitas y lugares concurridos.

Muchos turoperadores ofrecen este destino, a menudo como extensión de un viaje a Kenya o Tanzania. Terres Llunyanes dispone de un programa muy completo para conocer Zanzíbar, Tanzania y sus parques nacionales.

La gastronomía local está muy influenciada por la cocina india –arroces biryani, pulaos, pescado con coco, currys, masalas, etc.–.

Muchos restaurantes se ubican en terrazas y azoteas, ofreciendo excelentes vistas al Índico y siendo una auténtica gozada para cenar. Los bares más populares de Unguja son el del Africa House Hotel, el Wazazi y el Starehe.

Jabbaren, la capilla sixtina del paleolítico

Durante horas avanzamos acompañados sólo por nuestra sombra. El sol aprieta pero sin asfixiar, y el camino se adentra en un mar de piedras, rocas y largas cuestas de muy difícil acceso. Nos parece asombroso, pero por fi n estamos en medio del desierto del Sáhara, subiendo al Plató del Tassili. El paisaje cambia continuamente y comenzamos a notar el castigo de esta marcha a través de un auténtico rompe piernas: subidas y bajadas se suceden hasta la saciedad por desfiladeros y caminos estrechos, para desembocar en nuevos retos orográficos. Las consecuencias de esta situación extrema no se hacen esperar y caen sobre nosotros como una losa de aplastante lógica. Para salvar los 800 metros de desnivel que nos separan desde el punto donde nos dejaron los vehículos 4×4 hasta la cima de la meseta, tendremos que invertir más de ocho horas de caminata.

Camino a Jabbaren

En cualquier caso, la conversación durante un breve alto en el camino nos confirma lo que todos sabíamos de antemano: cualquier esfuerzo merece la pena, por duro que resulte, si nuestra meta es llegar a uno de los lugares más increíbles, y posiblemente más hermosos, del globo.

Estamos en la zona suroriental de Argelia, muy cerca de la frontera con Libia, en pleno Tassili n’Ajjer, que en lengua tuareg significa “meseta entre dos ríos”, una agrupación de montañas en pleno desierto del Sáhara con una extensión de 800 kilómetros de largo por unos 80 kilómetros de ancho. La población más cercana es Djanet, considerada la capital tuareg de la región y a unos 30 kilómetros de nuestro punto de partida.

Hasta allí llegamos en avión desde Argel, pero aquel viaje parece ya muy lejano. Para llegar al Plató del Tassili solamente existen cuatro vías de subida y bajada, todas de acometida muy compleja, y la única forma de ascender es caminando. Los camellos están acostumbrados a las condiciones climáticas desérticas, pero no son capaces de afrontar las duras reglas que impone el terreno por el que transcurre nuestra ruta. Por supuesto, y como pudimos comprobar a lo largo del viaje, es totalmente imposible ir en vehículos motorizados, así que mientras nosotros ascendíamos caminando, todas nuestras provisiones y equipo iban a lomos de pequeños burros, el único medio de transporte posible para esta aventura apasionante. Es entonces cuando somos realmente conscientes de nuestra dependencia vital de los guías tuaregs, auténticos guardianes de las pinturas y de la meseta que las cobija –y verdaderos señores de estas tierras–, que mientras explican las imágenes o los paisajes que nos rodean dejan entrever el respeto que profesan hacia las gentes que poblaron por primera vez el Tassili.

La meseta del Tassili

La meseta del Tassili ha sido descrita como uno de los paisajes desoladores más increíbles del planeta, y es comparada a menudo con la superficie lunar. Uno comprende ambos pensamientos nada más llegar arriba, cuando el entorno cambia de las dunas típicamente saharianas a una inmensa explanada completamente lisa, vacía y sin el más mínimo vestigio de vida en muchísimos kilómetros a la redonda. Pero ¿cuál es la magia de este lugar, que hace que cada año unas tres mil personas se olviden de todas estas penurias para aventurarse hasta aquí?

¿Qué esconde este inhóspito océano de piedra en mitad  del desierto, a más de 1.500 kilómetros de la costa mediterránea, para agitar las mentes y los corazones de tantos viajeros? La respuesta a estas preguntas requiere remontarse muchos miles de años atrás en el tiempo.

Aunque parezca una locura, hace más de 8.000 años en esta zona bullía la vida. El paisaje era entonces muy similar al de la actual sabana, y tanto plantas como animales podían conquistar aún los dominios del Tassili sin excesivos problemas.

La Capilla Sixtina del Paleolítico

Junto a ellos vivieron y evolucionaron diferentes civilizaciones prehistóricas, pueblos que pintaron en cuevas y paredes al aire libre los más de 8.000 dibujos que hoy pueden admirarse en la región –aunque se estima que aún puede haber más de 10.000 imágenes sin catalogar o descubrir–, convirtiendo este conjunto de pinturas rupestres en lo que para algunos expertos es “la Capilla Sixtina del Paleolítico”.

Las primeras informaciones relacionadas con este increíble descubrimiento llegaron a Europa durante los años de la Primera Guerra Mundial, traídas por oficiales de la Legión Extranjera francesa que se habían aventurado por estos parajes.

Pero no fue hasta 1933 cuando los arqueólogos y geógrafos franceses pudieron observar algunos apuntes de las pinturas, tomados por el Teniente Charles Brenans –comandante del puesto de Djanet–, quien al practicar un reconocimiento con su escuadrón de camelleros en la meseta descubrió algunas cuevas cuyas paredes se hallaban cubiertas de dibujos.

Y precisamente, mientras llegábamos por fin a la planicie, recordamos las palabras del coronel  Brenans al explorador francés Henry Lhote, quien daría a conocer las pinturas al resto mundo, en 1957: “Cuando veas Jabbaren te quedarás estupefacto”.

Jabbaren

Jabbaren es un grupo de formaciones geológicas que asemejan el trazado de auténticas ciudades, con sus plazas, cruces de caminos, monolitos de rocas negras, marrones y ocres –similares a las chozas de algunos poblados africanos–, y callejuelas estrechas en las que el sol parece un mero invitado ocasional. Y allí nos aguardan las pinturas que, diseminadas por todo el Plató del Tassili en diferentes zonas, albergan uno de los conjuntos pictóricos rupestres más reveladores y espectaculares que se pueden observar en la actualidad.

Retomamos la ruta en la planicie, que en algunos puntos está cubierta de pura arenisca y en otros de piedra basáltica.

Caminamos siempre con la sensación de estar sobre la luna, atravesando interminables extensiones de piedras que se mezclan con explanadas formadas por gigantescas lajas de piedra volcánica, como si una terrible erupción lo hubiera arrasado todo de un plumazo a nuestro alrededor. Así llegamos hasta otra especie de ciudadela de grandes rocas, con estrechos corredores y paredes talladas por el viento. Y de pronto, allí están, al abrigo de la roca, las primeras pinturas. Se trata de una escena de caza que parece sacada de los libros de historia.

Una figura estilizada, realizada con apenas nueve trazos que dejan patente su naturaleza humana, y con un arco en la mano. A su lado hay pintado otro hombre, y muy cerca un animal. La imagen no es muy grande –cada figura tiene unos 20 cm–, pero este primer descubrimiento desata en todos nosotros un torrente de emociones. A partir de ese momento todo cambia, como si se hubiera abierto de repente ante nosotros un museo al aire libre que permite pasar días enteros admirando cientos de pinturas, todas diferentes y a cuál más increíble.

Escenas de caza, pastores que conducen grandes rebaños de animales –las vacas de enormes cuernos son los más abundantes en los murales–, danzas, luchas tribales, y fieles representaciones de los animales que poblaban hace milenios estos parajes hoy desiertos: elefantes, jabalíes, jirafas, tortugas, caballos, ciervos, gacelas… Su calidad es tal que, tras unos minutos observando el espectáculo, resulta hasta sencillo imaginar una extensa sabana en el mismo lugar que hoy dominan la piedra, la arena y el vacío.

Cualquier pared a la que miremos nos devuelve más y más pinturas,

Cualquier pared a la que miremos nos devuelve más y más pinturas, en algunos casos incluso superpuestas, como si distintas generaciones hubieran ido dejando sus improntas.

También distinguimos estilos pictóricos diferenciados y varios colores. Hay figuras y trazos negros, verdes, ocres, blancos…

Sin embargo, el Tassili aún nos reserva una de sus sorpresas más alucinantes. Al llegar a la zona conocida como Jabbaren, nos encontramos con un conjunto de pinturas en las que se muestran extraños seres que podríamos calificar, como mínimo, de intrigantes: seres antropomorfos de extrañas cabezas que, a veces, incluso fl otan en el aire. Son los Dioses de cabeza redonda, frescos de gran tamaño –pintados hace unos 8.000 años– cuyas fi guras no recuerdan a nada conocido.

Y entre ellas destaca, sin duda, el Dios Marciano; un ser de más de seis metros de altura, con una extraña especie de escafandra en la cabeza y una serie de tubos que salen de su cuerpo.

Algunas interpretaciones defienden que estas pinturas representan a seres sensibles superiores que, en una época atemporal, descendieron hasta esta entonces hospitalaria meseta para observar la convivencia de los primeros grupos humanos.

El propio Henry Lhote, luego de observar al gran dios de seis metros de altura pintado en el techo combado de un abrigo profundo, escribió: “Hay que retroceder un tanto para verlo en conjunto.

El perfil es simple y la cabeza, redonda y sin más detalles que un doble óvalo en mitad de la cara, recuerda la imagen que comúnmente nos forjamos de un ser de otro planeta”.

Lógicamente estas teorías no van más allá de la mera especulación, pero está claro que nos encontramos ante algo especial. Y a dos días más de caminata encontramos otra maravillosa rareza, otro ser increíble, con cuernos sobre la cabeza y grandes brazos extendidos, conocido como “el Diablillo del Tassili”.

Este fresco, de más de tres metros de altura, contiene múltiples imágenes superpuestas entre las que destacan unos pequeños seres en postura de adoración hacia la imagen principal, así como un gran antílope en la parte derecha de la imagen. En cualquier caso, la lista de pinturas misteriosas del Tassili es interminable: objetos circulares que parecen surcar el cielo, personas que sobrevuelan a otras, y así un largo etcétera.

Tratando de buscar explicación a estos enigmáticos dibujos en inolvidables charlas nocturnas junto al fuego, nuestro tiempo en el Tassili se va agotando. Debemos partir, comenzar a caminar de nuevo, esta vez de regreso a nuestro propio mundo. Mientras el sol se esconde ceremonioso tras un horizonte infinito, llegamos al borde del Plató.

Y allí, sentado e inmóvil como una piedra más, encontramos a nuestro guía tuareg observando desde su lugar privilegiado la inmensidad del desierto.

Aventura en el norte de Etiopía

Etiopía, recién salida de una guerra civil que duró 30 años y que se inició Haile Selassie en 1962, es uno de los países más interesantes para conocer del Cuerno de África. Se encuentra en el nordeste de ese continente, a 8º latitud N y 38º longitud E. Aunque hace frontera con Sudán, Yibuti, Eritrea, Somalia y Kenia, atraviesa de norte a sur el Gran Valle del Riff creando una zona de depresión. Pero a la vez que forma la cuenca de diversos ríos y lagos, entre los que destaca el inmenso Tana que es el más grande e importante de Etiopía, donde parece ser que nace el Nilo Azul.

Etiopía: un país lleno de misterios

Es por tanto un hermoso país lleno de misterios, como su propio nombre indica “Rostro Quemado“, además de la cuna de las maravillas arquitectónicas de pequeñas ciudades  como Axum y Gondar, situadas al norte. Y, hablando de Axum solo recordar que cuenta con una de las iglesias más importantes de este lugar conocido con el nombre de Tsion Maryam, la primera que se construyó en África allá por el siglo IV d.C., y que llevó a término el emperador Fasilidas, ya que la original fue destruida. También se dice que en un lugar bien custodiado de la iglesia se encuentra el Arca de la Alianza, pero no hay ninguna posibilidad de verla, pues al parecer sólo hay una persona viva que la ha visto y es su guarda actual. El acceso a la iglesia, y a un museo anexo construido por la esposa de Haile Selassie, cuesta 60 Birr y está prohibida la entrada a las mujeres. Aquellos que no deseen visitarla pueden dar una vuelta por los jardines exteriores que hay junto a ella.

El lago Tana

A los viajes conviene ir persiguiendo mitos, y el mío, cuando visité el lago Tana, en el Noroeste etíope, no era otro que poner los pies en el lugar donde nace el Nilo Azul. Pero las tierras que rodean al Tana, y el propio lago, son mucho más que un espacio geográfico de donde fluye un gran río plagado de cataratas. Se trata, sin duda alguna, de la región más importante de Etiopía desde el punto de vista histórico. Durante varios siglos, entre el XV y el XIX, la zona fue elegida por los emperadores abisinios para establecer sus cortes, que en aquellos días eran itinerantes, cambiando de emplazamiento según escaseaban el agua y la caza, y los bosques habían sido cumplidamente talados. Todo ese pasado de aventuras imperiales e incontables guerras ha dejado sus rastros en el área que rodea el Tana y en el interior del propio lago. Es una huella no exenta de riqueza cultural, teniendo en cuenta que Etiopía es el único país del África subsahariana que cuenta desde siglos atrás con lengua escrita, el amárico, y crónicas reales y leyendas trasladadas a un libro con más de cinco siglos de antigüedad.

Este lago es el más grande de todos los que existen en Etiopia, con 75 kilómetros de largo por 65 de ancho. Se extiende a unos 1.700 metros de altura sobre el nivel del mar y su profundidad nunca va más allá de los 14 metros. Es un lago tranquilo, apenas azotado por las tormentas, y cuenta en su interior con 37 islas. Aparte de algunas lanchas para turistas, el único medio local de transporte lacustre es un viejo transbordador, el Tanana, que navega de Sur a Norte los domingos, uniendo el puerto de Bahr Dar con el de Gorgora, y viceversa los miércoles. En condiciones normales, el viaje duraría cinco o seis horas. Pero como este barco es una especie de lechera, pues se detiene en varios lugares de las islas y del litoral, por lo que el trayecto puede llevar al final hasta un día y medio.

A pesar de que ya hemos comenzado a caminar en el siglo XXI, en el Tana sobrevive otra forma de navegación cuya antigüedad es imposible de calcular, quizás más de 1.000 años. Se trata de pequeñas canoas que los habitantes de la región conocen como tankwas, construidas a base de papiro, bambú y cuerdas, y movidas a remo. No tienen más de tres o cuatro metros de eslora y carecen de quilla. De manera que cuando van muy cargados se hunden en el agua hasta la borda. Duran unos cuatro meses antes de que el contacto con el agua las pudra. Pero hacer uno nuevo no lleva, en los astilleros de Bahr Dar, más de tres días. Las aguas de este lago tienen abundante pesca, sobre todo perca, pez gato y tilapia, y hay algunas familias de hipopótamos, muy peligrosos para las frágiles tankwas. En las agrestes orillas abundan las serpientes pitón y mamba negra, las hienas y, en ocasiones, aparecen leopardos.

El Nilo Blanco

En el extremo oriental de la localidad de Bahr Dar brota el Nilo Azul, ancho, manso y solemne, y desde allí emprende su largo viaje, atravesando el occidente etíope y el Sur de Sudán, al encuentro de su hermano el Nilo Blanco, cenca de Jartúm. A unos 30 kilómetros de Bahr Dar se produce el primer gran salto de este río, en las cataratas de Tis Isat, un imponente espectáculo de la naturaleza, con el vapor del agua llenando los aires bajo uno de los cielos más limpios de África. No en balde, Tis Isat quiere decir en lengua amáricael humo sin fuego.

Sólo el hecho de navegar por este lago mítico ya justifica la excursión. La barca empieza dirigiéndose a la isla de Kebren Gabriel, pero por el camino encontramos varias colonias de pelícanos que acostumbran a posarse sobre unas rocas que emergen unos centímetros del agua. El barquero se acerca a los pelícanos con el motor casi parado para no hacer ruido y asustarlos, lo cual permite verlos de muy cerca y hasta poder fotografiarlos. Continuando sólo unos cientos de metros se llega a una pequeña isla  dónde está elmonasterio de Kebren Gabriel. Este es el único monasterio de este itinerario dónde no se permite el acceso a las mujeres, debiéndose quedar acompañadas por un monje en la zona del embarcadero. En este caso el interés del monasterio es que posee la biblioteca de libros antiguos más grande de toda la región. Ver el contenido del museo (desde el dintel de la puerta) y entrar a la iglesia cuesta 20 Birr. Cerca de aquí hay otro monasterio, para mí el más importante, Ura Khidane Mihret, ya que posiblemente se trata del más impresionante de todos los del lago Tana. La iglesia es de planta circular, bastante grande, y en su interior encontramos magníficas pinturas religiosas sobre motivos bíblicos. La base de laspinturas son paredes de barro y paja recubiertas con ropa de algodón, y las propias pinturas están hechascon tintes naturales. Realmente son una filigrana.

Después de un buen rato de navegación por el lago se llega a un pequeño  embarcadero que está situado justo dónde nace el Nilo Azul en el lago Tana. El lugar es muy bonito y evocador, con plantas de papiro en las orillas del incipiente río, pájaros sobrevolando el agua y algún hipopótamo. Para llegar al corazón de las cascadas debemos caminar unos 100 metros por el campo. El recorrido por el lago Tana se acaba volviendo de nuevo al embarcadero de origen, tras más de cinco horas repletas de aventuras.

La iglesia de San Jorge

Pero si hay algo que verdaderamente llama la atención al que visita por primera vez este país, son las iglesias excavadas en la roca de Lalibela, situadas un poco más al sur de Axum, cuya secreta construcción aún no ha conseguido ser desentrañada por los estudiosos. Dicho complejo religioso es Patrimonio de la Humanidad desde hace algunos años, y esta formada por una veintena de iglesias cristianas monolíticas, la mayoría de corte ortodoxo. La más bella de todas ellas es, sin lugar a dudas, la iglesia de San Jorge.

A 640 kilómetros al norte de la capital, Addis Abeba, y a 2.500 metros de altitud, se encuentra una pequeña localidad llamada Lalibela que se despereza cada mañana desde hace siete siglos entre la indiferencia de gran parte del resto del mundo. Nada la hace distinta de otros rincones del país, e incluso de otros lugares de África. Las mismas calles embarradas, la misma pobreza… siempre es lo mismo enLalibela. Nada, a simple vista, justifica que sea meca para viajeros de los cinco continentes. Y, sin embargo, este lugar es una maravilla. Maravilla de piedra y fe. De roca e incienso. De templos trogloditas y rezos. Once iglesias y un espacio monástico, además de varios sepulcros y otros lugares sagrados, forman una laberíntica ciudad excavada bajo el nivel del suelo en un reducido espacio de siete kilómetros cuadrados. Pero Lalibela es también la ciudad santa para los cristianos etíopes. Cada uno de estostemplos fue erigido cincelando la roca de la montaña como si de una escultura de piedra se tratase. Las hay que han sido aprovechadas de cuevas naturales en el macizo donde se levantan, como Bieta Medani Alem, y también las hay excavadas directamente en la pared de roca, como Bieta Abba Libanos, o las que se encuentran separadas de la roca madre, como Bieta Ghiorghis, más conocida como iglesia de San Jorge, cuya planta de cruz griega parece surgir desde las mismas entrañas de latierra.

No es extraño por ello que allá por el siglo XVI el primer europeo que las contempló, el padre Francisco Álvares, capellán de la embajada portuguesa, afirmase en su diario: “No quiero escribir más acerca de estas obras, porque me temo que nadie me va a creer, y lo que hasta ahora he escrito dará ya a más de uno motivos suficientes para llamarme mentiroso”. El religioso luso ni mentía ni exageraba, porqueLalibela es única, impresionante, desconcertante, prodigiosa, inexplicable, enigmática… ¿Quién la levantó? Cuenta una leyenda que, a finales del siglo XII, reinaba en el imperio un soberano al que llamabanLalibela. También cuenta que ya adulto, su hermano lo envenenó y, fruto de la ponzoña, el monarca cayó en estado de catalepsia. Mientras permanecía postrado, un ángel llevó su alma al cielo y allí pudo observar construcciones maravillosas. Dios se dirigió a él y le ordenó que repitiera aquellos edificios en la tierra. Al cabo de tres días, devolvió su alma al mundo terrenal y lo despertó del letargo en el que había estado sumido. A partir de ese momento, hombres y ángeles, codo con codo, construyeron en pocos días Lalibela, una copia africana de la ciudad de Jerusalén.

La historia, siempre más prosaica, asegura que no fueron ángeles, sino cristianos coptos huidos de unEgipto musulmán que les perseguía, los que plasmaron su arte en las rocas. Sostiene además que tuvieron que dedicar bastante más tiempo del que afirma la leyenda, quizá cerca de un siglo, para terminar el conjunto de estas iglesias. Y atestigua que su recóndita ubicación no fue fruto de un designio divino sino que respondía al propósito de ocultar los templos a las incursiones musulmanas, entonces muy frecuentes en estas tierras.

Sin embargo, que no crea el viajero que la espectacularidad de la “Jerusalén africana” se reduce sólo a estos días. Basta cruzar el umbral de cualquiera de los templos, recorrer los pasadizos excavados en la roca que unen unas con otras, admirar la belleza de sus multicolores libros sagrados, una especie de Bíblias, escuchar los rítmicos cantos litúrgicos para retroceder en el tiempo sea el día que sea del año. Los suelos siguen cubiertos de paja y ásperas esteras. El mobiliario es escaso. La luz, mortecina. Y los sacerdotessurgen de la penumbra para dar su bendición al recién llegado con una gran cruz que portan en su mano, algunos con gafas de sol para protegerse del flash de las cámaras fotográficas. Estamos en el África más desconocida e ignorada. Estamos en Lalibela, la “Jerusalén negra”.

Tanzania. Viaje al corazón africano

Tanzania alberga los sueños de muchos viajeros. El Serengeti, el Ngorongoro… son parajes ya míticos a los que uno llega en busca de leones, cebras y elefantes, de las inmensas sabanas y de tribus misteriosas como la masai. Lugares que atrapan al que los visita y donde los safaris fotográficos, un experiencia viajera que todo trotamundos que se precie debería probar al menos una vez en la vida, encuentran el marco ideal para desarrollarse.

Para llegar a esta parte de África desde España hay que afrontar un viaje que incluye a menudo varias escalas. En nuestro caso volamos a Arusha vía Frankfurt y Nairobi. Una vez en nuestro aeropuerto de destino, y después de los tramites aduaneros –bastante más cortos de lo esperado–, nos encontramos con nuestros conductores-guía, quienes nos acompañarían durante todo el viaje demostrando ser verdaderos entendidos en animales.

Lo organizamos todo con Yarae Safari, una de las pocas empresas especializadas en safaris a medida para el público español. Para desplazarnos durante el safari pusieron a nuestra disposición dos Toyota Land Cruiser especialmente preparados para este tipo de viajes, con siete plazas para los clientes, techo elevable –que permite ponerse de pie dentro del coche para observar mejor los animales y paisajes–, cabestrante, doble rueda de repuesto, emisora de radio para estar en continuo contacto con la central de la compañía, snorkel para los vadeos, etc.

Del aeropuerto de Arusha hasta el nuestro lodge había unos veinte kilómetros de carretera. Durante la ruta observamos multitud de personas caminando por las cunetas, vestidas con ropas de colores chillones y con esas mantas típicas de los masai que tanto hemos visto en las películas rodadas en África. Tanzania está compuesto por el antiguo territorio de Tanganica y las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia.

En la parte continental los paisajes son muy diversos. En la costa, frente al océano Índico, se abre una amplia planicie con un clima tropical lluvioso donde se concentra buena parte de la población y se ubican grandes plantaciones de sisal y caña de azúcar. Hacia el oeste se extiende la árida meseta central. En el norte encontramos una región montañosa con laderas aptas para la agricultura –donde predominan los grandes cafetales y las plantaciones de plátanos– y donde se encuentra, colindando con la frontera conKenya, el monte Kilimanjaro, el pico más alto de África (5.895 m). Nuestro periplo africano recorrería los parques nacionales del norte del país partiendo desde la ciudad de Arusha, ubicada en las faldas del monte Meru y auténtica capital de los safaris en Tanzania –desde aquí salen casi todos los safaris que se organizan en esta parte de África–.

Siempre se ha comentado que África es un continente de sensaciones nuevas. Y para nosotros, viajar cruzando las primeras planicies africanas viendo a lo lejos la silueta del Kilimanjaro ya prometía ser una primera sensación inmejorable. Después de un agradecido descanso en el Songota Lodge, formado por pequeños bandas –bungalós equipados con dormitorio, baño y ducha–, disfrutamos de nuestra primera cena africana y avanzamos los preparativos para la partida al día siguiente.

Nuestro primer destino era el Parque Nacional de Tarangire, y después de haber recorrido unos cien kilómetros de carretera asfaltada pasamos a otra de tierra. Ya estábamos en la África más genuina, y comenzábamos a ver las primeras acacias. El Parque Nacional de Tarangire es uno de los más desconocidos de Tanzania, y por ende de los menos visitados.

Es un parque relativamente pequeño si lo comparamos con los del Serengeti y el Ngorongoro, pero conserva intacta su belleza y su autenticidad.

Con una extensión aproximada de 2.600 km2, aquí vivieron los masai hasta mediados de los 70, cuando se fundó el parque.

El río Tarangire cruza el parque y es el punto de encuentro para la fauna de la zona. Aquí destacan las grandes manadas de elefantes, siendo considerado uno de los santuarios de estos grandes animales –llegamos a ver manadas con más de cien individuos–.

Entrar en Tarangire es como entrar en un bosque de baobabs. Es un árbol realmente curioso. Con su tronco grueso y su copa formada por un apelmazamiento de ramas, parece que está plantado al revés y que las raíces están arriba. Es habitual ver en estos árboles grandes cortes y rasguños realizados por los elefantes mientras se alimentan de su corteza. En Tarangire fotografiamos las grandes manadas de elefantes, varios grupos de cebras y algunos ñúes.

 

 

Hacia la gran falla del Rift

 

Nuestra siguiente etapa nos llevó hasta el lago Eyasi, a las faldas del cráter del Ngorongoro, tras toda una jornada recorriendo caminos de tierra que en épocas de lluvia se vuelven intransitables incluso para los todoterreno. Ya estábamos en la zona de la falla del Rift, una auténtica prueba para la amortiguación del vehículo pues cruzamos los lechos secos de algunos ríos.

Paramos a comer en medio de un cafetal ante la curiosidad de los lugareños, hasta llegar por fin a las orillas del lago Eyasi.

En esta zona se encuentran algunas de las tribus más interesantes de África, así que nos quedamos un par de días acampados en el Datoga Camping, ubicado en un paraje increíble al borde de un riachuelo, rodeado de acacias y con grandes explanadas de hierba.

Este campamento estaba gobernado por un individuo realmente curioso, Mamoya, todo un fanático de Bob Marley y la música reggae con rastas incluidas.

Mamoya hizo las veces de intérprete durante nuestra estancia en la zona, durante la cual visitamos la tribu de bosquímanos hadzabe. Es el único asentamiento bosquímano de esta parte del mundo, y en la actualidad apenas alberga a unas doscientas personas, divididas en pequeños grupos familiares de entre quince y veinte individuos repartidos por la comarca.

Conservan su forma de vida desde tiempos inmemoriales, alimentándose de la caza y de las raíces de plantas que las mujeres recogen.

Fue una experiencia interesante salir con ellos de caza al amanecer, aprender a tirar con sus arcos y escuchar su curioso lenguaje “clic”. Otro día lo dedicamos a visitar a la tribu datoga, grupo con costumbres muy similares a los masai, antaño conocido por su fiereza y temido por su implacable forma de luchar, aunque en la actualidad son menos beligerantes y se dedican exclusivamente al pastoreo.

Terminada nuestra estancia en el lago, dirigimos nuestros pasos hacia el Serengeti pasando por el borde del cráter del Ngorongoro y cruzando las míticas llanuras del parque.

Hicimos una breve parada en la entrada del parque para registrarnos–trámite obligatorio para acceder al mismo– y llegamos al anochecer a la zona de acampada. Para cubrir los 325 km que separaban el Lago Eyasi de nuestro campamento en el Serengeti tuvimos que emplear toda la jornada, lidiando con baches, saltos y sobresaltos, pistas de arena y polvo, mucho polvo.

Las zonas de acampada del Serengeti no están acotadas. Son lugares acondicionados en el centro del parque –en la zona conocida como Seronera– y equipados con una pequeña edificación compuesta por un techo y poco más donde los cocineros preparan las comidas y cenas, un pequeño edificio con cinco letrinas donde hacer las necesidades pertinentes –muy limpio, por cierto–, otra pequeña edificación para las duchas –sólo con agua fría– y un depósito de 50.000 litros de agua.

 

La grandeza del Serengeti

 

Sólo la visita y la estancia en este parque ya hace que todo el viaje merezca la pena. Después de montar las tiendas y tras la exquisita cena que preparó nuestro cocinero Banana, nos dispusimos a disfrutar de nuestra primera noche en el Serengeti.

Según va cayendo la luz comienzan a oírse los primeros rumores de la sabana: unos grillos primero, aves, alguna cebra, ñúes y, poco a poco, el concierto animal toma intensidad hasta que llegan los verdaderos solistas: los leones. La primera vez que se escucha el rugido de un león en libertad es algo inolvidable, una sensación indescriptible.

El rugido de un león puede escucharse hasta a ocho kilómetros de distancia, pero desde dentro de la tienda de campaña es muy difícil saber si está a ocho kilómetros o sólo a unas decenas de metros…

Hay una norma cuando se acampa en el Serengeti, y es la de no salir de la tienda de noche. Los animalessuelen visitar los campamentos para beber junto a los depósitos de agua y es mejor evitar encuentros indeseables, aunque es importante decir que nunca ha habido ataques a los turistas por parte de estosanimales.

Durante los días que estuvimos acampados pudimos disfrutar de la vista de un par de hienas y escuchamos todas las noches a los leones, algo realmente espectacular. Con las primeras luces del amanecer, nos pusimos en marcha.

Teníamos todo el Serengeti para nosotros y pocos días para recorrerlo. El Parque Nacional de Serengeti, cuyo nombre significa “las planicies sin fin” en lenguaje masai, mide 14.763 km2 –es mayor que La Rioja o que la provincia de Teruel–.

Es un auténtico santuario de animales y está considerado uno de los últimos paraísos de la vida salvaje. Aquí campan a sus anchas leones, elefantes, cebras y más de un millón de ñúes, que migran de sur a norte todos los años en una inmensa peregrinación sin fin. Los animales viven, crecen, se mueven, reproducen y mueren con plena libertad, igual que hace miles de años. Nos encontramos en el corazón de la sabana africana. Muchos han definido las planicies del parque como el “gran mar de hierba”, y realmente es así, salpicado por grandes islotes de piedra y roca llamados kopjes, formaciones graníticas de origen volcánico cuyos orígenes se remontan a la época de formación del planeta.

 

Cuando comienzas a conocer el Serengeti te das cuenta de su grandeza, algo que resulta evidente durante las escenas de caza. La fiereza de los leones cazando una cebra, la elegancia de los guepardos persiguiendo a una gacela o la paciencia de los cocodrilos acosando a los ñúes son momentos inolvidables.

Tanto como admirar a los hipopótamos descansando durante el día y peleando al atardecer, a las elegantes jirafas observándonos desde el final de su largo cuello mientras comen las hojas más altas de las acacias o a los marabúes compartiendo los restos de una cebra con los buitres, sin olvidar los enormes rebaños de impalas y gacelas pastando nerviosamente, siempre atentas a cualquier movimiento, a cualquier ruido.

Ni qué decir tiene que cuando nos abandonamos el parque una auténtica sensación de tristeza nos acompañaba, pero nos esperaba el magnífico Cráter del Ngorongoro.

 

El volcán de la vida

 

Considerada por muchos la octava maravilla del mundo, este cráter volcánico es un espectáculo de naturaleza salvaje.

Con una extensión de 265 km2, sus bordes escarpados y recubiertos de una densa vegetación enmarcan una interminable sabana salpicada por un par de grandes lagos, donde podemos observar algunas de las colonias de flamencos rosa más grandes del mundo.

En el cráter habita una variadísima fauna –especialmente cebras, búfalos y ñúes–, y con algo de suerte es posible descubrir al magnífico rinoceronte negro, uno de los animales más perseguidos por los cazadores furtivos a causa de su cuerno.

También fuimos testigos de cómo los animales se adaptan a los tiempos modernos cuando un grupo de leonas utilizaron los coches del grupo para agazaparse y acechar a sus presas.

Fue apasionante observar cómo una leona, pasando al lado mismo de mi ventanilla, iba de coche a coche hasta situarse al lado de un grupo de cebras para abalanzarse sobre ellas, aunque esta vez sin suerte. Estuvimos en el parque todo un día, acampando junto a su borde en un campamento desde donde se observaba el amanecer al otro lado del cráter. Todo un lujo.

Una vez visitado el Ngorongoro nuestra visita llegaba a su final. Desde aquí regresamos de nuevo a Arusha, donde llegamos ya tarde y nos alojamos también en el Songota. Una cama de verdad y una ducha de las de siempre parecían lujos desconocidos tras nuestra aventura. Esa noche cenamos con nuestros nuevos amigos, Ely y Norton –los conductores– y Banana y James –los cocineros–, una exquisita barbacoa a base de facóquero, carne de pollo y viandas varias, para al día siguiente volver a nuestro “mundo civilizado”.

Y es curioso: mientras estábamos de safari no lo echamos de menos en ningún momento, y ahora que estamos en la civilización, solo pensamos en volver a África… ¿Será la famosa fiebre de África?

 

Evocadora Kenia

Kenia es un país que habita en nuestra memoria, que la nutre de iconografía y de innumerables recuerdos… aunque nunca hayamos puesto el pié en África. Las míticas películas de aventuras en la selva, los reportajes vistos en televisión sobre la vida salvaje de la fauna africana y las fotos de los folletos de las agencias de viaje anunciando los safaris por excelencia, han conseguido grabar en nuestro disco duro el impacto de sus imágenes y de su música.

Kenia es inagotable. No es la primera vez que escribo sobre este país africano… y no será la última (espero). Kenia supera todos los clichés. No podemos inventar más adjetivos para definirla, pero viajar hasta este país y vivirlo con los cinco sentidos dará un nuevo sentido a nuestra vida. Hace años, cuando piséNairobi –su capital– por primera vez, sabía que volvería a recorrer sus calles algún día. Desconcertante, original, seductora… tantas veces como la visitemos.

 

De nuevo en Nairobi. Entro al Hotel Stanley, que lleva el nombre del famoso periodista galés –después nacionalizado norteamericano–, aquel que pronunció la célebre frase “Dr. Livingstone, I presume?” (El doctor Livingstone, supongo) cuando encontró al único blanco existente en una perdida aldea a orillas del lago Tanganika, en 1871. Pero el Hotel Stanley a mí me trae la visión de otro recuerdo más fantasioso: el de Ava Gardner entrando imperiosa por su puerta giratoria –que aún gira inmutable al paso del tiempo– cuando se alojó en este hotel durante el rodaje de la mítica película Mogambo. Algunas veces he estado tentado de preguntarle al siempre sonriente y enguantado portero si la había visto pasar… ¡pero claro! Aquello ocurrió en 1953. En fin… fantasías.

 

En mi nuevo “primer día” en Nairobi, puedo observar a simple vista que el centro de la ciudad ha experimentado algunas transformaciones; me refiero a las urbanísticas. Desde mi última visita veo que se han construido algunos nuevos y modernos edificios de oficinas que la significan cada vez más como una verdadera metrópoli del siglo XXI. Han aparecido radiantes escaparates repletos de deportivas de colores, teléfonos móviles y iPads de última generación. También se han limpiado de pedigueños las calles del cogollo central, aunque el tráfico no ha variado y sigue compitiendo con el caos circulatorio de ciudades como El Cairo o Kampala. Me dicen en el hotel que ahora ya no es peligroso salir de noche para tomarse una Tusker –la cerveza nacional– en sus terrazas al aire libre y al calor de la noche estival… Aunque ese punto lo dejé para comprobarlo a la vuelta de mi periplo por tierras keniatas, cuando regresara para tomar el avión que me devolvería a España.

 

La carretera hacia las tierras del norte es una fiesta de actividad, de trasiego de gente que va y viene cargada con toda clase de mercancías… sobre burros, bicicletas, moto-carros, destartalados vehículos o sobre sus cabezas. Los atestados matatus (furgonetas colectivas) cambian de un carril al otro con endiablada rapidez y la vida parece surgir a borbotones desde la cuneta.

A medida que nos alejamos de los suburbios aparecen junto a la carretera las plantaciones de árboles frutales… plataneras, piñas y los inmensos cafetales, como los que tenía Karen Blixen. “Yo tenía una granja en África…”, así comienza la novela que inspiró la famosa película Memorias de África, paradigma popular de la aventura africana vivida por su autora, que se quiso ganar la vida plantando café en Kenia allá por la primera mitad del siglo pasado.

 

Muy pronto aparece la desmesura de la planicie que se impone en el paisaje, una tierra sin vallas solamente atravesada por la calzada asfaltada que a nada que nos descuidemos se irá convirtiendo en pista de tierra con fantásticos baches. A lo lejos y envuelta en brumas podemos divisar el Monte Kenia, la montaña más alta del país y el segundo pico más elevado de África después del Kilimanjaro. El lugar sagrado donde habita Ngai, el ser supremo y –según la creencia de los kikuyu, la etnia dominante en la zona– creador del primer hombre. A los pies de esta montaña, en una apacible y verde llanura, se encuentra el Mount Kenya Safari Club, un legendario hotel de la época colonial cuyas paredes están decoradas con fotos de las estrellas de cine del Hollywood dorado que pasaron por allí, ya que la fama de su propietario, el actor William Holden –que lo compró en 1959–, atrajo todo tipo de famosos ávidos de cobrar algún trofeo de caza para colocar encima de la chimenea en su rancho de Texas.

 

En aquella época todavía se podía cazar impunemente; pero en 1977 el deporte de asesinar animales por placer se prohibió en Kenia, y el hotel, sin perder un ápice de glamour, se convirtió en un orfanato para animales. Ahora es un ejemplo de cómo los animales salvajes pueden vivir en las mejores condiciones posibles cerca del peligroso depredador llamado hombre. El búfalo Oliver, el antílope Babu, el ñu Mara o el hipopótamo Morani, vendrán a darte las buenas noches… a una distancia prudente, naturalmente. Una placa en memoria del actor nos recuerda su estimable acción.

 

 

El Valle del Rift.

Hace millones de años África estuvo a punto de partirse en dos.

El continente se plegó y se arrugó, apareciendo crestas y simas. La cicatriz producida por aquel cataclismo se extiende a lo largo de miles de kilómetros desde Etiopía hasta Mozambique, y en Kenia formó algunos de los paisajes más impresionantes del planeta, salpicándolo aquí y allá de lagos y volcanes.

Tras una breve parada en las cataratas Thomson, junto a Nyahururu, donde unos kikuyus “de pega” posan para los turistas, nuestra siguiente etapa es el Lago Nakuru, el segundo parque más visitado del país después del clásico Masai Mara. Y no le faltan razones. Es un destino ineludible para cualquier viajero porque allí podemos admirar uno de los espectáculos más asombrosos que nos ofrece la naturaleza: el millón de flamencos que pinta de rosa las orillas del lago. Podemos acercarnos a las aves, pero sin armar bulla y a una distancia que los flamencos tienen ya muy controlada. La contemplación de tal magnitud de aves pegadas las unas a las otras nos deja absortos y el volumen de su cuchicheo mudos.

 

Podemos pasar horas observando a estas estilizadas aves de cuello sinuoso y patas longilíneas. Cómo se van agrupando en pandillas de machos para perseguir a una flamenca, que puede ser una buena excusa para hacer la foto del viaje. Su elegante y gracioso garbo es comparable a un pase de modelos, sólo que en este caso, todos y todas van uniformados con el mismo atavío: conjunto de plumas rosa cálido sobre blanco roto, con pico y patas a juego en tonalidades chicle chillón.

Las orillas del lago Nakuru son ricas en pastos, bosques de euphorbias y acacias, lo que hace que lo habite una gran variedad de fauna cuadrúpeda: jirafas, cebras, cobos, búfalos, hienas, guepardos, rinocerontes…

Con suerte, podremos ver también algún león trepador, pues el Nakuru es uno de los pocos parques africanos donde habita este peculiar felino. ¡Yo tuve suerte!

 

Rumbo sur, dirección Nairobi por la carretera A104, se suceden otros dos grandes lagos: el Elmenteita, que ofrece una magnífica panorámica del valle del Rift y el Naivasha, el otro punto fuerte para continuar con el safari fotográfico. El agua dulce del Naivasha acoge una gran colonia de hipopótamos que bucean entre jacintos acuáticos y que pueden contemplarse desde canoas que se alquilan en la orilla. Siempre he pensado que acercarse –como se acercan los lugareños– con las inestables barcas a los hipos resulta imprudente, pero el hecho es que no sé cual es el porcentaje de turistas que han sucumbido a causa de las sorpresas que pueden darte los paquidermos bajo las aguas, y mejor no preguntarlo… no vaya a ser que nos entre el pánico y nos quedemos sin la foto de los hipos “morreándose”. El otro espectáculo que no hay que perderse es ver como pescan las águilas reales. Asombroso.

 

Si queremos un completo recorrido por la zona podemos visitar el yacimiento prehistórico de Kariandusi, donde un centro de interpretación nos ilustra sobre los inicios de la humanidad. La familia de arqueólogos Leakey, en los años veinte del pasado siglo, descubrió numerosos objetos realizados por los primeros humanos. Todavía hoy los nativos realizan demostraciones de cómo se hace una herramienta cortante de obsidiana para despellejar animales. Luego te puedes llevar a casa una piedra afilada, negra y brillante, como recuerdo… cosa impensable en otros países donde parece que sus piedras sean patrimonio de la humanidad.

 

 

La Puerta del Infierno

Un trekking con fondo de cine

Visitar Hell’s Gate (La Puerta del Infierno) constituye toda una aventura. Es un lugar de película con nombre también de película, una garganta profunda creada por la falla del Rift, situada muy cerca del lago Naivasha y fuera de los circuitos organizados. Se puede recorrer a pié… o a saltos, ya que las frecuentes riadas han esculpido un estrecho cañón por donde el agua serpentea rauda. El descenso es abrupto y resbaladizo, a pesar de que existen algunos improvisados peldaños. Emplearemos unas dos horas en el trekking y deberemos calzar unas buenas botas, aunque el guía vaya con albarcas. Una columna basáltica de 25 metros de altura, llamada torre de Fischer, surge del corazón de la selva. Corazón que descubrió el explorador alemán Gustav Fischer en 1882, cuando la Sociedad Geográfica de Hamburgo le encargó encontrar una ruta desde Mombasa hasta el lago Victoria; expedición que fue exterminada por los masai de aquellos tiempos, que naturalmente no estaban entregados al turismo como hoy en día.

Este quebrado lugar lo han pisado dos heroínas del cine de aventuras, procedentes del cómic y transformadas en carne y hueso –más carne que hueso–: Tanya Roberts, que interpretó a Sheena, reina de la selva en 1984, y Angelina Jolie que dio vida a la explosiva Lara Croft en Tomb Raider II (2001).

 

Restaurante Carnivore.

Un suculento cocodrilo a la brasa

Si queremos pasar por la experiencia de comer todo tipo de nyama choma (carne a la brasa, en swahili), el lugar indicado es el restaurante Carnivore. Situado en Langata Road –a las afueras de Nairobi– e inaugurado en 1978, es un lugar de culto para turistas y keniatas ricos. Las nuevas leyes han eliminado algunas carnes del menú –como la cebra, el kudu o el hipopótamo–, pero aún figuran en la carta el avestruz y el cocodrilo. Mientras en su mesa tenga ondeando una banderita de papel, los camareros seguirán trayéndole carne, que cortan en la misma mesa.

El ambiente es muy agradable aunque hay aviesos gatos merodeando por ahí en busca de alguna tajada de cocodrilo. Afortunadamente no se escucha la consabida música ambiental con versiones melódicas de “Strangers in the Night” o “Guantanamera”, pero si se instala en las mesas del jardín le acompañará durante toda la cena un sonido mezcla del canto de grillos y ranas que resulta bastante más exótico.

 

Conviene empezar con un cóctel dawa (medicina en swahili) a base de vodka, lima y miel, para ir entonando el estómago de cara al festín carnívoro. El precio por el surtido de viandas braseadas es de unos 20 dólares, al que hay que añadirle las bebidas, el café y los impuestos.

 

 

LA COSTA SWAHILI

 

Me merecía un descanso tras tanta aventura por la selva, tantos botes en el todoterreno, tanto mirar la vida a través del objetivo de la cámara y tanto animal suelto por ahí. Todo el litoral de Kenia pertenece a la llamada Costa Swahili, que bañada por las aguas del Océano Índico está llena de interminables playas tropicales con sus correspondientes hoteles de lujo a la occidental intercalados entre tradicionales –aún– aldeas de pescadores. La cultura swahili se originó como consecuencia de las rutas comerciales que crearon mercaderes persas, omaníes y árabes, que aprovechando los vientos favorables de los monzones llegaron a las costas africanas.

 

Miles, millones de esclavos fueron sacados a la fuerza desde esta franja litoral. Pero la población indígena que se libró de esa desgracia y se mezcló con los árabes dio lugar a una cultura, un pueblo y una lengua, elswahili. El tiempo hizo el resto. De esa fusión surgieron un conglomerado de credos y culturas, una arquitectura peculiar y dinastías poderosas. Pero todo ha cambiado, y hoy la mayoría poderosa es la comunidad india, que aunque muchos de sus miembros no han pisado nunca la patria de sus ancestros, siguen manteniendo la jerarquía de castas como si estuvieran en su lejano país de origen. Ellos controlan gran parte de los negocios de la hostelería y el comercio.

 

Los mejores hoteles de la costa se encuentran entre sur de Mombasa y la frontera tanzana. Y puesto queMombasa es la primera escala tras recorrer el interior del país, merece la pena visitarla. Si decimos que es el mayor puerto de África oriental, nos iremos haciendo a la idea de su ambiente. Mansiones coloniales entre estrechos callejones donde la canalla juega al fútbol. Mezquitas de piedra y madera rematadas con esmeradas decoraciones. Repintados y coloridos templos hindúes entre mercados callejeros donde se vende de todo. Me llamó la atención una calle dedicada a venta de especias, donde el calor y la humedad excitaron mi pituitaria. Aromas de café, de maíz tostado, de curri… La visita cultural por excelencia es el Fuerte Jesús, construido por los portugueses en 1593 y que cambió de manos diez veces, lo que le ha llevado a estar parcialmente en ruinas pero conservando su atractivo.

 

Antes de tomar el sol en algún resort de playa, me quedaba un último esfuerzo: tomar el trasbordador de Likoni que me conduciría al otro lado de Mombasa, donde empiezan las playas y los palmerales, el sol, el buceo, el windsurf, los spas, los masajes con aceites aromáticos y los cócteles con sombrillita. Tres días rascándome la barriga en la playa, con sus respectivas siestas, fueron más que suficientes para reflexionar sobre los safaris realizados por selvas y sabanas. De nuevo en Nairobi. Una Tukser bien fría a media tarde en una terraza rodeada de buganvillas y jacarandas, y casi sin darme cuenta estoy haciendo las maletas para coger un taxi hasta el aeropuerto internacional. Adiós Nairobi; adiós África…

 

Ya en el avión, dueño de mis silencios, sólo podía ver una y otra vez –con los ojos cerrados– los paisajes abiertos del edén, el paraíso africano… Evocadora Kenia. Tengo que volver.

 

 

 

CÓMO LLEGAR

La compañía aérea Brussels Airlines (www.BrusselsAirlines.com) es la puntera en viajes a África. Vuela tres veces por semana desde Madrid o Barcelona a Nairobi. Sus tarifas rondan los 750 euros.

 

HORAS DE VIAJE

Once horas, con la escala de tránsito incluida en Bruselas. En verano la diferencia horaria es de una hora más, y de dos más en invierno.

 

DOCUMENTACIÓN

Pasaporte en regla con validez mínima de seis meses. Se necesita visado, que se puede obtener en la Embajada de Kenia en Madrid y cuesta 20 euros. También puede obtenerse en el aeropuerto de Nairobi a la llegada –imprescindibles fotografías tamaño carnet–.

TIPO DE VIAJE

Aventura y descanso.

 

ESTANCIA MÍNIMA

Tres días de safari, tres días para descansar en la playa y tres días más que emplearemos en desplazamientos.

MEJOR ÉPOCA PARA VIAJAR

Aunque los animales están todo el año, entre abril y junio tiene lugar la estación lluviosa y los animales se refugian en sus escondites hasta que escampa. La mejor época para viajar es entre septiembre y febrero –la estación seca–, cuando disminuyen los problemas para conducir entre los barrizales de

las pistas de los parques nacionales.

 

ALOJAMIENTO

En el safari:

• Mount Kenya Safari Club (www.Fairmont.com/KenyaSafariClub). Situado en pleno Ecuador, en Nanyuki, a 150 kilómetros de Nairobi. Por sus pasillos se han paseado Winston Churchill, Onassis y el Aga Khan, más otro bloque formado por Deborah Kerr, Stewart Granger, Frank Sinatra y Robert Redford. Desayunar en su soleada terraza dominando el imponente paisaje de la selva, con el Monte Kenia al fondo, no tiene precio… Aunque la habitación sí: unos 200 dólares la noche.

• Sarova Lion Hill Lodge (www.SarovaHotels.com). Es el alojamiento del lago Nakuru. Ofrece un servicio de primera y tiene un restaurante con menú internacional. Tendrá que alojarse en régimen de pensión completa, porque está dentro del Parque Nacional y no hay posibilidad alguna de escaparse a un chiringuito de la carretera. Precios en temporada alta entre 150 y 200 dólares por noche.

 

En Nairobi:

• Norfolk Hotel (www.Fairmont.com/NorfolkHotel). Desde su inauguración, el día de Navidad de 1904, albergó a los primeros aventureros que se adentraron en estas tierras ignotas. Cuentan que desde su terraza –hoy convertida en lujoso restaurante– se cazaban bestias feroces a escasa distancia. Ahora está situado a cinco minutos del centro neurálgico de la ciudad y totalmente modernizado para ofrecer lujo y confort. Con un poco de imaginación y con la ayuda de las fotos sepia que cuelgan de sus muros, podrá recrear la atmósfera refinada de la época colonial. Precios desde 250 dólares por noche en habitación doble.

• Stanley Hotel (www.SarovaHotels.com). Todo un clásico de Nairobi que se fundó en los albores del siglo pasado. Tiene un magnífico cóctel-bar con pay-pays colgados del techo que abanican suavemente nuestras cabezas y un  sofisticado restaurante, de nombre Zen, con comida fusión. Precios entre 200 y 250 dólares.

 

 

En la costa swahili:

• Whitesands Hotel Mombasa (www.SarovaHotels.com). Situado en un inmenso palmeral y con un equipamiento de lujo, ofrece distintas actividades acuáticas en las aguas del Índico, protegidas por una barrera de coral que impide la entrada de tiburones –observación que hay que tener muy en cuenta–. Dispone de varias piscinas y un bufé excepcional donde se pueden probar pescados tan exóticos como la barracuda y el pez loro. Precios entre 150 y 180 dólares en temporada alta (alojamiento y media pensión).

• Diani Reef Beach Resort (www.DianiReef.com). Es uno de los resorts más completos de la costa sur. Tiene de todo: gimnasio, casino, piscina con tobogán, seis bares, spa… y lo que usted pida. Pero hay que pagarlo: entre 200 y 250 dólares (en temporada alta).

 

GASTRONOMÍA

Los mercados rebosan verduras, hortalizas y frutas, pero lo más habitual es comer carne (nyama, enswahili) de lo que sea… y es que a menudo ¡no sabes de qué es! Lo normal es encontrar guisos de carne al curri acompañados de arroz o patatas. En la costa se encuentran toda clase de pescados y mariscos. Como la influencia india es apabullante, son muy abundantes los puestos callejeros donde venden samosas, que son unas empanadillas crujientes rellenas de carne o verdura que sirven para un tentempié.

 

CONSEJOS

· La ropa a llevar es un capítulo importante. La mejor manera de vestirse es la de la “filosofía de la cebolla”, es decir, vestirse a capas. La ropa de safari debe ser clara, de algodón y con mangas largas. Olvídate de los pantalones cortos que lleva Clark Gable en Mogambo porque te freirán los mosquitos.

· No se necesita ninguna vacuna obligatoria, pero están recomendadas las de la fiebre amarilla, el tifus y la hepatitis. Para evitar complicaciones es casi imprescindible tomar medidas profilácticas contra la malaria y llevar un buen repelente contra los mosquitos.

· Unos prismáticos te serán muy útiles. Asimismo no debes olvidarte de las gafas de sol y de un sombrero con barbuquejo para que no se lo lleve el aire y te proteja del sol y del polvo de las pistas.

· Muy recomendable es la versión actualizada de la guía de viaje sobre Kenia de Lonely Planet (Editorial Planeta). Es una especie de Biblia para los viajeros por cuenta propia, y una enciclopedia de consulta para los que opten por el viaje organizado.

 

MÁS INFORMACIÓN

Embajada de Kenia en España: Jorge Juan, 9, 3º Dcha. 28001 Madrid.

Tel.: 917 812 000 (www.KenyaEmbassySpain.es).